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Gabo siempre será Gabriel García Márquez

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15.03.2026

Siempre anduve con gente mayor que yo. Supongo que, porque aprendía más de ellos que de los jóvenes como yo, en aquel momento. Cuando tenía como 10 años, un amigo de mi casa que rondaba a una de mis hermanas y era estudiante del Pedagógico de Caracas, me regaló un libro, una pequeña novelita de 136 páginas que me tragué: Platero y yo, cuyo autor Juan Ramón Jiménez, miembro de la llamada Generación del 27, que parió de los más grandes escritores que yo haya leído para el momento: Jorge Guillén, Gerardo Diego, Vicente Aleixandre, Federico García Lorca, Dámaso Alonso, Rafael Alberti, Miguel Hernández entre otros, y una dama que también tuve oportunidad de leer, María Zambrano, quien era filósofa y poetisa, precisamente una de sus obras Filosofía y Poesía si mal no recuerdo del primer tercio del siglo pasado.

Lo cierto es que me encantó leer esa relación de un niño y un burro y me quedó ese sabor como el de un niño que descubre algo que no sabía que existía y que le apasionaba. En la biblioteca de mi papá me encontré con una de las obras más importantes de la literatura de habla hispana y del mundo: Don Quijote de la Mancha. Había llegado a los 11 y me pareció un libro muy grande, pero al leer el primer párrafo, que aún recito de memoria, me quedé pegado, leyendo con fascinación aquella maravilla que sin duda me remontaba a mis propias aventuras. Esa relación con Dulcinea, esa batalla contra los molinos de viento, cargada de simbología. No me detuve hasta leerlo completo a un ritmo de 30 páginas por día, porque -yo, un bruto al fin- me detenía o me tenía que devolver para poder entender qué había pasado.

Me di cuenta entonces que había descubierto un mundo que me despertaba fascinación. Y en las vacaciones del liceo, caminando por El Silencio con mi tío-padrino, me tropecé con un remate de libros........

© Aporrea