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[Socialismo y Multipolaridad] China está cerca

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08.03.2026

Lo que ocurre en el escenario internacional no puede interpretarse como una simple secuencia de crisis regionales ni como un episodio más de inestabilidad en Oriente Medio. El ataque estadounidense a Irán no es un hecho aislado, sino que se inscribe en una fase histórica específica: la crisis sistémica del modo de producción capitalista en sus formas norteamericana y euroatlántica. Se trata de una crisis de sobreproducción, de acumulación, de carácter comercial y monetario, que también se manifiesta como una crisis ambiental, social y, ahora abiertamente, geopolítica.

Cuando el capitalismo entra en una fase de dificultad estructural, la respuesta nunca es la redistribución ni la cooperación, sino la guerra económica, el proteccionismo agresivo, la presión monetaria y, cuando es necesario, la intervención militar. La política de cañoneras no ha desaparecido: se ha modernizado. Ha evolucionado hacia la guerra de sanciones, el control de las rutas energéticas, la dominación financiera a través del dólar e incluso la guerra abierta.

Irán, en este contexto, no es solo un adversario político. Es un centro estratégico. Una parte significativa de su petróleo impulsa la economía asiática, en particular la de China. Atacar a Irán significa interrumpir los flujos energéticos que sustentan el crecimiento tecnológico, industrial y de infraestructura de China. Significa intentar mantener el control sobre los pilares de la acumulación global, vinculando una vez más el dólar al petróleo y reforzando una posición casi monopolística en la regulación de los mercados energéticos.

Golpeando al competidor más temido: China

El verdadero objetivo, por lo tanto, no es solo Teherán. Es Pekín. Es el proyecto de un mundo que ya no gira exclusivamente en torno al eje Washington-Bruselas. Es la visión de los BRICS y las relaciones Sur-Sur, que no nacen como un bloque agresivo, sino como un intento de construir espacios para la autodeterminación económica, la cooperación financiera alternativa y la desdolarización progresiva.

Si el capitalismo norteamericano y europeo está en crisis, China representa hoy la principal fuente de discontinuidad histórica. Esto no se debe simplemente a su crecimiento cuantitativo, sino a un enfoque estratégico diferente. El liderazgo chino ha dejado claro en repetidas ocasiones que el desarrollo no se reduce al crecimiento del PIB. Se refiere al crecimiento cualitativo, basado en la economía real, la manufactura avanzada, la seguridad industrial y la centralidad de la ciencia y la tecnología, incluyendo los avances en inteligencia artificial.

La guerra contra un modelo de desarrollo que resalta las contradicciones de Occidente

En esta visión, la manufactura desempeña el mismo papel que los alimentos: es la base de la seguridad nacional. El abandono de la economía real en favor de los ingresos financieros e inmobiliarios genera burbujas, deuda y fragilidad sistémica. La pandemia ha demostrado cómo la economía estadounidense, financiarizada y desindustrializada, está expuesta a los riesgos de la escasez industrial. Una potencia que pierde su base productiva se vuelve estructuralmente vulnerable.

China, por su parte, aspira a fortalecer su autonomía en las nuevas cadenas de valor globales: semiconductores, electrónica, telecomunicaciones, productos químicos avanzados, tierras raras. Controlar estos centros implica influir en la propia estructura de la producción global. Es difícil librar una guerra, ya sea caliente o fría, contra quienes poseen las fábricas que producen los componentes clave de las tecnologías civiles y militares.

De hecho, se está produciendo un choque estructural entre los modelos chino y occidental, como también lo subrayó el Primer Secretario del Partido Comunista Chino, Xi Jinping. El punto de partida es que la crisis de Occidente no es meramente económica, sino paradigmática. Es la crisis de un modelo basado en el crecimiento cuantitativo, la acumulación infinita, la financiarización y la renta. He hablado de capitalismo de límites o capitalismo de escasez precisamente para indicar esta contradicción estructural: un sistema que exige una expansión ilimitada en un mundo finito. Cuando la finitud de los recursos se encuentra con la avaricia de la acumulación, la respuesta no es la restricción, sino la guerra depredadora. Es el regreso del imperialismo pirata y corsario.

En este contexto, la confrontación con China no es un choque episódico, sino un choque entre modelos de civilización y desarrollo. El Primer Secretario del Partido Comunista Chino, en un importante artículo de 2020 sobre la estrategia de desarrollo económico y social a mediano y largo plazo, planteó una pregunta crucial: comprender la economía contemporánea tal como es, no como se supone que debería ser. Esto implica rechazar los indicadores puramente cuantitativos y orientar el crecimiento hacia la calidad, la dignidad y la armonía social.

Una visión confuciana

Aquí es donde entra en juego la matriz confuciana. En el pensamiento clásico chino, el desarrollo no es acumulación ciega, sino armonía entre la humanidad, la comunidad y la naturaleza. El Occidente moderno, en cambio, ha construido un modelo materialista y cuantitativo, en el que el valor se mide por el producto interior bruto, los ingresos financieros y la especulación inmobiliaria. El liderazgo chino critica explícitamente los ingresos improductivos, las burbujas especulativas y el enriquecimiento sin una economía real. Porque los ingresos generan fragilidad, deuda e inestabilidad social.

Se nos dice que la manufactura cumple la misma función que los alimentos: garantizar la seguridad nacional. Sin industria, no hay soberanía. Sin control de las cadenas de valor, no hay autonomía estratégica. Por eso, China trabaja en nuevas fuerzas productivas —semiconductores, inteligencia artificial, telecomunicaciones, productos químicos avanzados, tierras raras— con una visión que llega hasta 2050. No se trata de una competencia táctica, sino de una trayectoria histórica.

El libro de Alessandro Aresu, China Won, también nos ayuda en este sentido. Capta un punto clave: las nuevas fuerzas productivas reflejan las antiguas, y viceversa. Las armas son industria. Las tecnologías civiles y militares comparten cadenas de producción. Es difícil librar una guerra contra quienes controlan las fábricas que producen los componentes esenciales de la economía global. Si el arsenal de la llamada "democracia" depende de los territorios y las cadenas de suministro asiáticos, la superioridad occidental se vuelve estructuralmente inestable.

Occidente se centra en las finanzas y no en la economía

El capitalismo occidental, por otro lado, ha sacrificado progresivamente la economía real en aras de la financiarización. Ha exaltado los servicios de alta rentabilidad, desindustrializado regiones enteras y construido riqueza ficticia. Cuando la pandemia golpea, cuando surgen crisis ambientales, cuando se interrumpen las cadenas de suministro, esta fragilidad explota. Es la crisis de acumulación la que se transforma en una crisis sistémica.

Así pues, el conflicto con China no es meramente geopolítico: es cultural e histórico. Occidente es incapaz de comprender la lógica del largo plazo porque está atrapado en el corto plazo de los mercados financieros. China, en cambio, opera dentro de una temporalidad milenaria, dentro de una civilización que ha soportado dinastías, invasiones y revoluciones, y que hoy intenta una síntesis de planificación socialista, mercados regulados y raíces confucianas.

La visión para 2050 significa esto: lograr un dominio manufacturero y tecnológico que neutralice cualquier intento de estrangulamiento externo. Implica reestructurar los equilibrios monetarios internacionales, reducir el peso del dólar como moneda de reserva y eliminar al euro de su papel subordinado. Implica construir un equilibrio multidivisa compatible con un mundo multipolar.

Sin revisar este debate entre armonía y cantidad, entre la economía real y la ganancia, entre el largo plazo y la especulación inmediata, no comprenderemos la profundidad del conflicto actual. El capitalismo límite reacciona agresivamente porque percibe que su lógica infinita choca con la realidad material y con un modelo alternativo centrado en el desarrollo de calidad.

No se trata de idealizar. China también tiene contradicciones, limitaciones y tensiones internas. Pero la diferencia estratégica es clara: por un lado, un sistema que defiende su dominio mediante la guerra económica y militar; por otro, un proyecto que combina el desarrollo, la dignidad y la armonía como categorías políticas y culturales.

La cuestión no es elegir un bando sentimentalmente. Se trata de comprender que nos enfrentamos a una transición histórica. El nortecentrismo ha terminado. El mundo unipolar ha terminado. Y el conflicto actual —económico, monetario, tecnológico y militar— señala una transición trascendental en la que el capitalismo de escasez lucha por sobrevivir, mientras que nuevas configuraciones de las fuerzas productivas abren nuevos escenarios.

Si se pasa por alto este punto crucial, cualquier análisis resultará superficial. Sin embargo, si lo comprendemos plenamente, comprenderemos que la cuestión no es simplemente una competencia entre potencias, sino una confrontación entre dos ideas de desarrollo y, en última instancia, entre dos concepciones de civilización.

El papel pernicioso de la industria armamentística

Las armas son una industria. Las tecnologías son una industria. Las finanzas sin industria son renta. Durante décadas, Occidente ha cimentado su hegemonía sobre una combinación de poder militar, dominio monetario y control de recursos. Pero si las nuevas fuerzas productivas se desplazan a otras partes, la arquitectura del poder global también cambia.

Por eso la competencia no es solo económica o comercial: es monetaria, tecnológica y cultural. La perspectiva de un sistema internacional en el que el dólar ya no sea la única moneda de reserva, en el que el euro ya no tenga un papel secundario y en el que surja una canasta de monedas alternativas representa un cambio histórico. Es un paso que limita el poder excesivo del Norte Global y allana el camino hacia un equilibrio multicéntrico.

Una confrontación que hace sucumbir a Occidente

Occidente reacciona obsesivamente. Guerras comerciales, sanciones, bloqueos tecnológicos y presión militar en el Indopacífico y Oriente Medio. No se trata solo de una incomprensión de la cultura china; es una negativa a aceptar el fin del mundo unipolar. La geopolítica china no se basa en un crecimiento inmediato y depredador, sino en una visión a largo plazo arraigada en una civilización milenaria, no en los apenas dos siglos de capitalismo industrial occidental.

El capitalismo depredador, por otro lado, choca con la finitud de los recursos del planeta. Su codicia es infinita; el mundo es finito. De ahí la necesidad permanente de guerras de apropiación, del imperialismo pirata y corsario, del control de materias primas y rutas marítimas estratégicas. El ataque a Irán se inscribe en esta lógica: no solo como un gesto militar, sino como parte de una estrategia más amplia destinada a contener el surgimiento de un orden multipolar.

Bruselas y Roma cegadas por el servilismo

En este contexto, Europa e Italia a menudo operan en una posición subordinada. La alineación automática con la OTAN, las sanciones y las decisiones estratégicas de Estados Unidos reducen el margen de autonomía política y económica del continente. Apoyan un orden que no garantiza la estabilidad ni la prosperidad, sino que prolonga el conflicto y la tensión.

El nortecentrismo ha terminado. El mundo unipolar ha terminado. La transición es conflictiva y, precisamente por eso, peligrosa. Pero el juego en curso no se centra simplemente en la hegemonía de una potencia sobre la otra. Es un choque entre dos concepciones del desarrollo: por un lado, la acumulación financiera, el ingreso y la guerra como medio de supervivencia sistémica; por otro, un proyecto que, con todas sus contradicciones, centra la industria, el conocimiento, la planificación estratégica y una idea diferente de equilibrio social.

No se trata de ilusiones. Se trata de analizar el equilibrio material de poder. Si las fábricas, la ciencia, las nuevas tecnologías y las cadenas de valor se reorganizan a escala asiática, la estructura misma del capitalismo global cambiará. Y por eso aumenta la agresividad de Occidente: porque percibe que su dominio histórico ya no está garantizado.

Una derrota anunciada

La verdadera pregunta no es si existirá la multipolaridad, sino cómo se concretará. Ya sea mediante una transición conflictiva aún dominada por la lógica de la guerra, o mediante un reequilibrio que reconozca la dignidad, la soberanía y la cooperación entre los pueblos. La historia no ha terminado. Está cambiando de rumbo. Y quienes no comprenden esta transformación se arriesgan a reaccionar con fuerza ante lo que ya no pueden controlar.

El miserable final de la gran civilización occidental, europea y latina

Hay algo profundamente doloroso en observar el declive de la civilización occidental, europea y latina. No porque las civilizaciones sean eternas —ninguna lo fue jamás—, sino porque esta parece consumarse no en un ocaso solemne, ni en una transformación consciente, sino en una decadencia carente de grandeza, en una pérdida progresiva de sentido, mesura y dignidad histórica.

Europa fue la cuna del derecho, la filosofía, el arte y la ciencia. Dio origen al pensamiento crítico, la idea de ciudadanía, el humanismo y la tensión entre la razón y la fe, entre el individuo y la comunidad. La civilización latina construyó la idea misma de la universalidad jurídica; el Renacimiento situó a la humanidad en el centro del mundo; la Ilustración intentó fundamentar la política en la razón. Incluso sus contradicciones —colonialismo, guerras, explotación— estaban imbricadas en una tensión histórica profunda, trágica, pero consciente de sí misma.

Lo que llama la atención hoy no es el fin de un ciclo histórico, sino su trivialización. Occidente ya no parece creer en sí mismo, ni en su propia tradición, ni en una visión de futuro. Ha sustituido la cultura por el consumo, la política por el marketing, el pensamiento por los algoritmos. La esfera pública se ha reducido a un espectáculo, la participación a una reacción emocional, la memoria a un fragmento digital.

La civilización europea, que había hecho de la moderación y la reflexión su sello distintivo, ha sucumbido a un presentismo permanente. Vive en la inmediatez de los mercados financieros, la volatilidad de las bolsas y la ansiedad de las encuestas. El largo plazo —el de las catedrales, las universidades, las grandes obras públicas y las reformas estructurales— se ha sacrificado en el altar de los resultados trimestrales.

La gran tradición latina, fundada en el equilibrio entre la ley y la comunidad, entre la autoridad y la responsabilidad, se ha disuelto en un individualismo competitivo que mide el valor humano en términos de ingresos y visibilidad. La palabra «dignidad», que durante siglos representó el corazón de la cultura europea, ha sido vaciada de significado y reemplazada por la palabra «éxito».

No se trata solo de una crisis económica o política. Es una crisis antropológica. Occidente parece haber perdido la capacidad de reconocer sus propios límites. Se ha construido sobre la idea del crecimiento infinito en un mundo finito, de la dominación tecnológica sin cuestionamientos éticos, de la expansión permanente sin armonía. La idea misma del progreso se ha transformado en una aceleración sin rumbo.

Y así, la gran civilización que enseñó al mundo la duda cartesiana y la crítica kantiana ahora lucha por tolerar el disenso; la civilización que desarrolló la complejidad del derecho romano reduce la justicia a lemas; la civilización que produjo a Dante, Cervantes y Goethe se refugia en un lenguaje empobrecido, estandarizado y uniforme.

El dolor también reside en la subordinación. Europa, que durante siglos desarrolló un pensamiento estratégico autónomo, hoy parece incapaz de una visión independiente. Oscila entre dependencias económicas, militares y tecnológicas, abandonando su propio proyecto histórico. No es tanto la pérdida de poder material lo que marca su declive, sino más bien la pérdida de autonomía intelectual y moral.

Las civilizaciones no mueren al ser derrotadas desde fuera; mueren cuando dejan de cuestionarse, cuando abandonan su crítica interna, cuando transforman la cultura en ornamentación y la política en la administración de lo existente. Occidente se arriesga a un final miserable precisamente porque no experimenta un gran conflicto ideológico, sino una lenta erosión del significado.

Sin embargo, a lo largo de su historia, Europa ha experimentado decadencias y renacimientos. De las ruinas del Imperio Romano, surgieron nuevas síntesis culturales. Tras las guerras mundiales, surgieron instituciones y derechos sociales. La tradición occidental también contiene en sí misma los anticuerpos de su propia decadencia: la capacidad de autocrítica, la tensión ética y el deseo de justicia.

La pregunta es si podrá redescubrirlos. Si podrá abandonar la arrogancia del universalismo impuesto y redescubrir la universalidad del diálogo. Si podrá sustituir la competencia destructiva por la cooperación, el lucro por el trabajo productivo, las finanzas por la economía real. Si podrá reconocer que el mundo ya no es unipolar y que la pluralidad de civilizaciones no es una amenaza, sino una condición histórica irreversible.

Un final miserable no es inevitable. Pero se vuelve inevitable cuando una civilización se aferra a su pasado como un fetiche, en lugar de transformarlo en la base de un nuevo comienzo. La grandeza no reside en dominar para siempre; reside en saber renovarse sin traicionar los mejores principios.

Si Occidente quiere evitar un declive deshonroso, tendrá que reconsiderar lo que lo hizo grande: la primacía de la cultura sobre la riqueza, de la ley sobre la fuerza, de la comunidad sobre el egoísmo. Sin este retorno crucial a sus raíces más elevadas, el riesgo no es solo la pérdida de poder, sino también la pérdida del alma.

https://www.sinistrainrete.info/estero/32481-luciano-vasapollo-la-cina-e-vicina.html

Traducción: Carlos X. Blanco.


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