De la "Batalla Cultural" a la miseria política
La cámara está encendida. Hablan de política: hay opiniones, diagnósticos sobre el país y críticas al gobierno de turno. Pero, a medida que avanza la noche, el tono cambia. El alcohol circula, las risas se vuelven más gruesas y la conversación se desliza hacia provocaciones cada vez más procaces.
La política no desaparece: se mezcla con la chabacanería hasta volverse indistinguible de ella. Lo que queda no es un debate de ideas, sino un espectáculo en el que el impacto importa mucho más que el contenido.
La escena adquiere un interés particular porque algunos ejercen cargos públicos, representan instituciones, dirigen campañas o aspiran a ejercer el poder. La política sigue ahí, pero ya no conduce la escena: queda subordinada a la lógica del espectáculo.
Esta transformación estuvo acompañada por un creciente descrédito de las mediaciones tradicionales. Ciertos guerreros culturales denuncian —muchas veces con razón— el sesgo y la homogeneidad ideológica de amplios sectores de la prensa. Sin embargo, esa crítica encierra una paradoja: se cuestiona al periodista por su ideologización, pero se reemplaza su mediación por figuras todavía más partidistas. El opinólogo sin método, el provocador permanente y el personaje cuya principal credencial es «hablar sin filtros».
El problema no es que la expansión de los medios digitales haya permitido la proliferación de nuevas voces —necesarias para el debate democrático—, sino que la apertura de la palabra pública comenzó a confundirse con la abolición de sus estándares mínimos. La honestidad intelectual implica reconocer que no todo lo que se dice «contracultural» construye futuro.
Como advierte Byung-Chul Han en........
