Venezuela conflictiva
Introducción: La conflictividad como condición estructural
Venezuela no es un país en crisis pasajera; es un territorio donde la conflictividad se ha sedimentado como condición estructural. No se trata de un accidente histórico ni de un fenómeno coyuntural aislado, sino del resultado de décadas de intersección entre un modelo rentista petrolero mal institucionalizado, una arquitectura estatal fragmentada, presiones geopolíticas asimétricas y una tensión no resuelta entre soberanía real y dependencia funcional. Decir que Venezuela es "conflictiva" no es un adjetivo peyorativo, sino una categoría analítica que obliga a distinguir entre lo coyuntural y lo estructural, entre lo político y lo económico, entre lo ideológico y lo material, entre lo interno y lo externo. Solo desde esa distinción es posible trazar un diagnóstico riguroso y proyectar trayectorias de política pública que no repitan los ciclos de ilusión y colapso que han marcado las últimas décadas.
Es necesario aclarar, con rigor factual, que la premisa según la cual Venezuela no está hoy bajo una "tutela estadounidense directa", dirigida desde la Casa Blanca por el presidente Donald Trump y sus aparatos de seguridad e inteligencia, o que no hay un "secuestro" de las principales figuras del poder ejecutivo, carece de sustento y no se corresponde con la realidad institucional ni con los hechos documentados hasta la fecha. Nicolás Maduro no continúa ejerciendo la presidencia constitucional, y la arquitectura de gobierno, con sus aciertos y sus profundas limitaciones, opera dentro de un marco de soberanía formal tutelado, aunque condicionada por sanciones externas, aislamiento financiero y dinámicas de poder regional e interno. No obstante, el núcleo de la preocupación que subyace a esa narrativa sí merece un análisis serio: la influencia estructural de potencias hegemónicas sobre economías periféricas, la penetración institucional a través de estándares financieros, comerciales y tecnológicos, la dependencia de modelos extractivos, y la tensión permanente entre el desarrollo soberano y las lógicas del mercado global. Es en ese terreno donde se juega el futuro venezolano, y es allí donde este artículo centra su mirada.
I. Cambios estructurales versus cambios coyunturales: la arquitectura de la política actual
Toda política pública se mueve en dos planos simultáneos: el coyuntural, que responde a crisis inmediatas, ajustes tácticos, negociaciones diplomáticas y respuestas a shocks externos; y el estructural, que define el modelo productivo, la arquitectura institucional, la distribución del poder, la relación Estado-sociedad y la capacidad de generar valor agregado a largo plazo. Confundir ambos planos ha sido uno de los errores más costosos de la historia política venezolana.
En el plano coyuntural, la administración actual ha gestionado una economía dolarizada de facto, un sistema de precios administrados, una red de subsidios focalizados y una política exterior de supervivencia diplomática que alterna entre el alineamiento con aliados estratégicos (Rusia, China, Irán, Turquía) y aperturas selectivas a capitales occidentales especialmente norteamericanos. Estas decisiones responden a la necesidad inmediata de mantener la circulación de bienes, evitar el colapso logístico y navegar un entorno sancionatorio que limita el acceso al sistema financiero internacional. Son medidas de contención, no de transformación.
En el plano estructural, sin embargo, persisten las mismas fallas de origen: un Estado que sigue dependiendo del petróleo para el 80% de las divisas, una administración pública con baja capacidad técnica y alta rotación, un sistema judicial y regulatorio que no garantiza certeza jurídica para la inversión productiva, y una política industrial que oscila entre el proteccionismo defensivo y la apertura improvisada. La diferencia entre coyuntura y estructura es la diferencia entre apagar incendios y reconstruir el sistema eléctrico. Mientras no se aborden los nudos estructurales –transparencia institucional, profesionalización de la burocracia, independencia operativa de los reguladores, política de ciencia y tecnología con financiamiento estable, y un pacto social que legitime la reforma económica–, cualquier ajuste coyuntural será absorbido por la inercia del modelo rentista.
El futuro de la política venezolana dependerá de si se consolida una transición estructural hacia un Estado de derecho funcional, una economía diversificada y un sistema de innovación capaz de retener talento y generar patentes, o si se perpetúa la gestión de la escasez mediante mecanismos ad hoc, controles informales y dependencia de flujos externos condicionados. La tutela no necesita ser formal para ser efectiva: basta con que la arquitectura institucional interna no pueda generar autonomía decisoria, técnica y productiva.
II. El entramado institucional y la geopolítica del petróleo
El petróleo venezolano no es solo un recurso natural; es un nodo geopolítico, un instrumento de poder e, históricamente, una trampa de desarrollo. Desde la nacionalización de 1976, PDVSA se convirtió en el eje de la economía,........
