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El raya baja (_) aquello que debe ir en cursiva

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tuesday

“Tengo algo que te interesará”, me dijo a través de videoconferencia uno de los que hacen posible, desde Madrid, que Mercurio Editorial sea una realidad tan ilusionante para quienes, con distintas funciones e inclinaciones, colaboramos con el sello. En nuestra conversación, habíamos hablado de la estancia del Papa en la capital y de cómo se revolucionó en unos días la vida de la ciudad. Esta alteración de la cotidianidad, coincidimos, también estuvo presente en Barcelona y —confirmé— en las dos islas de Canarias en las que arribó la comitiva del pontífice; y de algún modo, porque movilizó a mucha gente de otros lugares, se dejó notar en otras regiones españolas. Abordamos el poder de la Iglesia católica. Inevitable cuestión. Unánime consenso de dispares pruebas. Sobre el tapete verde, envidó con la carta del discurso en el Congreso de los Diputados, donde zozobró un tanto la aconfesionalidad declarada en la Constitución (art. 16.3), aunque stricto sensu el que “ninguna confesión tendrá carácter estatal” no implica necesariamente la prohibición taxativa de que los representantes de las comunidades religiosas tengan vetada su participación en las Cortes Generales. ¿O sí?

Yo repliqué con un naipe menor, de relativa espectacularidad: el escenario telemático (creado, proclamado y espolvoreado a diestro y siniestro como muestra del buen hacer por la Consejería de Educación para afrontar situaciones escolares en las que la docencia no puede ser presencial en los centros educativos) se hizo añicos de una manera incomprensible [porque poco o nada comprensible es la fabulosa —de fábula— justificación de la posible “incomunicación” por colapso del sistema que pusiera en riesgo la seguridad de la comitiva]. En otras palabras: regalaron al profesorado y al alumnado de Gran Canaria y Tenerife un día laboral porque sí. Es más, la cotidianeidad en peso de las dos islas nombradas quedó condicionada por la visita del vicario de Cristo. “Eso sí es poder, ¿no?”, le dije a mi interlocutor.

Mas enseguida, con otra imagen —a mi juicio más contundente— resolví (creo) el lance a mi favor: la disposición de autoridades en la inauguración de la torre de Jesucristo del Templo Expiatorio de la Sagrada Familia de Barcelona. En el centro, en un realzado trono por sus dimensiones y su color blanco, el papa; a sus lados, el arzobispo de la Ciudad Condal, Juan José Omella, y un religioso que no he sido capaz de identificar; en un extremo, los reyes de España y, en otro, el presidente del Gobierno y el de la Generalitat de Cataluña. Salvo el pontífice, el resto se sentó en sillas más propias de una sala de reuniones que de un asiento para destacadas figuras. “¿No te llama la atención que un jefe de Estado, en su territorio (Barcelona sigue formando parte aún del Reino de España), no esté al menos al mismo nivel que un jefe de Estado invitado?”, le pregunté.

El tema del poder eclesiástico no dio para más en nuestra conversada porque cogió impulso otro que a mí, hombre ateo como el que más, me atrajo de un modo entrañable y sumamente amable: la emoción —sincera, intensa, vivida, luminosa— que desprendían muchos de los que estuvieron cerca del papa, de........

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