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Durante más de un siglo, la humanidad centró sus mayores debates políticos en la dicotomía entre capitalismo y socialismo. Se enfrentaron modelos de propiedad, concepciones del Estado e interpretaciones divergentes sobre la libertad y la justicia. Sin embargo, esa discusión ocurrió en el nivel visible de las instituciones, ignorando la infraestructura sutil que condicionaba la existencia de ambos: la energía. Tanto el capitalismo como el socialismo fueron criaturas de la misma matriz industrial, dependientes de vastas cantidades de energía concentrada para sostener sus ciudades, infraestructuras y promesas de expansión permanente. La pregunta fundamental nunca fue únicamente quién debía controlar los medios de producción, sino quién dominaba la fuente energética primordial que los hacía posibles.

 

La energía constituye el sistema operativo invisible de la civilización. Detrás de cada tecnología, red de información o actividad cotidiana yace una compleja arquitectura material. La modernidad basó su extraordinario desarrollo en el dominio de stocks concentrados de carbón, petróleo y gas, almacenados durante millones de años en geografías específicas. Esta condición territorial dio origen a una auténtica «geometría del poder»: la concentración física del recurso energético engendró monopolios, imperios, alianzas geopolíticas y cadenas de control vertical. Quien dominaba el pozo o la ruta de distribución condicionaba el destino de sociedades enteras. La arquitectura política del siglo XX no fue más que el reflejo........

© Aporrea