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La guerra que no se puede ganar…

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25.03.2026

«La supuesta grandeza de los poderosos no es más que una ficción creada por nuestra propia disposición a disminuirnos ante ellos.» LEÓN TOLSTÓI, La Guerra y la Paz

El Bohemio olía a café recalentado y a noticia urgente. Afuera, la ciudad seguía su curso, pero dentro del local había una tensión espesa, como si el mundo entero hubiera decidido sentarse en esa mesa de madera gastada. El pichón de periodista entró casi sin aliento, con el teléfono en la mano. «Anacleto… esto se salió de control. Dicen que Irán cerró el Estrecho de Ormuz… que el petróleo se está disparando… que esto puede tumbar la economía global.»

Al mismo tiempo, el coronel retirado, que últimamente ha tomado la costumbre de llegar antes que el sol, también rompió el silencio. «Anacleto, leí esto anoche. 15.000 objetivos, dicen, mataron al Líder Supremo, hundieron 43 barcos. Y sin embargo, el Estrecho de Ormuz sigue cerrado. El petróleo está por las nubes. ¿Cómo es posible que Irán siga peleando?»

Anacleto encendió un cigarrillo con calma. Sabe que las preguntas de importancia no se responden con prisas. Así que, exhaló el humo hacia la luz del ventanal y lo vio deshacerse contra el vidrio. «Camaritas, esas son preguntas equivocadas. La única pregunta correcta es: ¿por qué alguien pensó que matar al Líder Supremo terminaría con esto?» Anacleto no levantó la mirada de su taza. Dio un sorbo lento, como si el tiempo no existiera. «Entiendan… el problema no es que el estrecho esté cerrado. El problema es que alguien creyó que podía abrir una guerra… y cerrarla cuando le diera la gana.»

El coronel retirado, con el ceño fruncido, intervino. «Pero esto era una operación quirúrgica. Decapitar liderazgo, destruir infraestructura… eso siempre ha funcionado.»

Anacleto dejó la taza sobre el plato con un leve golpe seco. «Siempre… ¿dónde, coronel? Porque ese "siempre" es el mito más peligroso de la doctrina occidental. Funciona cuando el enemigo juega tu juego. Pero cuando el enemigo decide cambiar las reglas… el gigante empieza a tropezar con su propia sombra.»

El boticario, con la curiosidad de quien no entiende pero quiere aprender. «Pero Anacleto, es el ejército más poderoso de la historia. Gastan tres millones de dólares por misil para derribar drones que cuestan menos que un carro usado. ¿Cómo no van a ganar?»

La carcajada de Anacleto retumbó en todo el café. Era una carcajada alegre, era de esas que sueltan los viejos cuando ven a un niño preguntar por qué el agua moja. «Camarita, ahí está el error. Creen que el poder es un botón que se aprieta. Que si gastas suficiente dinero, si concentras suficiente fuerza, si destruyes suficientes objetivos, el enemigo se desploma. Pero Irán lleva cuarenta años preparándose para esta guerra. No para ganarla, sino para hacer que cualquier ataque le cueste al atacante más que al defensor.»

La estudiante de sociología, con el cuaderno abierto, levantó la vista. «¿Entonces el error fue subestimar a Irán?»

Anacleto negó lentamente con la cabeza. «No, mi niña. El error fue algo más profundo: creer que el poder es solo fuerza. Y resulta que el poder, en el siglo XXI, es resistencia, tiempo… y capacidad de hacerle pagar al otro cada movimiento.»

La profesora, con precisión de relojero desplegó los datos con la frialdad de quien disecciona un cadáver. «La arquitectura iraní tiene tres pilares. Primero: una estructura de mando descentralizada que vuelve ineficaces los golpes de decapitación. Segundo: un arsenal de drones y misiles de bajo costo, diseñados para quebrar los sistemas de defensa aérea enemigos mediante puro volumen. Tercero: el control geográfico del Estrecho de Ormuz, por donde pasa aproximadamente el 20% del suministro mundial de petróleo cada día.»

El viejo periodista, con esa sabiduría que da la experiencia, soltó su........

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