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Denunciar y resistir a las sanciones criminales del aprendiz de emperador

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16.02.2026

Resistir es el camino; el cómo hacerlo, ciertamente, es más complejo y requiere la voluntad de muchos.

Debe ser una de las palabras más empleadas por los medios de comunicación desde que Donald Trump asumió su segundo mandato: “sanciones”. Un término que hoy es sinónimo de veneno para la convivencia y la paz. Lamentablemente, esta palabra se ha ido normalizando y debiéramos tener mucho cuidado para que su banalización no se convierta en una tácita aceptación.

El gobierno de los Estados Unidos sanciona a granel, mediante impuestos, a los países considerados enemigos, a sus socios comerciales e, incluso, a sus aliados estratégicos. A menudo, esos actos van seguidos de exigencias y amenazas perentorias. Una locura extrema, que también se normaliza en los medios y las redes sociales.

Las declaraciones que justifican las sanciones, son hechas desde un avión o en la Oficina Oval de la Casa Blanca, con una mueca burlona en los labios y una mirada que expresa más odio que demencia. Los tratados firmados no cuentan; la historia que ha unido a los Estados Unidos con esos países —hasta en la sangre, a veces— tampoco. Nadie cuenta, nadie vale en realidad; solo América es grande y Donald, su único redentor y mesías.

Trump actúa a su antojo —o al de los grandes magnates—, a como le dé la gana, únicamente en función de intereses expansionistas, con una consigna de MAGA, digna de carteles o pandillas de delincuentes, basada en una ideología autoritaria, como la de aquellos tiranos que llevaron a millones al Holocausto o a los Gulag.

Los “diktats” no solo se manifiestan con sanciones comerciales que buscan paralizar o intimidar a adversarios reales o imaginarios, sino también con buques de guerra, drones y aviones, misiles, bombas y muertes. Y este es el segundo peldaño de las sanciones: el empleo indiscriminado de la fuerza o la........

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