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El Enigma del Waraira Repano: Homo Amerindius, Geopolítica Cuántica y la Memoria Profética de un Encuentro

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30.07.2026

I. La Pregunta que Llegó con el Viento del Oriente

Todo comenzó, como suelen comenzar las cosas verdaderamente importantes, con una pregunta inesperada. No llegó en un documento oficial, ni en una nota diplomática, sino en un mensaje de un joven estudiante, Fernando, que me escribía desde el entusiasmo del reencuentro con las ideas. Fernando es discípulo de un viejo compañero y amigo al que no veía ni sabía de él desde hacía mucho tiempo, aunque siempre había seguido sus investigaciones con interés: el arquitecto e investigador Miguel Ángel Prieto.

Pero lo que Fernando no sabía —y yo tampoco, hasta que su mensaje llegó a mi pantalla— es que Miguel Ángel y yo compartimos una historia de décadas, de esas que se tejen en oficinas llenas de maquetas y mapas, en conversaciones clandestinas sobre el origen de América y en el asombro compartido ante el misterio del Waraira Repano. Fernando, por su parte, se contactó conmigo por iniciativa propia, sin saber que estaba tocando la puerta de un viejo amigo de su maestro.

El sincronismo fue completo: él buscaba respuestas sobre un líder continental ya trascendido que, según algunas corrientes, podría retornar a través de un maestro espiritual de la India, y también indagaba sobre la teoría del Homo Amerindius. Yo, al recibir sus preguntas, sentí que el campo cuántico había organizado ese encuentro. No había azar: era una de esas casualidades que el universo teje para recordarnos que nada está desconectado. La sorpresa fue para él al descubrir que yo conocía a su maestro; la sorpresa fue para mí al saber que su discípulo había dado conmigo. Y la alegría, compartida, al constatar que el legado de Miguel Ángel seguía vivo y llegaba a nuevas generaciones a través de jóvenes como Fernando.

Respondí con la profundidad que ambos temas merecen, pero fue la segunda pregunta —la de Prieto— la que me llevó de vuelta a una época que atesoro en la memoria. No solo porque su teoría es fascinante, sino porque la conocí de primera mano, en un contexto que ahora, desde mi perspectiva de geopolítica cuántica, adquiere un nuevo sentido.

II. La Oficina de Sucre, la Maqueta del Waraira Repano y el Asombro de una Niña

A finales de los años 70 y principios de los 80, Caracas hervía de inquietudes intelectuales. Yo, entonces un joven soñador, aún estudiante de bachillerato, pero con una pasión desbordante por la cultura, la arqueología y la antropología, me movía por los círculos donde el conocimiento se respiraba como un aire distinto al de las aulas convencionales.

La Providencia —o como prefieran llamarlo: el Campo Cuántico, la vida, el universo, Dios, según la cosmovisión de cada quien— me concedió la bendición de cruzarme con maestros excepcionales. Uno de ellos fue el gran Miguel Acosta Saignes, fundador de los estudios antropológicos en Venezuela y de la Escuela de Periodismo de la UCV.

Siendo yo aún un estudiante de bachillerato, movido por una inquietud que no me daba tregua, vi publicado en una revista cultural —en aquellos años no existía internet, no existía nada de eso— un anuncio sobre un curso titulado "África en América". Me inscribí en el viejo Ateneo de Caracas, que para entonces no era el edificio grande que conocemos hoy, sino un espacio pequeñito al fondo, donde se respiraba un aire de efervescencia intelectual.

Allí, en el curso dictado por Acosta Saignes, tuve el privilegio de compartir con lo mejor que había en África, Europa y Latinoamérica en esa materia. Recuerdo con especial cariño a una profesora, una antropóloga francesa, hermosa y culta, que editaba conferencias y era de una inteligencia deslumbrante. Confieso que quedamos prendidos con las miradas; ella machacando el español, yo machacando mi francés de niño —que había aprendido en un curso que mi padre me había puesto—, y entre vasos de cerveza y un afán compartido por conocer nuestros ancestros, logramos comprendernos más allá de las palabras. Fue una experiencia inolvidable, una de esas que marcan la vida.

Pero el verdadero "aula de clase", la que selló mi formación para siempre, fue un cafetín en la residencia de California Norte. Allí, casi a diario, compartía con el maestro Esteban Emilio Mosonyi, antropólogo y lingüista venezolano-húngaro, guardián de más de 20 lenguas indígenas —como el warao, wayuunaiki y yanomami—, y a quien años después se le concedería, entre otros muchos galardones, el Premio Nacional de Cultura de Venezuela (1999) y el Premio CLACSO 2022.

Llegaba cansado, con un tic nervioso que le daba un aire singular, y se sentaba a conversar conmigo, un muchacho de bachillerato. Sus palabras, dichas a través de sus lentes, iban más allá del bien y del mal. Eran diálogos profundos que trascendían cualquier clase magistral. Conversar con él, con esa inteligencia desbordante y esa humanidad tan particular, fue una experiencia que atesoro como el más valioso de los privilegios.

Fue en ese contexto de búsqueda incansable que conocí a Miguel Ángel Prieto. Solía frecuentar su oficina de arquitectura en Sucre, no como un experto en la materia, sino como un investigador precoz, acucioso, sediento de conocimiento, que buscaba a otros que compartieran esa misma sed. Y allí encontré a alguien que, como yo, era un buscador nato. No había títulos de por medio, ni jerarquías académicas; había, simplemente, dos almas que se reconocían en su afán por desentrañar los misterios de nuestra tierra.

No era una oficina común. Allí, entre planos, libros de arqueología subacuática y mapas de la cordillera de la Costa, se gestaba una revolución silenciosa. Prieto, acompañado por su equipo de la Fundación Venezuela Submarina y el Centro Arqueológico Karimao, recibía a un puñado de iniciados. Entre ellos, recuerdo a José Sánchez, un hombre de saber sereno y mirada escrutadora, a quien debo el haber sido puesto en contacto con aquel círculo. Él fue el enlace, el que me abrió la puerta a ese mundo de conocimiento reservado.

La pieza central de aquellas reuniones era una maqueta del Waraira Repano —nombre originario de nuestra montaña sagrada— que Prieto había construido con un detalle obsesivo. Pero no era un modelo topográfico convencional: sobre ella, Prieto señalaba líneas de energía, alineaciones de petroglifos, posibles asentamientos del Homo Amerindius. Hablaba de una civilización que, dos millones de años atrás, había dejado su huella en nuestras costas, en las islas, en la propia geografía sagrada de la montaña que nos cobija.

Recuerdo con especial nitidez una tarde en que mi........

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