Apóstatas de la lengua
La propensión de ciertos hispanos a despreciar su cultura y su lengua, guiados en ocasiones simplemente por aversión ridícula a lo español, constituye una auténtica tragedia. En primer lugar, constituye una verdadera tragedia por la falta de autoestima que implica y el resentimiento que genera en los que la sienten contra todos aquellos que creen sus enemigos, que son los españoles peninsulares o metropolitanos (despectivamente, en Canarias, “godos”) y, más concretamente, los castellanos. En segundo lugar, constituye una verdadera tragedia porque, como el individuo sólo puede promocionarse con la lengua materna, que es quien lo dota de conocimiento e, incluso, de sentir, el odio a esa lengua impide todo progreso y promoción intelectual, cultural y social propios.
Hay canarios que, como los independentistas catalanes, vascos, aragoneses, gallegos, etcétera, sostienen que la única forma de sacudirse de encima el menosprecio o desdén de la España oficial es hacer borrón y cuenta nueva con la lengua y la cultura hispanas; es decir, cortar amarras con ellas y construir un proyecto lingüístico y cultural independiente. La solución no me parece ni conveniente ni justa ni realista; y conste que hablo de independencia lingüística y cultural, no de independencia política, que es asunto que no me interesa aquí.
No es conveniente porque la ruptura con la lengua y la cultura hispanas dejaría a los canarios al margen de la cultura universal, al margen de una cultura gigantesca, creada por gentes de gran talla humana, como el Arcipreste de Hita, San Juan de la Cruz, Cervantes, Velázquez, Sor Juana Inés de la Cruz, Goya, Unamuno, Gabriela Mistral, Juan Ramón Jiménez, Rulfo, Borges o Miguel Ángel Asturias, que son tan de los canarios como de los españoles más patrioteros, porque también ellos son hijos de su genio e ingenio.
No es justa por doble razón. En primer lugar, no es justa porque arroja sobre todos sus hermanos peninsulares, que, en virtudes y vicios, no creo que sean ni mejores ni peores que ellos, las culpas que corresponden sólo a la España imperial u oficial, sobre lo que tanto escribió Unamuno desde su temprano En torno al casticismo. “El español suele ser un buen hombre -decía Machado-, generalmente inclinado a la piedad. Las prácticas crueles -a pesar de nuestra afición a los toros- no tendrán nunca buena opinión en España. En cambio, nos falta respeto, simpatía y, sobre todo, complacencia en el éxito ajeno”. Si a este diagnóstico de Machado quitamos la alusión a las corridas de toros, inexistentes en el Archipiélago, no veo que el mismo no pueda aplicarse también a los canarios. Para injurias a las gentes de España, ya tenemos los españoles de todas las tierras de la patria la medida llena con los groseros y falaces eslóganes de “los españoles son unos vagos”, “los españoles son unos bárbaros”, “los españoles son unos incultos” o “los españoles nos roban” de la retórica supremacista de los sectores más radicales del cantonalismo catalán y vasco, para fanatizar a sus seguidores.
Y, en segundo lugar, no es justo el desdén que comentamos por lo que significa de falta de reconocimiento y de agradecimiento a la ingente aportación que han hecho siempre a la sociedad insular los trabajadores, empresarios, religiosos, enseñantes, etcétera, de todos los rincones de la España peninsular que, por necesidad, vocación o lances del destino,........
