De la indignación a la acción
A propósito de los dichos del exasesor parlamentario, en los que se burlaba de niños con trastorno del espectro autista y hacía referencia a hechos que, en caso alguno, pueden ser objeto de humor, nuestro país reaccionó con una fuerza pocas veces vista. Las redes sociales estallaron, los medios de comunicación instalaron el tema durante días y la condena pública fue prácticamente unánime.
Esta fuerte reacción y condena social es correcta, ya que toda persona debe hacerse responsable de sus palabras cuando estas lesionan la dignidad de otros. En este sentido, es claro que la libertad de expresión jamás ha sido sinónimo de impunidad moral. Quien hiere deliberadamente a víctimas o ridiculiza el sufrimiento de niños merece el reproche social que corresponde.
Sin embargo, mientras observaba esta reacción, no pude evitar preguntarme: ¿por qué esa misma fuerza no ha aparecido cuando hemos conocido delitos que son infinitamente más graves?
Durante años hemos conocido investigaciones periodísticas, informes oficiales, comisiones........
