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Lo imprescindible

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10.09.2026

Tania Rendón Portelles

Tania Rendón Portelles

Cuando escasean los alimentos y el salario no acompaña, la libertad de fijar tarifas tiene un destinatario evidente: quien puede pagar

Hay precios que dejan de ser cifras y se convierten en una provocación. El aceite puede ser uno de ellos. En La Habana, durante agosto, un litro llegó a anunciarse en 3 650 pesos; en otros puntos alcanzó los 4 000 y hasta los 4 500. Lejos de tratarse de aceite de oliva, una rareza gourmet o un artículo reservado para darse un gusto, hablamos de un alimento cotidiano.

Una cifra semejante apenas exige explicaciones para resultar escandalosa: basta colocarla junto a un salario y hacer la cuenta. Mas ¿qué sucede cuando semejante desproporción deja de ser excepcional y comienza a formar parte del día a día?

El aceite, además, tiene compañía. El arroz, el azúcar, los frijoles, los huevos, los cárnicos y otros productos esenciales han ido abandonando, con mayor o menor frecuencia, los espacios donde se esperaba encontrarlos. Cuando la red estatal pierde regularidad en el abastecimiento o las cantidades quedan por debajo de lo requerido, reaparecen en otros lugares, bajo condiciones distintas y, casi siempre, con factura elevada.

En agosto, por ejemplo, el arroz podía encontrarse en La Habana a 330 pesos el kilogramo y el azúcar a 550. El huevo, convertido desde hace tiempo en una suerte de termómetro de la crisis alimentaria, rondaba los 150 pesos por unidad en algunos establecimientos llegaba a 180, 200 o 250.

Lo que debe pagarse ha ido alejándose de cualquier relación razonable con los ingresos. Una cosa es el aumento del costo de producir un alimento;........

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