Lágrimas por Punch
Miles, decenas de miles, si no millones de personas han estado semanas penando por un macaco que ya tiene nombre: Punch. El animalito tiene incluso ... su espacio en Wikipedia, donde queda constancia de su fecha de nacimiento, su lugar de residencia y todo su curriculum vitae.
La historia, por lo que nos han contado, se resume en que su madre lo repudió -cosa que sucede en ocasiones en este tipo de animales- en el zoológico donde ambos residen y Punch se ha aferrado a un peluche como sustitutivo de la figura materna. A alguien se le ocurrió subir esa historia a las redes sociales, de ahí saltó a las televisiones de los cinco continentes y ya tenemos un nuevo héroe con el que remover corazones. Acto seguido llegaron los maestros de la mercadotecnia: los macacos de peluche han subido su cotización y llevan semanas vendiéndose como rosquillas.
Si Punch fuera un niño que es subido a una patera o a un cayuco no porque sea repudiado, sino para arriesgar su vida a ver si la que tiene por delante es mejor de la que le aguarda en el lugar donde lo embarcan, no habría lágrima alguna. Es más, si ese Punch migrante humano desembarcase en el Primer Mundo y su historia llegase a las redes sociales, el mensaje sería bien distinto: «Ahora le vamos a pagar la vida padre entre todos», «¿por qué no lo devuelven sobre la marcha, pues ha cometido una ilegalidad?», «¡otro más para colapsar nuestros centros de salud y otro para recibir pronto una paguita social»... esos obuses dialécticos que se han extendido.
Me parece bien que haya miles, decenas de miles y millones de personas que busquen en el mundo virtual historias así para recordar que tienen corazón -no solo el órgano, quiero decir-. Nada que objetar al sano ejercicio de poner la mirada donde cada uno quiere, o donde el algoritmo decide -ese es otro cantar...-, pero la humanidad no se mide solo por la reacción ante los animales. No vale meterse con la supuesta cultura woke que trata a los animales como seres humanos y después olvidarnos de estos para centrarnos en un macaco repudiado por su progenitora, sobre todo si tenemos en cuenta que ella, por muy mala madre que nos pueda parecer, no es un ser racional.
Punch ya está en miles, decenas de miles, si no millones de hogares en forma de peluche. Solo si un milésima parte de quienes habitan esos inmuebles hubiesen abierto sus corazones, y también sus hogares, a los que llegan de otro lado, veríamos que no hay problema.
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