La apetencia imperial
La apetencia imperial
Autor(es): Amaya Rubio
Más de seis décadas después del inicio del bloqueo, la política de presión de Washington continúa marcando “la relación” con La Habana
Hace unos días se anunció el inicio de conversaciones oficiales entre los gobiernos de Cuba y Estados Unidos, luego de casi dos meses de intensificación de la asfixia económica impuesta por la administración de Donald Trump contra la Isla. La ofensiva busca alcanzar lo que no lograron sus diez predecesores en la Casa Blanca: forzar la rendición e imponer un régimen sumiso a Washington.
Las acciones del magnate republicano vulneran en varios sentidos el marco jurídico internacional. La prohibición de enviar hidrocarburos a La Habana se traduce en un castigo colectivo que agrava las penurias que los cubanos padecemos desde hace más de seis décadas a causa del bloqueo comercial estadounidense. Además, constituye un intento de socavar la autodeterminación de nuestro país y una injerencia en la soberanía de terceras naciones –como México– que ven obstaculizadas sus relaciones económicas.
Una vez más, la figura mediática convertida en político coloca a la Isla en el centro de su retórica, al insinuar que terminará “cayendo” y al sugerir la posibilidad de alguna forma de “control”. Estas declaraciones se inscriben en una estrategia de coerción que combina sanciones económicas, guerra informativa y presiones políticas en un momento especialmente difícil para la economía nacional.
El escenario actual es particularmente complejo. Hoy las principales herramientas de presión consisten en el estrangulamiento de la sociedad cubana y en la expectativa de que el desgaste interno conduzca finalmente a una capitulación política. No se trata simplemente de una disputa externa, sino de una lógica punitiva que apuesta al deterioro social como mecanismo para forzar una rendición.
Frente al temor de algunos analistas de que puedan repetirse operaciones similares a las dirigidas contra Irán, conviene recordar que la cuestión cubana nunca ha sido, ante todo, un problema militar, sino fundamentalmente político. Incluso en 1961, cuando Estados Unidos disponía de una abrumadora superioridad material, la operación por Playa Girón fracasó porque no logró quebrar la capacidad de resistencia del Estado cubano ni provocar la fractura interna que esperaba.
Ahora todo indica que la presión ejercida por Donald Trump continuará e incluso podría intensificarse. Sin embargo, la experiencia histórica sugiere que el factor decisivo no es la magnitud del poder material del adversario, sino la capacidad de un lugar para impedir que ese poder se traduzca en dominación política. Cuba ha demostrado que operaciones preparadas durante meses y respaldadas por la mayor potencia del planeta pueden fracasar cuando se enfrenta a una resistencia organizada y a una dirección política capaz de sostenerla.
Hoy las amenazas se expresan en otros planos, pero enfrentan el mismo dilema de fondo: una cosa es ejercer presión y otra muy distinta convertirla en control efectivo sobre un territorio que ha demostrado reiteradamente su capacidad de resistir. Incluso la desigualdad más marcada puede invertirse cuando el objetivo político del agresor se vuelve inviable. Esa enseñanza continúa pesando sobre cualquier cálculo que pretenda decidir el destino de nuestro país desde el exterior.
Cuba, Destacamos, EEUU
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