¿Cuántos blancos quedan por venir?
Después de soñar con lobos, mientras fumaba su cachimba, el jefe Diez Osos, preguntó a Dunbar cuántos hombres blancos quedan por venir. Dunbar agachó la cabeza y sus ojos se extraviaron imaginando la cantidad de imbéciles que en los organismos de turismo promocionaban las Islas Canarias con postales de paraísos imposibles ocultando una realidad de hacinamiento y colonización. Pensó en los aeropuertos a rebosar de turistas colonos dispuestos a emborracharse con la camisa por fuera y a comprar alguna parcela en la reserva. El jefe preguntó para dimensionar el colonialismo que sufrían y calcular la cuota soportable de colonos para no desaparecer como pueblo. Dunbar, que ya se sentía uno más de la tribu, aunque no lo era, bajó la cabeza sin saber cómo no asustar y deprimir al anciano. Su silencio auguraba un futuro incierto y peligroso para el estilo de vida y el bienestar físico y mental de las comunidades originarias.
En la reserva nadie se explicaba por qué todo el mundo quería venir a vivir a las islas sin praderas. La promoción no agotaba toda la respuesta, las guerras solo una parte, quizás la facilidad que los gobernantes y las leyes otorgaban a las rentas más altas del hombre blanco para invertir se aproximaba a una respuesta más fidedigna. Quizás porque muchos de los fondos europeos que se concedieron a mansalva a finales de los 90 y principio de los 2000 se gastaron en cemento sobre suelos costeros, agrícolas y patrimoniales recalificados. Eran buenas respuestas, qué duda cabe, pero debía haber una razón más poderosa para semejante barbaridad en la afluencia y en los asentamientos de guiris. Porque ya no son turistas, sino asentamientos de colonos que........
