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Cuando el insulto y la funa son el precio a pagar por la libertad

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23.02.2026

La imagen utilizada es fuerte: darle muerte a una madre para ser libre. Al cuestionar la revolución con decepción y lucidez, no solo condena sus fracasos históricos, sino también la transgresión de la ética y la estética por parte de los revolucionarios; muchos de ellos transformados en comisarios al llegar al poder.

Hace unos días leí un libro que, para calificarlo de verdad, habría que recurrir a numerosos superlativos. Varios críticos y columnistas ya lo han hecho, desde múltiples dimensiones, en halagüeñas crónicas y ensayos. Por cuanto en este libro —más que en otros— el autor y su obra son indisociables, me referiré sobre todo a quien lo escribe.

Se trata de un relato testimonial que emana de las entrañas, o, mejor dicho, de un corazón abierto que deja ver la sangre —sangre que fluye a raudales y es savia purificadora—. Una narración que conmueve, escrita con pluma talentosa de poeta, que permite ir descubriendo las confesiones de un personaje que desnuda su alma para mejor exponerla, y lo hace con sus dudas y contradicciones asumidas.

Nunca lo había hecho, pero comencé a leer el libro por el capítulo IV, su parte final. Sucede que tuve la oportunidad de conocer a Cristian Warnken Lihn —porque de él se trata— y de compartir con él un largo y conversado café una mañana de enero. Durante una charla sin agenda ni temas precisos, fuimos descubriendo algunas experiencias en común y un recorrido que nos acercaba. Incluso, hasta en lo más íntimo y doloroso, lo que me abstuve de evocar esa mañana, porque nos veníamos simplemente conociendo.

Me habló de su francofilia, su abuela, su madre, de poetas y de canciones que, al igual que él, canté alguna vez. Recorrimos París con palabras e intercambiamos sobre viajes y mundos. Me contó acerca de hechos recientes y declamó espontáneamente algunos versos. Al referirse brevemente al libro que motiva esta crónica, esbozó pinceladas sobre su último capítulo: “la muerte de la madre”. Lo que escuché no solo me conmovió, sino que, por instantes, sentí que era yo quien hablaba.

Al volver a........

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