menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

Normalizando la pequeñez

6 0
08.02.2026

Lo escribí antes. Advertí antes. Denuncié antes.

No cuando el resultado ya era conocido; no cuando la escena se había vuelto obvia, no cuando la realidad hacía imposible la incomodidad.

Lo hice antes del 14 de diciembre. Cuando José Antonio Kast evitaba debates como un vampiro que evita un espejo; como quien esquiva una prueba para la que sabe que no está preparado.

Lo hice cuando su comando entendía -mejor que él- que cada minuto adicional de exposición era una amenaza.

Dije entonces que no se trataba de una diferencia ideológica atendible, sino de una carencia estructural. Dije que había en él pobreza intelectual.

No como descalificación emocional, sino como diagnóstico político.

Lo escribí con claridad: el candidato no tenía palabras, y sin palabras no hay ideas; sin ideas no hay proyecto; sin proyecto, el poder se vuelve puro reflejo.

Advertí también que era el más malo al arco. No porque no supiera moverse en la cancha electoral, sino porque había llegado hasta ahí sin espesor, sin pensamiento, sin herramientas conceptuales para sostener el lugar al que aspiraba.

Cuando en el balotaje, aceptó apenas dos debates, uno en el Hogar de Cristo -donde el contexto amortiguaba cualquier exigencia- y otro, el de Anatel, a una semana de la votación. Incluso allí, con el escenario controlado, volvió a quedar expuesto.

Intentó cubrir la precariedad con solemnidad, con frases aprendidas, con moralina. No funcionó. Nunca funcionó.

Eso quedó escrito.

No como provocación. Como advertencia.

Luego vino el triunfo. Y con él, algo más inquietante que el resultado electoral: la legitimación pública de esa precariedad.

Porque una cosa es que un candidato limitado compita; otra, infinitamente más grave, es que esa limitación se transforme en virtud una vez que se alcanza el poder.

Es después de eso, ya investido como presidente electo, cuando ocurre el encuentro con los máximos representantes de las Ciencias Sociales Chilenas; un almuerzo que el rector Carlos Peña - como un invitado más- observa y luego describe con una precisión sobria y casi profética en una columna titulada Almorzando entre vecinos.

Peña no escribe con estridencia. Escribe con distancia. Y en esa distancia aparece lo más inquietante.

El marco era solemne, el contexto exigía altura, las preguntas estaban al nivel de lo que corresponde cuando académicos interpelan al poder: seguridad y debido proceso, relaciones internacionales, educación, institucionalidad.

Preguntas que abrían la posibilidad de articular pensamiento, de elevar la conversación, de mostrar que detrás del cargo había algo más que literalidad.

Pero ocurrió... nada

Las preguntas no derivaron en reflexión conceptual.

No hubo manejo de datos que ordenara una visión.

No hubo retórica capaz de transformar experiencia en proyecto.

No hubo imaginación política.

No hubo abstracción. No hubo relato estructural.

No hubo siquiera, un atisbo de poesía política: de esas que permiten pensar un país más allá de la coyuntura.

Lo que hubo fue otra cosa: comodidad en la vecindad, "una cierta domesticidad intelectual" que anuló cualquier exigencia.

Peña lo dice sin necesidad de subrayarlo: se advierte en Kast "una alergia persistente a la más mínima abstracción". No es una metáfora exagerada. Es una constatación.

El presidente electo parecía satisfecho en ese registro, incluso orgulloso. Como si descubriera profundidad en sus propias palabras.

Como si bastara con ser un vecino despojado de abstracciones, para ejercer el poder.

Peña incluso sugiere que aquello podría inspirar una novela titulada Desde el hogar.

Y lo entiendo, no como un mensaje al azar: sino una clave. Porque lo que describe es un hombre cómodo en lo........

© Aporrea