La rabia por la vivienda quiere cambiar la política. Es más difícil en un país de propietarios
La crisis en el acceso a la vivienda es el problema social más explosivo de nuestro tiempo. Se ha convertido en la gran causa de toda una generación, por delante de otros desafíos notorios, desde la crisis climática a los efectos de la inteligencia artificial. Y es la cara más sangrante de otros dos dramas conectados: la desigualdad y el aumento del coste de la vida. La ciudad se gentrifica y, mientras desaparecen pequeños negocios en favor de cadenas sin alma, los pisos turísticos van conquistando portales, algunos fondos compran pisos con bicho para dejarlos sin bicho y cada renovación del alquiler implica una subida estratosférica si es que no una invitación a salir por la puerta. La frustración de los jóvenes, que comparten muchos adultos, tiene efectos en nuestro modo de vida: afecta a la edad de emancipación, que hoy en España sobrepasa la treintena, y esto a su vez deprime la natalidad, que está en mínimos. Es terrible que muchos jóvenes piensen que no tendrán una vivienda digna hasta que hereden la de sus padres, que gozan de buena salud. Se ha generado un estado de ánimo muy sombrío en el segmento de edad de la población que debería ser nuestra gran esperanza.
Hace un par de décadas, cuando el precio de la vivienda ya escaló a precios insoportables hasta reventar a partir de 2008, se les dijo a los jóvenes que no debían empeñarse en comprar su piso, que esa es una rareza española, una herencia del franquismo, que pensó un país de pequeños propietarios para alejarnos del comunismo. Que se pasaran al alquiler, que es lo más corriente en Europa. Ahora vemos que los que no se podían permitir una hipoteca tampoco pueden con un alquiler. Los precios de la vivienda se han disparado (un 50% en 10 años) muy por encima de los salarios (un 30% en el mismo periodo). Y hay demasiada inversión (llámela especulativa o no, toda busca la rentabilidad) metida en el ladrillo, en vez de en la Bolsa u otros activos, adicción de la que sería bueno irnos quitando.
El malestar de los jóvenes, y no solo de ellos, resuena de forma creciente y tiene ya efectos políticos inmediatos. En paralelo al auge de la ultraderecha global, despunta una izquierda muy enfocada en la crisis habitacional. Zohran Mamdani, el nuevo alcalde de Nueva York, un demócrata que no duda en definirse como socialista, centró su campaña en la congelación de los alquileres y, nada más tomar posesión, cumplió su promesa para un millón de viviendas. En Berlín acaba de ganar las elecciones regionales Die Linke, la fuerza de los llamados poscomunistas, con la promesa de expropiar 200.000 viviendas a las grandes inmobiliarias, que no será fácil de cumplir. El primer ministro británico, el laborista Andy Burnham, ha sorprendido con un plan para la vivienda que acabará con la opción de compra sobre los pisos sociales, un modelo vigente desde los años de Thatcher, para que sigan disponibles en alquiler. Burnham dará además capacidad a los municipios para expropiar viviendas vacías a “propietarios........
