El Pacto del siglo en Venezuela para superar la soluciones disfuncionales de la derecha y la izquierda
Los políticos venezolanos que han desarrollado sus actividades en entornos políticos disfuncionales, donde no se considerar el interés nacional como el interés superior, sino que se prioriza la supervivencia del liderazgo, la agenda personal o la confrontación, política o ideológica, están habituados a encontrar y manejar soluciones inadecuadas para los conflictos y convenios.
El país queda así desprovisto de la política, como el instrumento maestro para resolver las problemáticas grandes y pequeñas en las que debe trajinar. Queda el camino abierto para la anti política y para su pariente menor, el pragmatismo. Se entiende además que enredar es parte de las acciones del político "exitoso", en vez de desenredar, generando crisis perpetuas como en Argentina, esperando la oportunidad para aprovechar su momento político.
Estos políticos están por lo tanto habituados a presenciar y buscar una resolución inadecuada de los conflictos y las situaciones. Para la extrema derecha su trabajo es siempre la existencia de discrepancias, agresividad, la violencia y el desprecio. Y en general no han aprendido nuestros políticos a manejar y solucionar las situaciones mediante una comunicación, un diálogo eficaz y cuidadoso. Por esto, para esos políticos les ha sido imposible encontrar soluciones a nuestras problemáticas.
Esto nos lleva a expresar que tanto la derecha política como la izquierda en América Nuestra presentan soluciones disfuncionales para encontrar las soluciones al subdesarrollo económico y social, manteniendo estructuras supervivientes de etapas ya superadas pero que conviven con nosotros, religiosos, colonial, patriarcal, de clase. Cada quien lucha por sus espacios de poder y se olvidan del conocimiento social científico y del país.
Y este panorama político en América Nuestra se caracteriza entonces por un movimiento pendular entre propuestas de derecha e izquierda, que todas suelen chocar con la realidad estructural de la región. La disfuncionalidad radica en que ambos bandos operan bajo dogmas que ignoran la complejidad de nuestra dominación por un sistema de competencia que altera las posibilidades del desarrollo económico y social necesario para el siglo XXI y no toma en cuenta la creación de verdaderas agendas nacionales, fundadas en la industrialización, el motor de la modernidad. No se puede tampoco dejar a un lado el conocimiento de la complejidad sistémica actual.
La derecha regional ha apostado históricamente por depender de EEUU, una apertura de mercados y la privatización, creyendo que así pueden atraer inversión extranjera y estabilizar indicadores macroeconómicos y suelen desatender el fortalecimiento institucional y la equidad social. Al priorizar el crecimiento en las estadísticas, para mostrar a la banca internacional, se ignora que sin una red de protección social sólida y un sistema productivo de calidad, la riqueza se concentra en las élites comerciales tradicionales.
Esto genera un crecimiento "hacia afuera" que no llega a las clases medias y populares, alimentando la exclusión y la desigualdad que termina por desestabilizar el mismo modelo económico que intentan proteger y se reinicia el ciclo de cambios políticos. Con la carencia de una política industrial y con la dependencia de materias primas estas economías no pueden salir de la trampa del atraso.
Por otro lado, la izquierda latinoamericana, por no estudiar lo suficiente, ha caído en un estatismo ineficiente y un populismo fiscal que compromete la estabilidad. Aunque el enfoque en la justicia social y la redistribución es la respuesta válida a la desigualdad, la ejecución falla por la carencia de una política de industrialización, desprecio a los equilibrios fiscales, al capital y la inversión privada. Se sobredimensiona el Estado sin modernizarlo, se crean estructuras propensas a la corrupción. La intervención excesiva en los precios y el control de cambios son excusas utilizadas para provocar fugas de capital y crisis inflacionarias que no pueden manejar.
Ambas posturas fallan en dos aspectos, la creación de valor que solo se genera con una política industrial, no vendiendo al exterior las pocas industrias que poseemos. Y en lo político comparten un pecado usual, el cortoplacismo electoral. En lugar de construir políticas de Estado que trasciendan gobiernos, se dedican a desmantelar los avances del predecesor. La derecha confunde mercado con monopolio, y la izquierda confunde justicia con asistencialismo. Sin tener la solución eficaz insultan al anterior, con razón o no. Se llama revanchismo político. Sobrevivimos entre insultos y desindustrialización y ahora invadidos, en la peor etapa de los Estados Unidos vulgar.
Mientras la política siga estancada en esta lucha ideológica estéril, en confrontaciones inútiles, la región continuará rezagada en competitividad tecnológica y cohesión social. El verdadero desarrollo requiere una síntesis que combine la eficiencia del mercado con un Estado que garantice derechos fundamentales, que las actuales ofertas políticas parecen incapaces de articular de manera funcional.
Esta situación de crisis permanente y congelada, no es el resultado que todos nuestros países, desde los tiempos de Simón Bolívar, se dejen llevar por sus emociones, sino que como parte integrante del sistema competencia capitalista, somos víctimas de la política de Desconfianza Estratégica que nos mantiene inoculada los Estados Unidos para que nuestras relaciones y dinámicas sean disfuncionales, conflictivas y no podamos establecer objetivos de producción e industrialización que hagan posible el desarrollo y la soberanía.
Se impone por lo tanto que así como se elaboró y se aceptó por todos, excepto una minúscula minoría, una Ley de Amnistía se plantee la necesidad de avanzar hacia una política de acuerdos entre esas fuerzas políticas disímiles, de derecha e izquierda para llegar a un pacto nacional que priorice a Venezuela como el interés supremo y superior, a fin de que se inicie la posibilidad de encuentros y alianzas políticas, con una agenda nacional, que no pongan en peligro nuestro futuro como país, centrándonos en la unidad nacional, la industrialización, el mercado nacional, nuestros productos propios, la cooperación y la integración regional donde cada fuerza política encuentre el espacio para mostrar y demostrar la calidad de sus argumentos para el desarrollo actual de Venezuela
Proponemos para superar este escenario un Pacto, un Pacto Nacional de Interés Superior que priorice la industrialización, la síntesis entre mercado y Estado, y la eficiencia del Estado. Es como el momento histórico para la unidad de los contrarios.
