El gobierno de Kast y la gris ilusión de su doctrina transformadora
Ese es el riesgo del gobierno de Kast: creer que la rabia recibida era esperanza; creer que el mandato defensivo era autorización doctrinaria; creer que la emergencia podía convertirse, por simple insistencia, en una nueva fundación nacional.
Hay una premisa que circula con la fuerza de lo evidente y que, sin embargo, falla con regularidad inquietante: un gobierno que triunfa debe usar su tiempo para construir su obra. Aprovechar la ventana, imprimir doctrina, dejar tras de sí un país parcialmente reescrito a la luz de sus convicciones. Es la exigencia mínima de todo proyecto político con ambición histórica: que el pensamiento y la acción se reconozcan en una misma huella.
La premisa parece obvia. Pero la historia chilena reciente muestra que entre el triunfo electoral y la doctrina hay una distancia mucho mayor que la que sugiere la aritmética de los votos. Lo que separa una victoria de una obra no es voluntad, ni siquiera convicción: es una condición que el calendario electoral no produce por sí solo, y que cuando falta convierte cualquier intento de transformación en una administración simbólica de la crisis.
Michelle Bachelet, en su segundo gobierno, tuvo casi todas las condiciones formales para fundar época. Un mandato amplio. Una coalición ampliada. La incorporación de los liderazgos más legitimados del movimiento estudiantil. Un clima de exigencia reformista que parecía haber esperado durante años una oportunidad como esa.
Pero la historia no se deja impresionar por las condiciones formales.
El gobierno osciló. Avanzó cuando podía retroceder, retrocedió cuando podía avanzar, habló de reformas estructurales sin construir nunca una doctrina capaz de sostenerlas. Terminó atrapado entre quienes la acusaron de claudicación y quienes la acusaron de extralimitación. Y esa indefinición persiste hasta hoy.
Nunca hubo un proyecto con forma completa. Hubo titulares, intuiciones, ideas generales, reformas importantes, negociaciones parciales. Pero una negociación no reemplaza una doctrina. Y menos aún cuando la contraparte no se hace cargo de aquello que negoció.
Ahí está el caso de la reforma tributaria.
Hoy Bernardo Fontaine puede criticar la reforma de Bachelet aun cuando se negoció privadamente con él y su hermano en la famosa reunión de las galletitas. Puede decir que desde entonces Chile entró en una curva decreciente. Puede borrar su propia participación de la escena. Y no pasa nada. Porque cuando una reforma no queda inscrita en una doctrina, queda disponible para que cualquiera la niegue después. Lo que no se transforma en relato histórico termina convertido en anécdota administrativa.
Sebastián Piñera, en su primer mandato, asumió con bastante lucidez que la derecha no estaba en condiciones de instaurar una doctrina propia. Por eso se propuso administrar el equilibrio concertacionista con mayor eficiencia ejecutiva.
El cálculo no era absurdo. Pero confundió tecnocracia con conducción política, ejecutivos con estadistas, planillas con legitimidad. El resultado fue una ofensa de clase: un gabinete de empresarios instalado sobre una sociedad que ya incubaba el malestar que terminaría explotando años después.
En su segundo gobierno intentó lo contrario.
Intentó una derecha más consciente de sí, más dispuesta a marcar identidad, más convencida de que podía poner límites. Ya estaba ahí la premisa de Andrés Chadwick: “no pasarán”. Pero pasaron. Y pasaron más que nunca en la historia reciente. La frase que pretendía clausurar el conflicto terminó convertida en epitafio de una lectura equivocada del país.
Gabriel Boric, finalmente, inauguró su mandato con la promesa transformadora más ambiciosa de la democracia chilena, sostenido institucionalmente por una Convención Constitucional inédita. Llegó con una generación que se sentía llamada a cerrar la transición, con una épica juvenil, con una izquierda que creyó ver en el poder la prolongación natural del estallido.
Pero en pocos meses el gobierno ya no tenía juego para esa promesa.
El resto de su período se redujo a administrar el daño, a contener el derrumbe, a sobrevivir gracias a un votante de izquierda que prefirió evitar la catástrofe antes que celebrar una obra. El gobierno que había llegado para inaugurar un ciclo terminó convertido en gobierno de contención. No condujo la transformación: sobrevivió a su fracaso.
El mensaje es claro: el camino de la transformación está lleno de fracasos.
El momento constituyente
Los cuatro casos —los dos de Bachelet, los dos de Piñera, el de Boric— comparten algo más que su fracaso doctrinario relativo. Comparten una pregunta común: ¿por qué la legitimidad electoral no se convirtió, en ninguno de ellos, en capacidad transformadora?
La respuesta no está en los errores tácticos, aunque la mirada corta de la política chilena prefiera creerlo así. No basta con contar ministros equivocados, vocerías torpes, errores comunicacionales o semanas mal administradas. Eso explica episodios, no épocas. El problema yace en una condición previa que la teoría constitucional ha pensado con más rigor que la ciencia política de coyuntura: la existencia, o inexistencia, de un momento constituyente.
No en el sentido formal del término. No se trata simplemente de escribir una Constitución.
Se trata de algo más profundo: un clima histórico de doble inflamación en el cual una sociedad se hace simultáneamente disponible para rechazar el presente y para creer en un futuro alternativo.
La primera inflamación es la de la crítica. La segunda es la de la propuesta, la de la ilusión, la del porvenir imaginado como recompensa. Sin ese doble fuego,........
