Lo bueno, lo malo y lo feo de la rueda de prensa de Enrique Márquez
Como suele ocurrir cuando un ídolo musical nos deja, su obra regresa con fuerza para ocupar un efímero pero intenso primer plano: es la manera que tenemos de expresar la tristeza, la melancolía y, sobre todo, el agradecimiento por todo lo que nos legó. Eso fue justo lo que sucedió hace poco, al conocerse la lamentable pérdida de la leyenda de la salsa Willie Colón, fallecido el pasado 21 de febrero en un hospital de Nueva York, la misma ciudad que lo vio nacer y en la que desarrolló buena parte de su trayectoria artística.
De su extensa discografía, hay una pieza por la que siento especial devoción. Se llama "Guaracha", una suerte de lamento melancólico, pero expresado desde la firmeza y la dignidad de quien, habiéndolo hecho bien, se siente traicionado, aunque sin rencor alguno. "Guaracha" forma parte del álbum El Bueno, el Malo y el Feo, lanzado en 1975, que, como casi toda su discografía, se convirtió en un éxito rotundo.
Me encontraba escuchando "Guaracha" y contemplando la portada del disco cuando alguien me envió el enlace a la rueda de prensa que ofreció el exdiputado de la Asamblea Nacional, exrector del CNE, excandidato presidencial y expreso político Enrique Márquez, el pasado 27 de febrero, fecha por demás emblemática para los venezolanos. Mientras lo oía, me di cuenta de que la portada del disco ofrecía casi un esquema para evaluar la narrativa de Márquez. Así que me dispuse a elaborar estas notas.
Conviene, sin embargo, hacer una precisión que también es una declaración de intenciones. Estas líneas no nacen como parte de ninguna campaña, ni como réplica premeditada. Apenas horas antes de esta rueda de prensa, el 27 de febrero, había concluido un artículo de opinión que titulé "Enrique Márquez y la tentación de un 'centro político' prefabricado en Washington", en el que analicé lo que significó la visita de Márquez al Capitolio como invitado especial de Donald Trump con motivo del tradicional discurso del Estado de la Unión. En ese artículo intenté mostrar lo que consideré una operación política mediante la cual la administración Trump convierte a Enrique Márquez en el rostro presentable y en la prueba del “éxito” de su política de sometimiento y dominación sobre Venezuela, país que, con la anuencia y hasta la colaboración de quienes hoy dirigen el Estado, ha quedado convertido de facto en un protectorado petrolero. Ese artículo fue publicado en el portal Aporrea el día 28, y obviamente no me fue posible incorporar en él lo aquí analizado. Este texto, por tanto, no corrige aquel ni lo desautoriza: lo complementa. Es, si se quiere, la continuación natural de una reflexión que se ve obligada a ampliarse ante la irrupción de nuevos elementos en el debate público.
Lo primero que salta a la vista al escuchar íntegramente la disertación de Márquez es que nos hallamos ante una pieza comunicacional cuidadosamente planeada, diseñada y ejecutada con oficio. No hace falta ser experto en marketing político para advertir que fue un evento milimétrico, donde cada detalle fue cuidado y nada se dejó al azar. Cada momento de su narrativa cumplió un objetivo específico. Quien vea la rueda de prensa (y recomiendo encarecidamente hacerlo) probablemente concluya con una impresión favorable, tanto de Márquez como del escenario que dibuja. Pero cuando se examina con lupa y se disecciona con bisturí, se ponen de relieve aspectos valiosos junto a otros que, como mínimo, deberían encender todas las alarmas. Conviene empezar por lo que corresponde reconocer, sin reservas ni mezquindades. Porque si algo se le debe a Márquez es una lectura honesta de lo que aporta, antes de entrar a cuestionar lo que preocupa.
Lo bueno
Hay, en primer lugar, una dimensión humana que atraviesa todo su discurso y que no puede ser ignorada ni relativizada. Cuando habla de su paso por el Helicoide, no lo hace desde la grandilocuencia ni desde la retórica inflamatoria. Lo hace, más bien, desde una sobriedad que termina siendo más contundente que cualquier exageración. Describe la incomunicación, el aislamiento prolongado, la arbitrariedad absoluta. Esa sensación de estar completamente a merced de una maquinaria represiva brutal -que decide sobre la vida sin dar explicaciones-, es un testimonio personal invaluable. Pero es también una ventana directa al funcionamiento real del aparato represivo venezolano, meticulosamente diseñado durante años por el chavismo-madurismo en su empeño por aferrarse al poder y doblegar la voluntad de quienes osaron disentir y oponérsele.
Nadie que haya escuchado su relato de los diez meses de incomunicación, de las veinticuatro horas esposado durante siete días consecutivos, de los tres meses sin ver la luz del sol, puede negarle el derecho a ser escuchado con respeto. Tampoco quien lo haya oído nombrar uno a uno a sus compañeros de celda puede dudar de que su testimonio es necesario, valioso y, en muchos aspectos, irremplazable.
“…Luis Somaza, a Luis Palocz, a Luis Tarbay, a Roland Carreño, a Biaggio Pillieri, a Perkins Rocha, Noel Álvarez, Pedro Guanipa, Rafael Ramírez, exalcalde de Maracaibo, David Barroso, Goyo Graterol, Américo de Gracia. Alfredo Díaz. Me detengo un minuto para rendir honor a la memoria de mi hermano que murió en esa celda, en la celda E3 del pasillo E del Helicoide, fruto de un infarto, pero que hoy recuerdo con dolor, con cariño, su talante democrático, su entrega, su buen humor, su personalidad. Vaya a su familia una palabra de solidaridad el día de hoy. El Popo Granadillo, Carlos Chiquito, Héctor Marcano, Carlos Guillén, Marino Mendoza, Pedro Silva, todos estos últimos. Nada que ver con la política. Daño colateral del aprisionamiento político. Jesús Armas, Freddy Superlano, Eduardo Bordones, capitán Eduardo Bordones, coronel José Ramos Chirino, ingeniero Néstor Astudillo…”
En este país donde tantas cosas han sido negadas, maquilladas o simplemente borradas del relato oficial, ese tipo de testimonio cumple una función política de primer orden. No solo denuncia, también fija memoria. Y fijar en la memoria colectiva, en un contexto como el venezolano, es promover una forma de resistencia, pero también una responsabilidad con el futuro. Porque no hay una sana reconstrucción posible sobre la base del olvido o de la impunidad.
Dijo, con una calma que impresionaba: " “Se habla de perdón. Estoy de acuerdo con el perdón y de aquí digo que en mi corazón no hay ningún rencor, ningún resentimiento, ninguna factura pendiente.”". Y en esa misma línea, reconoció que la Ley de Amnistía es solo un primer paso, exigiendo reparación material, garantías de no repetición y justicia verdadera. Palabras que, viniendo de quien viene, deberían pesar más que cualquier cálculo político.
A esa dimensión moral se suma otra, más propiamente política, que también merece ser destacada. Márquez insiste, una y otra vez, en la necesidad de rescatar la política como herramienta. Puede parecer una obviedad, pero no lo es en absoluto si se observa el recorrido reciente del país. Durante años, buena parte de la oposición osciló entre estrategias de confrontación total, llamados a salidas abruptas o, en el extremo contrario, repliegues que terminaron desmovilizando a la sociedad. De modo que reivindicar la negociación, el acuerdo, la reconstrucción institucional como vías posibles no es un gesto menor. Es, de hecho, una apuesta que exige cierto coraje, porque va a contracorriente de una emocionalidad colectiva marcada por la frustración, la rabia y el cansancio. Márquez parece decir, en esencia, que sin algún tipo de entendimiento no habrá salida sostenible. Y en eso, guste o no, tiene razón.
También resulta valioso, y aquí hay que decirlo con claridad, su esfuerzo por introducir una preocupación social en medio del debate económico. Cuando advierte que la reforma petrolera no puede reducirse a atraer inversiones o mejorar cifras macroeconómicas, sino que debe traducirse en mejoras concretas para la vida de la gente, está tocando una fibra histórica del país: esa distancia persistente entre la riqueza petrolera y el bienestar real de la población. El problema, sin embargo, es que esa advertencia se queda en el aire si no va acompañada de una denuncia explícita de lo que la reforma realmente significa.
Hay un hilo que atraviesa toda la intervención de Márquez y que merece ser destacado con claridad: su insistencia en la Constitución como marco, como límite y como horizonte. No es una mención retórica ni un gesto de circunstancia. Es, más bien, una obsesión que recorre su discurso de principio a fin. Cuando explica las razones de su detención, dice que lo acusaron de traición a la patria "quizás porque siempre pedí respetar la Constitución". Cuando habla de la necesidad de un fiscal y un defensor del pueblo, exige que sean personas que "representen al pueblo y a la Constitución, no al gobierno". Cuando rechaza el nombramiento de Tarek William Saab como Defensor del Pueblo, apela a "la Constitución y sus mecanismos". Cuando define el marco en el que deben producirse los cambios, responde sin dudar: "La Constitución de la República Bolivariana de Venezuela. Ese es el marco de esos cambios". Y cuando le preguntan por su aspiración política, responde con una fórmula que, en cualquier otro contexto, podría sonar a eslogan, pero que en él adquiere un peso específico: “No soy candidato. Tengo una candidata, se llama La Constitución de la República Bolivariana de Venezuela y la segunda candidata que tengo se llama Democracia.” En un país donde la Carta Magna ha sido violada sistemáticamente durante años en la misma medida en que se entronizaba la dictadura de Maduro, donde se le ha invocado para justificar lo injustificable y se le ha vaciado de contenido mientras se le rendía pleitesía verbal, esa insistencia en recuperarla como norma efectiva, como ley viva y no como adorno, es uno de los aportes más valiosos de su intervención. Porque Márquez no habla de la Constitución como un fetiche, sino como un instrumento: el único capaz de contener el ejercicio arbitrario del poder y de restituir la vida política a un cauce predecible. Dicho de otro modo: en un escenario de degradación institucional, reivindicar la Constitución es reivindicar la posibilidad misma de que el país vuelva a tener reglas de juego estables. Que eso lo diga alguien que fue encarcelado por defenderla, debería ser escuchado con atención.
Lo Malo
Sin embargo, es precisamente esa autoridad moral la que hace que sus otras afirmaciones resulten tan desconcertantes; conforme uno avanza en su discurso, empiezan a aparecer zonas grises que no pueden pasarse por alto, precisamente porque el momento exige claridad.
Una de las más evidentes es su tendencia a describir problemas sin terminar de identificar a quienes los produjeron. Márquez critica leyes, cuestiona prácticas, denuncia abusos, pero con frecuencia lo hace en términos que diluyen la responsabilidad. Se habla de “errores”, de “excesos”, de “desviaciones”, pero rara vez se construye un mapa completo de decisiones, actores y cadenas de mando.
Esto puede parecer un detalle de estilo, pero no lo es. En contextos de transición, la forma en que se asignan responsabilidades es crucial. No solo por razones morales, sino porque de ello depende la posibilidad de construir instituciones distintas. Cuando los problemas se presentan como fenómenos difusos, casi impersonales, se abre la puerta a que los mismos actores que participaron en su creación puedan reubicarse sin mayores costos.
Algo similar ocurre cuando se observa su tratamiento de figuras concretas del poder. Su crítica a Tarek William Saab es directa en el plano ético, pero no se traduce en una impugnación igualmente clara del andamiaje institucional que permite su permanencia y reubicación. Es, en cierto sentido, una crítica que se detiene en el individuo, pero evita profundizar en la estructura.
Esa lógica de omisión selectiva se hace aún más visible cuando se examinan casos específicos. Por ejemplo, al cuestionar la Ley de Extinción de Dominio por sus potenciales abusos, Márquez evita mencionar el papel determinante que tuvo Jorge Rodríguez en su impulso desde la Asamblea Nacional. No se trata de exigir nombres por simple afán polémico, sino de señalar que sin esa conexión entre norma y actor político, la crítica queda incompleta.
Y es precisamente en es que es incompleto en su narrativa donde comienza a dibujarse un patrón.
Luego hay un momento en la rueda de prensa que merece un análisis aparte, porque condensa como ningún otro las contradicciones que atraviesan el discurso de Márquez. Me refiero al pasaje en el que se refiere a José Luis Rodríguez Zapatero. Dice Márquez, con una emotividad que no emplea en
ningún otro momento:
“…el presidente Rodríguez Zapatero cuenta con todo mi amor y cariño, y lo digo así, no solo por la cercanía que hemos tenido durante mucho tiempo, sino que se portó con mi esposa como se puede portar un hermano mientras yo estuve preso. Le contestó el teléfono, la atendió, la consoló, le habló de esperanza, le habló de posibilidades y hoy sí, creo que el presidente Zapatero juega un papel aún en Venezuela y espero que el tiempo lo reivindique dentro de una guerra de intolerancia que hay no solamente en Venezuela, también en España.”.
Nadie puede objetar la gratitud personal. Cada quien es libre de elegir sus afectos y de expresarlos como mejor le parezca. El problema (y es un problema político, no personal) es que ese abrazo público a Zapatero no ocurre en el vacío. Ocurre en una rueda de prensa con clara vocación política, ocurre mientras Márquez se presenta como el hombre del diálogo y la reconciliación, y ocurre en un momento en que la figura del expresidente español está rodeada de señalamientos que cualquier dirigente responsable debería al menos mencionar, aunque sea para matizarlos. Zapatero es el “mediador” que consoló a su familia en un momento de angustia, pero es también la persona que, según múltiples fuentes, ha mantenido una relación estrecha y sostenida con el núcleo duro del chavismo, incluidas Delcy y Jorge Rodríguez, que ha actuado como observador en elecciones cuestionadas internacionalmente, que ha facilitado salidas de opositores mientras el régimen se reacomodaba, y cuyo nombre aparece reiteradamente vinculado a denuncias de enriquecimiento personal y tráfico de influencias: desde el supuesto acceso a recursos estratégicos como el petróleo y el oro del Arco Minero, hasta los 459.000 euros cobrados por informes de dudosa calidad para la empresa vinculada al rescate de la aerolínea Plus Ultra, pasando por su papel en la trama Koldo y las conexiones con empresas de sus hijas que operaron en Venezuela y desaparecieron abruptamente
Ese abrazo a Zapatero, como parte de una disertación política, proyecta la adhesión simbólica a un método: el de las negociaciones entre élites, el de los acuerdos que se cocinan lejos de la mirada pública, el de la "paz" que se firma en despachos mientras las víctimas siguen esperando justicia. Márquez tiene derecho a elegir sus amigos y a agradecerles el apoyo. Pero cuando un líder que aspira a encarnar la reconciliación nacional abraza sin matices a una figura tan controvertida, cuando silencia las denuncias que pesan sobre ella y la presenta como un modelo de mediación, está enviando un mensaje inquietante: que su "acompañamiento crítico" al nuevo poder podría extenderse también a quienes, desde fuera, han contribuido a sostener el viejo. Y eso, en alguien que acaba de salir de una cárcel del SEBIN, debería hacer reflexionar a quienes todavía confían en que su voz será distinta.
Lo feo
Al abordar la Reforma de la Ley Orgánica de Hidrocarburos, la posición de Márquez transita de lo moderado a lo que solo puede calificarse como una tibieza alarmante. Mientras expertos de la talla de Carlos Mendoza Pottellá denuncian que estamos ante la conversión de Venezuela en un "botín petrolero", Márquez parece limitar su preocupación a que la apertura "beneficie al salario".
La reforma de la Ley Orgánica de Hidrocarburos, aprobada el 29 de enero de 2026, apenas veintiséis días después de la captura de Maduro, transforma la regalía de un derecho soberano inalienable en una variable discrecional que el Ejecutivo puede reducir casi a voluntad, basándose en criterios de "economicidad" del proyecto. Viola los artículos 12, 113, 150, 151, 302 y 303 de la Constitución. Reduce la participación fiscal desde el rango histórico del 65-75% a escenarios que pueden caer al 35-45%. Somete las controversias con inversores privados a tribunales extranjeros, renunciando a la inmunidad jurisdiccional que define la soberanía. Y como reveló el propio secretario Marco Rubio ante el Senado estadounidense, el Tesoro de Estados Unidos supervisa directamente las cuentas petroleras venezolanas, aprueba los presupuestos mensuales del gobierno de Delcy, y tiene poder de veto sobre partidas específicas. El dinero del petróleo venezolano pasa por JP Morgan, llega a un fideicomiso en Qatar, y regresa a Venezuela solo previa autorización de Washington.
Esta no es una reforma de modernización. Es, como ha documentado con rigor el economista Carlos Dürich, la formalización jurídica de una derrota. Responde más a una solicitud de ExxonMobil secundada por la Casa Blanca que al interés nacional.
Frente a todo esto, Márquez dijo que la apertura era "bienvenida" y agregó un llamado tibio a que "el pueblo esté vigilante". En un país donde el petróleo ha sido históricamente el eje de la soberanía y cuya explotación representa la abrumadora mayoría de las divisas que ingresan al país, no abordar con claridad las implicaciones institucionales, jurídicas y económicas de la reforma de la ley que ampara su explotación, equivale, en la práctica, a aceptar un rediseño del modelo sin someterlo a debate público. Esa prudencia o tibieza no es neutra. Para un político con cuarenta y cuatro años de trayectoria y experiencia directa en el CNE, la omisión no puede ser involuntaria.
Lo imperdonable
Pero hay un punto de ruptura definitivo que, en mi opinión, entra en la categoría de lo imperdonable. Es su inequívoca y explícita alineación con la administración de Donald Trump. Márquez no tuvo reparos en declarar sin ambages: "Estados Unidos es un gran aliado para el futuro del país". Y fue más allá: "Yo estoy de acuerdo, y así lo digo, con la ruta planteada por el secretario de Estado, Marco Rubio, para Venezuela" . Llega incluso a naturalizar la tutela con una frase que debería helar la sangre a cualquier venezolano consciente de su historia: "Se puede ser soberanos aceptando ayuda. Se puede ser soberanos aceptando que nos metan la mano para salir de nuestros problemas" .
Calificar a los Estados Unidos como el "principal aliado" de Venezuela tras los eventos del 3 de enero de 2026 no es una simple opinión política: es una ofensa a la memoria de las víctimas y una afrenta a la dignidad nacional. Un líder que dice querer construir un país nuevo no puede olvidar —o, peor aún, no puede perdonar y mucho menos considerar aliado— que esa misma nación ejecutó una incursión militar que se cobró la vida de más de 140 venezolanos, destruyó infraestructura civil y militar, y violó flagrantemente el derecho internacional. ¿Cómo puede ser "aliado" quien ha ordenado bombardear lanchas en el Caribe, asesinando a mansalva a más de 150 venezolanos bajo la acusación, sin prueba alguna, de narcotráfico y sin mediar juicio? ¿Cómo puede ser nuestro aliado quien persigue y acosa a los venezolanos residentes en EE. UU., expulsándolos del país, acusando injustamente a algunos de pertenecer a bandas criminales para luego enviarlos a ese gulag que es la cárcel del CECOT en El Salvador?
Ante este historial de agravios recientes, el gesto de agradecer una invitación al Capitolio y abrazar sin reservas la ruta política de Marco Rubio resulta, cuando menos, inconcebible. Al declarar que "las acciones de Norteamérica abren la puerta a una oportunidad" y al suscribir íntegramente un plan sin una sola palabra de reparo, lo que se guarda es un silencio ensordecedor sobre los muertos, sobre los bombardeados y sobre los derechos humanos de los migrantes venezolanos perseguidos en tierra extraña. Ese silencio no es un olvido: es una aceptación de facto de que Venezuela se convierta en un protectorado, un precio demasiado alto pagado con la dignidad nacional. Y eso, en mi opinión, sencillamente, no tiene perdón, sea que lo diga Márquez, sea que lo diga María Corina Machado o sea que, aun sin decirlo, lo acepte el cipayato de los Rodríguez.
La falacia del "todos lo hacen"
Habrá quien diga, y es previsible que lo digan, que otros líderes políticos han hecho declaraciones similares sin ser objeto de críticas tan severas. Que también se han reunido con funcionarios estadounidenses, que también han aceptado la nueva realidad geopolítica, que también han guardado silencio sobre aspectos de la reforma petrolera, o que también han expresado palabras de agradecimiento a Rodríguez Zapatero.
Esa objeción merece una respuesta clara, porque encierra una falacia, una variante del Argumento Ad Hominem conocida como tu quoque ("tú también"), que no debe pasar inadvertida. Que otros actúen de determinada manera no convierte esa actuación en correcta, ni exime a nadie de la responsabilidad de examinar críticamente su propia conducta. Pero además, en el caso de Márquez, hay un agravante que no admite comparación: él fue preso político. Él sufrió en carne propia la injusticia que denuncia.
Él sabe, mejor que nadie, lo que significa estar incomunicado diez meses, esposado veinticuatro horas al día, sin ver la luz del sol durante tres meses. Esa experiencia le otorga una autoridad moral de la que carecen otros dirigentes. Y es precisamente por eso que sus silencios pesan más, que sus omisiones resultan más dolorosas, que su disposición a "acompañar" al nuevo gobierno sin exigir justicia resulta más difícil de comprender.
Si alguien tiene el derecho y la obligación de exigir que los responsables de la tortura y la represión sean llevados ante los tribunales, esos son quienes han sido víctimas de este tipo de trato. Como Enrique Márquez. Si alguien tiene la autoridad para decir que no puede haber reconciliación sin verdad y sin justicia, y sin impunidad, ese es Enrique Márquez y el resto de la victimas de tan horrendas prácticas. Si alguien puede plantar cara al nuevo poder y decirle "no cuenten conmigo para blanquear lo que sigue siendo un régimen autoritario, aunque haya cambiado de rostro", ese es Enrique Márquez. Y sin embargo, lo que se escucha de su boca es un discurso de perdón anticipado, sin condiciones, de acompañamiento sin exigencias, de esperanza sin sustento en hechos verificables.
Para concluir
Al final, lo que queda después de escuchar con atención a Enrique Márquez es una mezcla incómoda de admiración y desconcierto. Admiración por la entereza con que narró su calvario, por la serenidad con que nombró a sus compañeros de celda, por la lucidez con que señaló algunas de las heridas más profundas del país. Desconcierto, también, porque esa misma lucidez parece nublarse cuando se trata de conectar los puntos, de nombrar a los responsables, de exigir justicia allí donde más falta hace. La portada del disco de Willie Colón nos regaló un esquema para ordenar la discusión: lo bueno, lo malo, lo feo. Pero quizá hace falta una cuarta figura, una que el álbum no incluye: la del hombre que, habiendo conocido el horror, decide sin embargo prestar su rostro para un orden que lo reproduce. No se trata de juzgar intenciones, porque las intenciones no se ven. Se trata de observar efectos. Y los efectos del discurso de Márquez, en el momento preciso en que se pronuncia, son los de legitimar un nuevo statu quo que mantiene intactas las estructuras del viejo autoritarismo y las somete, además, a una tutela externa sin precedentes. Ojalá no sea demasiado tarde para que alguien con su autoridad moral entienda que el camino del "acompañamiento crítico" sin exigencias concretas es, en realidad, el camino de la legitimación del despojo. Ojalá entienda que su voz, precisamente por haber sufrido la cárcel, debería estar del lado de los que exigen, no de los que aplauden. Porque si no, su legado quedará marcado por una contradicción insoportable: la del hombre que, habiendo conocido la injusticia en su propia piel, terminó siendo funcional a una injusticia mayor. Y esa, créame, es una losa demasiado pesada para cargarla ante la historia.
Si se me permite una conjetura, creo que luce obvio que Márquez apuesta por una transición negociada, gradual, orientada a la estabilidad. Ese enfoque tiene virtudes evidentes: reconoce que el país viene de una fractura profunda, que ninguna transformación duradera se construye sobre la imposición, y que el cansancio colectivo exige resultados antes que gestos. En un escenario de polarización crónica, privilegiar el acuerdo sobre la ruptura no es una debilidad: puede ser, de hecho, una condición de posibilidad para cualquier cambio sostenible. Pero este enfoque encierra también un riesgo mayor: que el cambio termine siendo más aparente que real. Es el riesgo de una transición que no se propone transformar el régimen político, sino gestionar su metamorfosis, poniendo el énfasis en la "estabilización" y no en la democratización real. Porque eso, al menos en mi opinión, es lo que propone el Plan Marco Rubio -el mismo al que Márquez ha dado su respaldo explícito-: un esquema que estabiliza, pero no transforma.
Márquez tiene algo que no todos tienen en este momento: credibilidad. Y precisamente por eso, su responsabilidad es mayor. La moderación no puede convertirse en complacencia. El pragmatismo no puede derivar en renuncia. La negociación no puede implicar el silenciamiento de lo esencial. Quisiera estar equivocado, pero los efectos del discurso de Márquez, en el momento preciso en que se pronuncia, se asemejan peligrosamente a una legitimación pasiva del nuevo statu quo: ese que mantiene intactas las estructuras del viejo autoritarismo y las somete, además, a una tutela externa sin precedentes, aunque simula con bastante eficacia transitar una ruta de apertura democrática.
Venezuela necesita acuerdos, sí. Pero no acuerdos que sacrifiquen la necesaria justicia, la posibilidad de reconstruir la deshecha institucionalidad o la soberanía en nombre de una estabilidad precaria. El país necesita renovación total de los poderes públicos, auditoría independiente del 28 de julio, desmantelamiento del aparato represivo y una renegociación petrolera que preserve la dignidad nacional y el patrimonio de las generaciones presentes y futuras, no que lo subaste al mejor postor.
Reivindicar la Constitución y su plena restitución, como lo ha hecho Márquez, no puede ser un ejercicio de retórica ni un simple enunciado a modo de consigna. Si realmente queremos avanzar en ese camino, no tienen cabida las tolerancias a su violación: como en el caso de la designación de Saab al frente de la Defensoría, impulsada por el mismo Poder Legislativo que dice representar al pueblo, ni en la permanencia, sin investigación judicial y, menos aún, sin juicios, de los responsables de las masivas violaciones a los derechos humanos que se han cometido y se siguen cometiendo en Venezuela, entre otros muchos ámbitos en los que aún se sigue violando.
Creo que Márquez aún está a tiempo. Todavía puede usar la voz de su autoridad, de su legitimidad y de su moral con fuerza para decir lo que sabe. Para denunciar la abyección que significa que EEUU decida, con el beneplácito silente de la dictadura por herencia, administrar los recursos de los venezolanos. Para reivindicar el ejercicio de la soberanía nacional y popular con la misma franqueza y vehemencia con que denunció su paso por el Helicoide. Para establecer las condiciones que distinguen acompañar a Delcy de legitimarla. Ojalá Márquez esté a tiempo de verlo. Desde su dilatada experiencia política, ojalá entienda que hay líneas que no se pueden cruzar sin pagar un costo político e histórico demasiado alto. Y ojalá, sobre todo, no termine deslizándose (incluso si lo hiciera con buenas intenciones) hacia esa convergencia que sería, indudablemente, el verdadero despeñadero: una alianza, abierta o encubierta, con Trump y el cipayato de los Rodríguez.
