Lo bueno, lo malo y lo feo de la rueda de prensa de Enrique Márquez
Como suele ocurrir cuando un ídolo musical nos deja, su obra regresa con fuerza para ocupar un efímero pero intenso primer plano: es la manera que tenemos de expresar la tristeza, la melancolía y, sobre todo, el agradecimiento por todo lo que nos legó. Eso fue justo lo que sucedió hace poco, al conocerse la lamentable pérdida de la leyenda de la salsa Willie Colón, fallecido el pasado 21 de febrero en un hospital de Nueva York, la misma ciudad que lo vio nacer y en la que desarrolló buena parte de su trayectoria artística.
De su extensa discografía, hay una pieza por la que siento especial devoción. Se llama "Guaracha", una suerte de lamento melancólico, pero expresado desde la firmeza y la dignidad de quien, habiéndolo hecho bien, se siente traicionado, aunque sin rencor alguno. "Guaracha" forma parte del álbum El Bueno, el Malo y el Feo, lanzado en 1975, que, como casi toda su discografía, se convirtió en un éxito rotundo.
Me encontraba escuchando "Guaracha" y contemplando la portada del disco cuando alguien me envió el enlace a la rueda de prensa que ofreció el exdiputado de la Asamblea Nacional, exrector del CNE, excandidato presidencial y expreso político Enrique Márquez, el pasado 27 de febrero, fecha por demás emblemática para los venezolanos. Mientras lo oía, me di cuenta de que la portada del disco ofrecía casi un esquema para evaluar la narrativa de Márquez. Así que me dispuse a elaborar estas notas.
Conviene, sin embargo, hacer una precisión que también es una declaración de intenciones. Estas líneas no nacen como parte de ninguna campaña, ni como réplica premeditada. Apenas horas antes de esta rueda de prensa, el 27 de febrero, había concluido un artículo de opinión que titulé "Enrique Márquez y la tentación de un 'centro político' prefabricado en Washington", en el que analicé lo que significó la visita de Márquez al Capitolio como invitado especial de Donald Trump con motivo del tradicional discurso del Estado de la Unión. En ese artículo intenté mostrar lo que consideré una operación política mediante la cual la administración Trump convierte a Enrique Márquez en el rostro presentable y en la prueba del “éxito” de su política de sometimiento y dominación sobre Venezuela, país que, con la anuencia y hasta la colaboración de quienes hoy dirigen el Estado, ha quedado convertido de facto en un protectorado petrolero. Ese artículo fue publicado en el portal Aporrea el día 28, y obviamente no me fue posible incorporar en él lo aquí analizado. Este texto, por tanto, no corrige aquel ni lo desautoriza: lo complementa. Es, si se quiere, la continuación natural de una reflexión que se ve obligada a ampliarse ante la irrupción de nuevos elementos en el debate público.
Lo primero que salta a la vista al escuchar íntegramente la disertación de Márquez es que nos hallamos ante una pieza comunicacional cuidadosamente planeada, diseñada y ejecutada con oficio. No hace falta ser experto en marketing político para advertir que fue un evento milimétrico, donde cada detalle fue cuidado y nada se dejó al azar. Cada momento de su narrativa cumplió un objetivo específico. Quien vea la rueda de prensa (y recomiendo encarecidamente hacerlo) probablemente concluya con una impresión favorable, tanto de Márquez como del escenario que dibuja. Pero cuando se examina con lupa y se disecciona con bisturí, se ponen de relieve aspectos valiosos junto a otros que, como mínimo, deberían encender todas las alarmas. Conviene empezar por lo que corresponde reconocer, sin reservas ni mezquindades. Porque si algo se le debe a Márquez es una lectura honesta de lo que aporta, antes de entrar a cuestionar lo que preocupa.
Lo bueno
Hay, en primer lugar, una dimensión humana que atraviesa todo su discurso y que no puede ser ignorada ni relativizada. Cuando habla de su paso por el Helicoide, no lo hace desde la grandilocuencia ni desde la retórica inflamatoria. Lo hace, más bien, desde una sobriedad que termina siendo más contundente que cualquier exageración. Describe la incomunicación, el aislamiento prolongado, la arbitrariedad absoluta. Esa sensación de estar completamente a merced de una maquinaria represiva brutal -que decide sobre la vida sin dar explicaciones-, es un testimonio personal invaluable. Pero es también una ventana directa al funcionamiento real del aparato represivo venezolano, meticulosamente diseñado durante años por el chavismo-madurismo en su empeño por aferrarse al poder y doblegar la voluntad de quienes osaron disentir y oponérsele.
Nadie que haya escuchado su relato de los diez meses de incomunicación, de las veinticuatro horas esposado durante siete días consecutivos, de los tres meses sin ver la luz del sol, puede negarle el derecho a ser escuchado con respeto. Tampoco quien lo haya oído nombrar uno a uno a sus compañeros de celda puede dudar de que su testimonio es necesario, valioso y, en muchos aspectos, irremplazable.
“…Luis Somaza, a Luis Palocz, a Luis Tarbay, a Roland Carreño, a Biaggio Pillieri, a Perkins Rocha, Noel Álvarez, Pedro Guanipa, Rafael Ramírez, exalcalde de Maracaibo, David Barroso, Goyo Graterol, Américo de Gracia. Alfredo Díaz. Me detengo un minuto para rendir honor a la memoria de mi hermano que murió en esa celda, en la celda E3 del pasillo E del Helicoide, fruto de un infarto, pero que hoy recuerdo con dolor, con cariño, su talante democrático, su entrega, su buen humor, su personalidad. Vaya a su familia una palabra de solidaridad el día de hoy. El Popo Granadillo, Carlos Chiquito, Héctor Marcano, Carlos Guillén, Marino Mendoza, Pedro Silva, todos estos últimos. Nada que ver con la política. Daño colateral del aprisionamiento político. Jesús Armas, Freddy Superlano, Eduardo Bordones, capitán Eduardo Bordones, coronel José Ramos Chirino, ingeniero Néstor Astudillo…”
En este país donde tantas cosas han sido negadas, maquilladas o simplemente borradas del relato oficial, ese tipo de testimonio cumple una función política de primer orden. No solo denuncia, también fija memoria. Y fijar en la memoria colectiva, en un contexto como el venezolano, es promover una forma de resistencia, pero también una responsabilidad con el futuro. Porque no hay una sana reconstrucción posible sobre la base del olvido o de la impunidad.
Dijo, con una calma que impresionaba: " “Se habla de perdón. Estoy de acuerdo con el perdón y de aquí digo que en mi corazón no hay ningún rencor, ningún resentimiento, ninguna factura pendiente.”". Y en esa misma línea, reconoció que la Ley de Amnistía es solo un primer paso, exigiendo reparación material, garantías de no repetición y justicia verdadera. Palabras que, viniendo de quien viene, deberían pesar más que cualquier cálculo político.
A esa dimensión moral se suma otra, más propiamente política, que también merece ser destacada. Márquez insiste, una y otra vez, en la necesidad de rescatar la política como herramienta. Puede parecer una obviedad, pero no lo es en absoluto si se observa el recorrido reciente del país. Durante años, buena parte de la oposición osciló entre estrategias de........
