Eutanasia, la vida prestada
"No todo lo que parece compasivo es verdadero. Y no toda verdad, si no se vive con amor, sana" (Papa, León XIV).
En estos días de marzo del veinte veintiséis, un hecho causó interés en mí sobre el tema de la eutanasia: Catalina Giraldo, psicóloga colombiana de 30 años, que apareció en las noticias por ser el primer suicidio médicamente asistido por depresión severa y ansiedad en Colombia. Esta joven venía enfrentando barreras tras barreras institucionales desde el 2022, destacando la lucha por que le permitieran aplicarse la eutanasia ante un caso severo de sufrimiento psíquico. La pregunta me llegó de inmediato: ¿tenía Catalina derecho sobre su vida para llevar esta sentencia de ser desvivida con la anuencia de las instituciones y las normas morales de la sociedad actual?
Reflexionando en torno al tema, vale ir tejiendo algunas posturas al respecto. La vida, ese soplo invisible que se siente más que se define, es el misterio que atraviesa cada respiro humano. No hay palabra capaz de contener su hondura, ni razón que logre determinar de quién es realmente su posesión. Algunos dirían que la vida pertenece a quien la vive, a quien siente el peso de su latido y la carga de su historia; sin embargo, más allá del cuerpo que la hospeda, hay una energía que la sostiene, una corriente inefable que escapa a la voluntad individual.
Desde la filosofía y la teología, la vida se ha concebido como un don y no como un bien transable, algo que se recibe más que se conquista. Hans Jonas (en su entrevista-artículo "Not Compassion Alone: On Euthanasia and Ethics", publicado en la revista Hastings Center Report, volumen 25, número especial 7, páginas 44-50, en 1995) hablaba de la responsabilidad ante la vida como principio ético primordial, subrayando que ningún ser humano es dueño absoluto de su existencia, sino custodia de una fuerza que lo trasciende. De hecho, pensar que la vida es propiedad implica desconocer su carácter sagrado y su esencia comunitaria. En este sentido, quitarla deliberadamente, aún por razones de sufrimiento, abre una grieta en la comprensión más profunda del ser.
Asimismo, la bioética del siglo XXI se ha enfrentado al complejo dilema de la eutanasia bajo la tensión entre el "derecho a la vida" y la "libertad de morir". Daniel Callahan (en su ensayo "The Troubled Dream of Life: In Search of a Peaceful Death", 2000), uno de los pioneros del Hastings Center, advertía que cuando la sociedad legítima la idea de que la vida puede ser interrumpida por decisión individual, introduce una noción peligrosa de autonomía desligada de toda responsabilidad ontológica. En este sentido, la "Declaración Universal sobre Bioética y Derechos Humanos" (UNESCO, 2005, instrumento normativo internacional que aborda las cuestiones éticas vinculadas con la medicina, las ciencias de la vida y las tecnologías conectadas aplicadas a los seres humanos, tomando en cuenta dimensiones sociales, jurídicas, ambientales y de derechos humanos) fundamenta que la vida humana debe ser protegida en todas las etapas, reconociendo la dignidad como principio rector, pero no como prerrogativa para decidir sobre su fin.
En ese marco, la bioética no debe reducirse a justificar actos de compasión extrema, sino a repensar el modo en que acompañamos el dolor, evitando que la muerte sea vista como solución. Si bien la legislación de algunos países concede ese derecho como expresión de humanidad, la verdad es que detrás de cada caso late una pregunta más honda: ¿quién nos autorizó a apagar la chispa que no fuimos nosotros quienes encendimos?
Por otra parte, quien observa la vida desde la mirada del asombro, comprende que esta no se originó por simple azar biológico, sino como conjunción de voluntades invisibles: la genética, el encuentro, el misterio. Cada ser humano es una singularidad irrepetible que responde, a su modo, al gesto creador de algo más grande. Así lo intuía Van Rensselaer Potter (1971), cuando concibió la bioética como puente entre la ciencia y los valores humanos, recordándonos que toda la vida es parte de una red que sostiene el equilibrio del mundo.
En consecuencia, la existencia personal no puede ser entendida como un objeto de disposición, sino como un tejido que une lo biológico con lo espiritual. De ahí que el acto de poner fin a la propia vida no sea una manifestación de libertad, sino más bien una ruptura con el mandato cósmico que nos ubica en el flujo de la creación. Hay, por tanto, algo en el vivir que no depende del deseo ni del dolor, sino del misterio que nos fue otorgado.
No solamente es cuestión de leyes o doctrinas médicas, sino de reconocer la fragilidad humana frente al sufrimiento y la incomprensión de lo inevitable. Algunas corrientes, como la de Peter Singer (2011), defienden la eutanasia desde un utilitarismo compasivo, buscando aliviar el dolor físico y emocional. Pero esta visión, aunque racionalmente bienintencionada, tiende a olvidar que la vida humana posee dimensiones que exceden el cálculo del placer o del sufrimiento. No se puede reducir la dignidad de vivir a un........
