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La debilidad como defensa

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21.01.2026

Hay una idea que incomoda a los imperios y, por eso mismo, resulta útil para las naciones que no pretenden convertirse en uno: la debilidad, bien entendida, puede funcionar como defensa. No como rendición ni como resignación, sino como estrategia. En el tablero internacional, donde la fuerza bruta suele presentarse como argumento final, el país “débil” —en capacidad militar, acceso financiero o influencia mediática— puede convertir esa aparente desventaja en un escudo político, moral y económico, un modo de persistir, de reorganizarse, y de obligar al adversario a pagar costos crecientes por cada paso de coerción.

Esta reflexión cobra relieve ante los reportes sobre la operación estadounidense del 3E de 2026, descrita por diversas fuentes como un ataque que culminó con el secuestro de Nicolás Maduro y Cilia Flores. En el plano jurídico, incluso análisis de referencia han señalado la ausencia de justificación bajo el derecho internacional para una acción de esa naturaleza. En el plano político-comunicacional, el propio debate público en medios de gran audiencia ha subrayado contradicciones y disputas de narrativa, precisamente porque la coerción contemporánea también se libra en el terreno de la credibilidad. 

Ahora bien, más allá de la lectura inmediata —indignación, dolor, alarma— Venezuela está obligada a pensar “en frío” cuál es la nueva vía de desarrollo que conviene emprender cuando un adversario con superioridad material decide forzar los acontecimientos por la vía de hecho. La respuesta no puede limitarse a la épica, tampoco a la tecnocracia. Debe ser, al mismo tiempo, un diseño institucional y una pedagogía social. Y aquí aparece el núcleo de este artículo: convertir la condición de vulnerabilidad en una arquitectura de resiliencia.

La debilidad no es carencia, es una forma de poder que obliga al rival a explicarse. Joseph Nye popularizó el concepto de soft power para describir la capacidad de lograr objetivos por atracción, legitimidad y persuasión, no solo por coerción. En una frase que vale como brújula para cualquier país sometido a presión, Nye escribió: “la mejor propaganda no es propaganda”, porque en la era de la información la credibilidad es el recurso más escaso. 

Esto importa porque una operación militar o de fuerza extraterritorial, incluso si logra su objetivo inmediato, suele abrir un segundo frente, el de la explicación pública, la legalidad y la reputación. Si el poder fuerte necesita justificar lo injustificable, el poder débil puede aprender a administrar la atención, exponer inconsistencias, elevar el costo diplomático y construir coaliciones por principio, no por miedo. En otras palabras, la debilidad bien articulada obliga al fuerte a mirar el espejo de su propia retórica.

De hecho, hay lecturas recientes que sugieren que parte del conflicto contemporáneo entre grandes potencias y Estados “incómodos” se decide menos en la correlación de fuerzas y más en el desgaste reputacional, la fractura de........

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