El silencio no es tiempo perdido
Hay silencios que suenan a cobardía. Otros, en cambio, son prudencia. Y hay silencios que no borran la historia, sino que se niegan a convertirla en un nuevo campo de batalla.
El del viernes pasado fue, probablemente, el menos dañino de los caminos disponibles. No porque el golpe de Estado, la dictadura o las violaciones de los derechos humanos sean asuntos secundarios. No porque José Antonio Kast rehuyera de su pasado pinochetista y de haber votado por el Sí en 1988. Tampoco porque el Estado pueda desentenderse de la memoria. Sino porque, en un país todavía atravesado por esa fecha, cada gesto presidencial corre el riesgo de ser leído como una provocación, una justificación o una apropiación partidista del pasado.
Los extremos necesitan ceremonias, banderas, consignas, héroes impolutos y villanos absolutos. Necesitan que el 11 de septiembre sea una liturgia que confirme lo que cada grupo ya cree. Algunos habrían querido que La Moneda reivindicara la fecha o la usara como una estación más de su particular batalla cultural. Otros exigían que la autoridad repitiera el rito bajo los términos de una sola memoria política, como si la democracia pudiera construirse obligando a todos a........
