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No es una guerra contra Irán; es contra el mundo

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11.03.2026

No es una guerra contra Irán; es contra el mundo

Autor(es): Amaya Rubio

El conflicto actual evidencia no solo una disputa geopolítica, sino también la fragilidad de un orden internacional construido durante décadas de hegemonía estadounidense

Donald Trump afirma que Irán es peligroso porque ha atacado bases de Washington en el Oriente Medio. Lo dice como si hablara desde una autoridad moral incuestionable. Pero si vamos a hablar de historia, conviene hacerlo con toda la Historia sobre la mesa.

Mientras el republicano acusa a Irán, Washington acumula décadas de intervenciones armadas, golpes de Estado y guerras en todo el mundo. En 1953, la CIA apoyó el derrocamiento del gobierno democrático de Irán para controlar sus recursos petroleros; al año siguiente hizo lo mismo en Guatemala. Luego vinieron las largas guerras en Vietnam, Laos y Camboya, el golpe en Chile en 1973, la invasión de Panamá en 1989 y las intervenciones en Afganistán e Irak bajo falsos pretextos sobre armas de destrucción masiva.

La lista continúa con intervenciones militares y políticas en República Dominicana, Nicaragua, Granada, Libia, Siria, Yemen, Somalia, Bosnia, Kosovo y muchos otros países, además el apoyo prolongado a sanciones económicas contra Cuba y la acción contra el presidente de Venezuela a principios de este año.

Por eso, cuando Washington señala enemigos, conviene recordar una regla simple: quien ha intervenido militarmente en medio planeta, difícilmente pueda erigirse en juez absoluto de soberanía ajena.

En el debate actual, se han escuchado críticas incluso desde sectores cercanos a la política estadounidense. El profesor de Harvard, Jeffrey Sachs, señaló la confusión interna sobre la estrategia en Oriente Medio. El experto advirtió: “O la CIA le mintió a Trump o Trump no le hizo caso a la CIA”. Al mismo tiempo, encuestas recientes muestran que una mayoría de personas en el territorio norteamericano considera que las fuerzas armadas de su país no deberían estar involucradas en conflictos en Asia Occidental, una opinión la cual probablemente se intensificará a medida que aumenten las muertes de soldados de ese país.

Trump de seguro no lo sabe, pero el asesinato del ayatolá Alí Jamenei y su familia no solo fue una ofensa imperdonable contra Irán, sino al conjunto de la comunidad chiíta –suma unos 200 millones de personas–, que no solo viven en ese país, también en Irak, Bahréin, Azerbaiyán, Líbano, Yemen, Pakistán, Arabia Saudita y Siria, y cuenta con comunidades en Europa y en el propio territorio estadounidense. La mayor autoridad espiritual del chiísmo en Irak, el ayatolá Ali al-Sistani, condenó el homicidio de Jamenei y exhortó al pueblo iraní a que se mantenga unido e impida “que los agresores logren sus propósitos”.

Fidel Castro Ruz advirtió en sus Reflexiones del 15 de octubre de 2010: “No albergo la menor duda de que un ataque de Estados Unidos e Israel contra la República Islámica de Irán se tornaría inevitablemente en un conflicto nuclear global”. Hoy, esa advertencia parece cada vez más relevante. Si Estados Unidos no logra un resultado militar con armas convencionales, podría estar dispuesto a considerar otras opciones. Ha ocurrido históricamente que la prensa occidental presentará estas acciones como “medidas necesarias para preservar la paz y salvar la vida de los soldados estadounidenses”, en tanto que los voceros de la opinión pública describirán al enemigo “vil y peligroso”.

Cuando la hegemonía se agota

Esta guerra contra Irán no es una demostración de fuerza, sino de la extrema debilidad de un sistema el cual ya no es capaz de mantener su poder sobre el mundo por ningún otro método.

En el fondo, el problema para EE.UU. reside en una contradicción difícil de sostener: la enorme estructura económica creada por décadas de acumulación necesita expandirse constantemente, aunque en un mundo donde emergen nuevas potencias y regiones que reclaman mayor autonomía: ese margen de expansión se estrecha. Cuando el crecimiento deja de satisfacer las necesidades del capital, la competencia se vuelve más agresiva y la política exterior adopta formas cada vez más violentas.

A las tensiones se suman reveses internos. Entre ellos destacan la declaración de ilegalidad de los aranceles impulsados por Trump y la orden judicial que obliga al gobierno federal a devolver a los importadores más de 100 mil millones de dólares ya recaudados. También resalta la destitución de la secretaria de Seguridad Interior, Kristi Noem, figura central en la persecución contra inmigrantes.

En el plano internacional se perfila además una posible reacción de las monarquías del Golfo. Con el tiempo, podrían comprender que permitir la instalación de bases militares extranjeras en su territorio no les garantiza protección. El Pentágono reserva sus sistemas antimisiles para la defensa de esas instalaciones, pero no los extiende a los países anfitriones, expuestos ante cualquier escalada.

A este hecho se suma la presión sobre los mercados energéticos. Según informó The Guardian,el precio mundial del petróleo podría superar los 100 dólares por barril en cuestión de días debido a las crecientes interrupciones del suministro. Un análisis de Goldman Sachs incluso proyecta que el crudo podría alcanzar los 150 dólares a finales de mes si no se resuelve la crisis que afecta el tránsito por el estrecho de Ormuz, una de las rutas energéticas más estratégicas del planeta.

Quizá el principal –y paradójico– resultado político de la estrategia de Trump y Netanyahu ha sido el crecimiento sin precedentes del rechazo global hacia sus gobiernos. En amplias regiones del planeta, entre personas de diferentes culturas y religiones, se ha extendido el deseo de ver debilitada la maquinaria militar símbolo de ese poder. Irán –con su pueblo y su gobierno– recuerda que siempre existe la posibilidad de decir “basta”.

EEUU, guerra, Hegemonía, Irán, Israel

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