Réquiem por los pámpanos y los chicharros canarios
Días atrás acudí a comprar pescado a uno de esos templos del despilfarro y la opulencia que tanto alegran las pajarillas al consumidor moderno que son las grandes superficies y me sucedió algo que me hizo caer en la cuenta de hasta qué punto tienen las palabras poder para cambiar el mundo. Había en la pescadería unos hermosos ejemplares de ese manjar del mar que los canarios llamamos pámpano y un par de canastas de humildes chicharros, casi saltando, de lo fresco que estaban, como si acabaran de sacarlos del agua. Pedí al mozalbete que tuvo la amabilidad de atenderme, casi un adolescente, con apenas unos pelillos en el bozo, que me pusiera uno de aquellos pámpanos, cortado en rodajas, y un kilito de chicharros, simplemente desbuchados. Me respondió de inmediato de forma tajante, con filigrana sintáctica incluida, mientras señalaba a los interfectos:
—“Ni esto son pámpanos, caballero, sino rufos africanos, ni esto son chicharros, sino jureles”.
Quedé atónito. ¿Cómo era posible que yo, que presumo de conocer bien el pescado de nuestro litoral, me equivocara en la identificación de especies marinas tan comunes para cualquier isleño medianamente familiarizado con la mar?
—“Bueno, estos no serán pámpanos, aunque se les parece mucho, sino rufos -respondí a mi contradictor, cuando me recuperé del soponcio-, pero que estos sean jureles me parece más discutible, porque el jurel es un pescado grande y además atabletado, no pequeño y redondo como este”.
—“Pues yo le aseguro a usted que estos no son ni pámpanos ni chicharros, sino rufos y jureles. Me lo va a discutir usted a mí, que soy pescadero de toda la vida”.
La actitud categórica del chico provocó en mí una reacción de resignada aceptación. “Si habla con tanta seguridad, debe de ser verdad. Estaré espeso hoy -me dije para mis adentros-”. Tras este momento de amarga claudicación, por una suerte de sugestión mi cabeza creyó columbrar diferencias no bien definidas entre los peces que tenía delante de mí y mis pámpanos y chicharros de toda la vida. ¿Sería que lo que estaba viendo no eran ni pámpanos ni chicharros “atuales”, como dirían nuestros pescadores, sino especies parecidas, y que esas diferencias sutiles explicarían los cambios de nombre que tan perplejo me habían dejado?
Y, puesto que en la pescadería de mis desengaños no había más que rufos y jureles, pues un rufo en rodajas para hacer a la plancha con ajo y un poco de pimienta y un kilo de jureles desbuchados para freír pedí, por favor, al atildado y tenaz empleado que me pusiera. Con toda la profesionalidad y diligencia de que fue capaz, el militante defensor de nombres nuevos me escamó y cortó en rodajas el primer rufo que le vino a la mano y me desbuchó un puñado de lo que........
