Ser la primera no basta
Rosa Dávila repite con frecuencia un dato que, en efecto, tiene relevancia histórica: es la primera mujer que preside el Cabildo de Tenerife desde que existe la institución. Y ese hecho, por sí mismo, merece ser reconocido. Durante demasiado tiempo, los puestos de máximo poder político fueron espacios casi exclusivamente masculinos, de modo que cada mujer que llega por primera vez a uno de ellos rompe una barrera simbólica que no conviene despreciar.
Pero el problema empieza cuando el símbolo pretende sustituir al legado.
Porque la historia pública no recuerda igual a todas las mujeres que fueron las primeras. A algunas las recuerda porque, además de llegar, abrieron camino. Clara Campoamor no fue importante solo por ocupar un escaño: convirtió su presencia institucional en una conquista histórica para las mujeres, defendiendo el sufragio femenino. Carme Chacón no quedó en la memoria solo por ser la primera ministra de Defensa: aquella imagen suya, embarazada, pasando revista a las tropas, se convirtió en una impugnación visual de viejos prejuicios sobre la autoridad, la maternidad y el poder. María Teresa Fernández de la Vega no destacó únicamente por ser la primera vicepresidenta del Gobierno, sino por asociar ese lugar a una agenda política que colocó la igualdad en el centro de la calidad democrática.
Ese es el verdadero listón: no ser la primera para una misma, sino ser la primera que deja algo para las demás.
Y conviene subrayar, además, que en Canarias ese camino no empezó con Rosa Dávila. Otras mujeres ya han ocupado presidencias insulares. Ahí están Sebastiana Perera y María Dolores Corujo en Lanzarote; María........
