Artenara, memoria viva de la cumbre
Artenara no es solo el municipio más alto de Gran Canaria. Es uno de los lugares donde la isla conserva su memoria más profunda. En su paisaje abrupto, en sus cuevas blancas abiertas a los riscos, en el pinar que abraza la cumbre, late una forma de entender la vida basada en la resistencia, el equilibrio y el respeto por la tierra.
Mucho antes de la conquista, las poblaciones indígenas eligieron estas alturas por razones estratégicas y vitales. La cumbre ofrecía control del territorio, defensa natural y cercanía a los recursos del monte. Durante los episodios finales de la conquista castellana, los parajes de Artenara, Acusa y los riscos cercanos a Tejeda se convirtieron en refugio de quienes resistían. La geografía escarpada no era un obstáculo, sino una aliada. Las cuevas excavadas en la roca y el conocimiento profundo del terreno permitían una defensa basada en la adaptación y la integración en el paisaje.
Esa forma de habitar no desapareció. Las cuevas-vivienda que aún hoy siguen ocupadas son la expresión tangible de una continuidad histórica singular. Representan una manera de vivir sin herir la tierra, de protegerse del frío y del calor aprovechando lo que el entorno ofrece, de integrarse en el paisaje en lugar de imponerse a él. Artenara no se construyó contra la montaña, sino con la montaña.
La identidad de la cumbre está profundamente ligada a la relación con el campo y el monte. Durante siglos, la vida dependió casi exclusivamente de la agricultura de secano y de la ganadería. En ese contexto se consolidó la devoción a San Matías, especialmente a partir de los siglos XVII y XVIII. No fue una fe ornamental, sino una espiritualidad vinculada a lo esencial: la lluvia que asegura la cosecha, la protección del ganado, el cuidado del pinar. Que su........
