La matraca del feminismo
Algunos pensarán que, con la que está cayendo, resulta secundario -si no impertinente, innecesario o inútil- hablar de feminismo. Incluso en círculos en los que ... el feminismo ha sido bienvenido en los últimos años y se ha aceptado como una forma de interpretación imprescindible para entender el mundo en el que vivimos, hablar hoy de estructuras patriarcales e interpretación de género resulta a veces incómodo. Hace poco, en una conversación sobre el auge del discurso militarista que rige el orden mundial, comenté que es imposible entender la reinstauración de este imaginario viril fuera de la reacción global al éxito que los movimientos feministas tuvieron entre 2016 y 2019. La respuesta a mi comentario fue silencio y cambio de tema. Si este ninguneo hubiera sido un hecho aislado, pensaría que igual en ese momento no me expresé bien, pero tengo la sensación de que el movimiento que algunas celebramos hoy, 8 de marzo, día de la mujer trabajadora, ha sido relegado a un segundo plano. Y esto es un éxito de la ultraderecha, sus aliados y sus aliadas.
A partir de las multitudinarias manifestaciones de 2016, las feministas desplegamos una capacidad de movilización y protesta que sorprendió a quienes querían -y quieren- conservar los privilegios adquiridos por siglos de patriarcado. Estas protestas se vieron pronto acompañadas de la visibilización y la denuncia a nivel global del abuso al que miles de mujeres se habían visto sometidas en el ámbito profesional: el tsunami del 'Me Too'. Las mujeres estábamos perdiendo el miedo a señalar y empezábamos a exigir que se llamaran las cosas por su nombre: porque hay situaciones en las cuales lo que algunos llaman «flirteo» nosotras llamamos «acoso»; lo que algunos llaman «echar un polvo», nosotras llamamos........
