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Eutanasia, la vida prestada

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27.03.2026

"No todo lo que parece compasivo es verdadero. Y no toda verdad, si no se vive con amor, sana" (Papa, León XIV).

En estos días de marzo del veinte veintiséis, un hecho causó interés en mí sobre el tema de la eutanasia: Catalina Giraldo, psicóloga colombiana de 30 años, que apareció en las noticias por ser el primer suicidio médicamente asistido por depresión severa y ansiedad en Colombia. Esta joven venía enfrentando barreras tras barreras institucionales desde el 2022, destacando la lucha por que le permitieran aplicarse la eutanasia ante un caso severo de sufrimiento psíquico. La pregunta me llegó de inmediato: ¿tenía Catalina derecho sobre su vida para llevar esta sentencia de ser desvivida con la anuencia de las instituciones y las normas morales de la sociedad actual?

Reflexionando en torno al tema, vale ir tejiendo algunas posturas al respecto. La vida, ese soplo invisible que se siente más que se define, es el misterio que atraviesa cada respiro humano. No hay palabra capaz de contener su hondura, ni razón que logre determinar de quién es realmente su posesión. Algunos dirían que la vida pertenece a quien la vive, a quien siente el peso de su latido y la carga de su historia; sin embargo, más allá del cuerpo que la hospeda, hay una energía que la sostiene, una corriente inefable que escapa a la voluntad individual.

Desde la filosofía y la teología, la vida se ha concebido como un don y no como un bien transable, algo que se recibe más que se conquista. Hans Jonas (en su entrevista-artículo "Not Compassion Alone: ​​On Euthanasia and Ethics", publicado en la revista Hastings Center Report, volumen 25, número especial 7, páginas 44-50, en 1995) hablaba de la responsabilidad ante la vida como principio ético primordial, subrayando que ningún ser humano es dueño absoluto de su existencia, sino custodia de una fuerza que lo trasciende. De hecho, pensar que la vida es propiedad implica desconocer su carácter sagrado y su esencia comunitaria. En este sentido, quitarla deliberadamente, aún por razones de sufrimiento, abre una grieta en la comprensión más profunda del ser.

Asimismo, la bioética del siglo XXI se ha enfrentado al complejo dilema de la eutanasia bajo la tensión entre el "derecho a la vida" y la "libertad de morir". Daniel Callahan (en su ensayo "The Troubled Dream of Life: In Search of a Peaceful Death", 2000), uno de los pioneros del Hastings Center, advertía que cuando la sociedad legítima la idea de que la vida puede ser interrumpida por decisión individual, introduce una noción peligrosa de autonomía desligada de toda responsabilidad ontológica. En este sentido, la "Declaración Universal sobre Bioética y Derechos Humanos" (UNESCO, 2005, instrumento normativo internacional que aborda las cuestiones éticas vinculadas con la medicina, las ciencias de la vida y las tecnologías conectadas aplicadas a los seres humanos, tomando en cuenta dimensiones sociales, jurídicas, ambientales y de derechos humanos) fundamenta que la vida humana debe ser protegida en todas las etapas, reconociendo la dignidad como principio rector, pero no como prerrogativa para decidir sobre su fin.

En ese marco, la bioética no debe reducirse a justificar actos de compasión extrema, sino a repensar el modo en que acompañamos el dolor, evitando que la muerte sea vista como solución. Si bien la legislación de algunos países concede ese derecho como expresión de humanidad, la verdad es que detrás de cada caso late una pregunta más honda: ¿quién nos autorizó a apagar la chispa que no fuimos nosotros quienes encendimos?

Por otra parte, quien observa la vida desde la mirada del asombro, comprende que esta no se originó por simple azar biológico, sino como conjunción de voluntades invisibles: la genética, el encuentro, el misterio. Cada ser humano es una singularidad irrepetible que responde, a su modo, al gesto creador de algo más grande. Así lo intuía Van Rensselaer Potter (1971), cuando concibió la bioética como puente entre la ciencia y los valores humanos, recordándonos que toda la vida es parte de una red que sostiene el equilibrio del mundo.

En consecuencia, la existencia personal no puede ser entendida como un objeto de disposición, sino como un tejido que une lo biológico con lo espiritual. De ahí que el acto de poner fin a la propia vida no sea una manifestación de libertad, sino más bien una ruptura con el mandato cósmico que nos ubica en el flujo de la creación. Hay, por tanto, algo en el vivir que no depende del deseo ni del dolor, sino del misterio que nos fue otorgado.

No solamente es cuestión de leyes o doctrinas médicas, sino de reconocer la fragilidad humana frente al sufrimiento y la incomprensión de lo inevitable. Algunas corrientes, como la de Peter Singer (2011), defienden la eutanasia desde un utilitarismo compasivo, buscando aliviar el dolor físico y emocional. Pero esta visión, aunque racionalmente bienintencionada, tiende a olvidar que la vida humana posee dimensiones que exceden el cálculo del placer o del sufrimiento. No se puede reducir la dignidad de vivir a un parámetro de utilidad. La dignidad, como señala Tristram Engelhardt (en su ensayo sobre "Los fundamentos de la bioética", 2012), radica precisamente en la permanencia del valor del ser, aun en medio de la decadencia o la enfermedad. En este sentido, acompañar al que sufre exige un compromiso humano y espiritual, no la autorización de la muerte como remedio. Si algo caracteriza la evolución moral, es el modo en que aprendemos a cuidar incluso cuando ya no se puede curar.

A pesar de ello, la sociedad contemporánea ha ido desplazando la idea de "vida sagrada" hacia la de "vida útil"; en un mundo donde la productividad se impone como medida de valor, la fragilidad es vista como fallo o carga. Sin embargo, la existencia no se mide por la capacidad de hacer, sino por el simple hecho de ser. Cada respiración, por mínima que parezca, encierra el eco del origen.

Por lo tanto, frente a la tentación de decidir sobre el final, debería prevalecer la gratitud de haber sido. No es resignación, sino reconocimiento profundo de que vivir es participar de un milagro que no nos pertenece. Y es que lo vital se nos da por un tiempo y en un contexto; aceptar sus límites no implica disponer de ellos, sino abrirnos a su trascendencia. En consecuencia, la eutanasia no puede ser asumida como derecho natural, porque atenta contra el vínculo invisible que nos une con el hálito del ser.

En última instancia, la vida pertenece al misterio que la inició, no al individuo que la transcurre. Somos administradores de un don que no hicimos, participamos de una danza que comenzó antes de nuestro primer suspiro. Así, defender la vida no es imponer sufrimiento, sino afirmar la sacralidad de la existencia en su totalidad.

Por eso, la bioética no puede desligarse de la metafísica: comprender éticamente la vida exige reconocer su raíz espiritual. Negarlo sería reducir el milagro a materia y la conciencia a mecanismo.

En cambio, afirmar que la vida es un préstamo divino nos compromete con una ética de la esperanza, donde cada día vivido, aún entre sombras, sigue siendo un sí a la creación. De ahí que decir no a la eutanasia no sea un acto de dogmatismo, sino una declaración profunda de fe en la vida misma, en su sentido, en su promesa, y en la mano invisible que, desde el principio, la sostuvo.

El hombre moderno, a todas estas, rodeado de pantallas y de avances médicos que hace apenas un siglo habrían parecido magia, se descubre de pronto ante una pregunta antigua: ¿qué hacer con la vida cuando duele, cuando se agota, cuando parece perder brillo? No se trata solo de elegir entre "a favor" o "en contra" de la eutanasia, como si fuese una encuesta más, sino de preguntarse qué significa, en lo más hondo, seguir siendo humano ante el sufrimiento propio y ajeno.

Ahora bien, una postura madura no necesita refugiarse en un radicalismo religioso ni en una ideología rígida para defender la vida; puede, más bien, apoyarse en una ética de la responsabilidad, como proponía Hans Jonas, que invita a cuidar la existencia como algo frágil y valioso, nunca como un simple objeto de decisión.

En cambio, asumir la vida únicamente como propiedad privada, desligada de vínculos, termina por empobrecer la comprensión de lo que se es. Por consiguiente, el hombre moderno está llamado a mirar la eutanasia no desde la frialdad de un trámite, sino desde la hondura de un misterio que lo supera, y ahí es donde la bioética se convierte en un espacio de diálogo sereno, crítico, sin estridencias ni dogmas, pero también sin cinismos. A todas estas, la pregunta de fondo sigue siendo la misma: qué tipo de humanidad se construye cuando la muerte pasa a ser una opción más del catálogo de servicios de una sociedad tecnificada.

Asimismo, la postura del hombre contemporáneo ante la eutanasia debería partir de un reconocimiento humilde de sus límites. La medicina alivia, acompaña, consuela, pero no puede prometer una vida sin dolor ni una muerte perfecta. Por otra parte, la biotecnología ha dado al ser humano un poder sobre el comienzo y el final de la vida que exige una ética a la altura de ese poder. No basta con decir "cada quien decide", porque, como advierte Callahan, transformar la muerte en un acto de autonomía absoluta desdibuja el sentido compartido de lo que significa cuidar al otro hasta el final.

En este sentido, es claro que también pesa, silenciosamente, en el contexto social, la presión de los costos sanitarios, el miedo a ser una carga, la soledad, la desconfianza hacia las instituciones de salud. Si bien estas realidades no anulan el sufrimiento auténtico del paciente, sí obligan a sospechar que, detrás de ciertas "libertades", puedan esconderse formas sutiles de abandono.

En consecuencia, una postura responsable exige preguntarse si la eutanasia nace de la verdadera compasión o de una sociedad que no sabe qué hacer con la fragilidad. En la misma línea, la bioética contemporánea ha intentado articular principios que orientan esta reflexión sin caer en extremos. La Declaración Universal sobre Bioética y Derechos Humanos de la UNESCO, subraya la dignidad humana, la vulnerabilidad y el respeto a la vida como ejes irrenunciables, a la vez que reconoce la importancia de la autonomía y del alivio del sufrimiento. No obstante, esa autonomía no se entiende como un poder ilimitado para disponer de la existencia, sino como capacidad de participar en decisiones que respetan la integridad de la persona.

En una palabra, el hombre moderno, consciente de estos matices, puede sostener una postura crítica frente a la eutanasia sin necesidad de citar versículos ni consignas partidistas, apoyándose más bien en argumentos que cruzan la filosofía, el derecho y la experiencia cotidiana del enfermo. De ahí que la cuestión no sea solo "permitir o prohibir", sino cómo seguir reconociendo a cada persona como alguien insustituible hasta el último latido.

Por otra parte, no se puede negar que la eutanasia surge muchas veces de historias muy concretas: una cama de hospital, una mirada cansada, un diagnóstico que no deja espacio a las ilusiones fáciles. A causa de ello, la postura del hombre moderno no debería ser la del juez que señala desde lejos, sino la del testigo que se deja afectar por el dolor ajeno y, al mismo tiempo, se pregunta qué respuestas son verdaderamente humanas.

No solo se trata, a todas estas, de prolongar la vida, sino también de cuidar su calidad, de ofrecer cuidados paliativos dignos, acompañamiento emocional y espiritual, espacios donde el miedo pueda decir su nombre. En cambio, cuando la única alternativa visible al sufrimiento extremo es la eutanasia, eso dice tanto de la fragilidad del paciente como de las carencias de la sociedad que lo rodea. Por lo tanto, una actitud ética madura impulsa a fortalecer todas las formas de cuidado antes de legitimar la muerte como salida. Y es que, a veces, detrás de una petición de morir hay un grito de "no me dejen solo", "no me dejen sufrir así", que puede ser escuchado de otra manera si existen equipos de salud cercanos, familia presente, comunidad que abraza.

Ahora bien, el hombre moderno también vive atravesado por un pluralismo de creencias que lo coloca frente a una tarea delicada: cómo defender la vida sin imponer su visión a quienes piensan distinto. Igualmente, la convivencia democrática exige que el debate sobre la eutanasia se dé en un lenguaje que pueda ser compartido más allá de las convicciones religiosas particulares.

Por ello, la reflexión bioética del siglo XXI, ha buscado un terreno común en valores como la dignidad, la compasión, la justicia y la protección de los vulnerables. No obstante, ese terreno común no es neutro ni indiferente: presupone que la vida humana tiene un valor especial que no se reduce a una suma de sensaciones agradables o desagradables.

Más bien, implica afirmar que hay algo en cada persona que merece ser protegida incluso cuando ya no "produce", no decide con plena lucidez o no encaja en el ideal de éxito contemporáneo. En consecuencia, la postura del hombre moderno podría formularse así: abrirse a escuchar el sufrimiento, debatir sin dogmas, pero sostenerse, con firmeza serena, que la respuesta ética no puede ser apresurarse a cerrar los ojos para siempre.

A pesar de ello, no se trata de idealizar el dolor ni de exigir heroísmos imposibles. La verdad es que hay sufrimientos que estremecen, historias de enfermedad que dejan sin palabras, noches en las que el cuerpo y el alma parecen no dar más. En ese escenario, la compasión auténtica no consiste en apretar un interruptor, sino en permanecer al lado, aliviar en todo lo posible, humanizar cada gesto médico, cada procedimiento, cada despedida.

En un aspecto de mayor amplitud sobre el tema, algunos destacados escritores y catedráticos como Fernando Savater y Adela Cortina, revelan que la bioética contemporánea, (incluso otras voces calificadas que discrepan entre sí sobre la eutanasia), coinciden en la importancia de este acompañamiento integral que va más allá de la tecnología y se adentra en la esfera de los vínculos.

Por el contrario, una cultura que se acostumbra a resolver el dolor eliminando al doliente corre el riesgo de soportárseles por dentro, de perder sensibilidad. En consecuencia, la postura del hombre moderno ante la vida y la eutanasia podría resumirse en una actitud de reverencia ante la existencia y de resistencia ante cualquier solución que, en nombre de la compasión, rompa el lazo profundo que une a los seres humanos entre sí y con el misterio mismo de estar vivos.

Bien lo sentención Zygmunt Bauman (sociólogo, filósofo y ensayista polaco-británico de origen judío, fallecido en el 2017), al referirse a la muerte en la "modernidad líquida" ofrece pistas muy sugerentes para pensar bien en serio sobre la vida y la eutanasia; dice Bauman que la cultura contemporánea intenta domesticar el miedo a morir convirtiendo la muerte en un asunto técnico, gestionable, casi administrativo. En vez de mirar de frente la finitud, la sociedad líquida desplaza la angustia hacia la obsesión por la salud, la juventud, la agilidad del cuerpo. En este contexto, la eutanasia puede aparecer como una extensión de esa lógica: una forma más de "controlar" el final, de evitar la desmesura del sufrimiento y la incertidumbre. Sin embargo, Bauman insiste en que la muerte resiste cualquier intento de ser reducida a un problema técnico; es, por excelencia, aquello que desborda los dispositivos de cálculo y gestión.

En este sentido, Bauman describe cómo la cultura de consumidores impulsa al individuo a hacerse cargo en soledad de sus ansiedades más profundas, entre ellas la conciencia de mortalidad. La sociedad promete que, con suficiente disciplina, información y consumo de servicios médicos, es posible "empujar hacia atrás" el límite de la muerte.

Al mismo tiempo, quien enferma gravemente o envejece se siente con frecuencia como un "desajuste" en un mundo diseñado para cuerpos eficientes y deseos siempre activos. En ese escenario, la eutanasia podría interpretarse, desde la mirada de Bauman, como una salida extrema ofrecida al individuo cuando ya no encaja en los ideales dominantes de rendimiento y autonomía. No porque Bauman la promueva, sino porque ayuda a ver el trasfondo cultural que puede hacerla parecer razonable: una mezcla de miedo a la dependencia, rechazo a la fragilidad y presión para no convertirse en "carga" para nadie.

Por otra parte, en su análisis sobre "mortalidad, inmortalidad y otras estrategias de vida", Bauman señala que las sociedades modernas han intentado "desconstruir la mortalidad" convirtiendo la muerte en una suma de problemas de salud, fitness y gestión del riesgo. La cultura, dice, funciona como un dispositivo para suprimir la conciencia de muerte, ya sea a través del culto al cuerpo o mediante promesas tecnológicas de superación de la enfermedad.

Si se sigue este hilo, la eutanasia puede verse como un eslabón más de esa cadena: el intento de mantener la ilusión de control incluso en el momento en que la vida se apaga. Ahora bien, Bauman advierte que el precio de cambiar la inmortalidad por la promesa de salud es vivir "bajo la sombra de la muerte", en guerra permanente contra el propio límite. La eutanasia, pensada así, no resolvería la angustia de fondo, sino que la culminación: la muerte se convierte en decisión individual dentro de un juego de probabilidades y cálculos, pero sigue siendo inasimilable en su núcleo.

En la misma línea, Bauman subraya que la muerte es, quizás, la experiencia que más pone en cuestión la idea de individuo autosuficiente, aislado, que la modernidad líquida exalta. Morir, enfermar gravemente, envejecer, hace visibles las redes de dependencia: se necesita del cuidado de otros, de instituciones, de afectos. Una ética inspirada en su análisis invitaría a sospechar de cualquier solución que, en nombre de la autonomía, oculte el trasfondo de soledad y desamparo que empuje a pedir la propia muerte. A todas estas, la pregunta no sería solo si alguien tiene "derecho" a la eutanasia, sino qué tipo de vínculos sociales se han erosionado para que ese pedido parezca la única salida digna. Desde la mirada de Bauman, la respuesta no pasaría tanto por moralismos abstractos, sino por recuperar formas más sólidas de solidaridad, de acompañamiento, de cuidado hasta el final.

Ahora bien, Bauman también insiste en que la muerte, al desafiar la razón y la imaginación, revela la ambivalencia constitutiva de la condición humana. El hombre moderno, "irreparablemente desgarrado entre mortalidad e inmortalidad", oscila entre el deseo de controlar el final y la intuición de que hay algo en la vida que no se deja reducir a mera biología.

Esta ambivalencia se refleja en los debates sobre la eutanasia: se la presenta como acto de compasión y de respeto a la libertad, pero, al mismo tiempo, exponen el miedo colectivo a convivir con el dolor, la dependencia y la vulnerabilidad. Una lectura del pensamiento de Bauman sugeriría no apresurarse a clausurar esa ambivalencia con soluciones legales rápidas. Más bien, se trataría de sostener el dilema, de dejar que incomode, para preguntarse qué valores se están privilegiando y qué vidas corren el riesgo de volverse "prescindibles" en una sociedad que valora sobre todo la agilidad, la autonomía y el consumo.

En consecuencia, no hay en Bauman una "doctrina" explícita sobre la eutanasia, pero sí un marco crítico muy fértil para pensarla en clave de sociedad líquida. Su reflexión lleva a desconfiar de las respuestas que reducen la muerte a un asunto de elección privada, sin considerar las estructuras culturales que moldean deseos y miedos.

También invita a revisar cómo la medicina y la biopolítica contemporánea han convertido la gestión de la vida y de la muerte en terreno de expertos, protocolos y mercados. Desde ahí, una postura inspirada en Bauman sería cautelosa ante la eutanasia: no tanto por una defensa dogmática de la vida a cualquier precio, sino por la sospecha de que, en una modernidad líquida que privatiza los riesgos y disuelve los lazos, la muerte "a demanda" puede terminar normalizando nuevas formas de exclusión de quienes más necesitan ser acompañados en su vulnerabilidad.

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