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El sembrador del trópico: Andrés Bello y la raíz de nuestra conciencia ambiental

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Hay preguntas cuya gracia no reside en su precisión histórica, sino en la inquietante grieta que abren en la certeza del presente. Preguntarse quién fue el primer ambientalista de la América Hispana del siglo XIX parece un ejercicio anacrónico, casi provocador, en una época que no conocía cumbres climáticas ni ministerios del ramo. Sin embargo, la historia de las ideas no avanza por la irrupción de etiquetas prefabricadas, sino por la lenta germinación de miradas singulares. Y en el origen de esa sensibilidad de la que hoy dependemos para no extinguirnos no hay un científico, ni un activista, ni un político con urgencias electorales; hay un humanista de salud quebradiza y erudición monumental nacido en Caracas en 1781: Andrés Bello. Él practicó la devoción por la tierra mucho antes de que inventáramos las palabras para tipificarla.

​Mucho antes de consagrarse como el arquitecto del idioma castellano o el jurista insigne de la América independiente, Bello ya intuía que el conocimiento de un país comienza por el rigor de sus paisajes. En 1810, al compilar el Calendario Manual y Guía Universal de Forasteros —el primer libro impreso en suelo venezolano—, el joven erudito transformó un simple almanaque en una deslumbrante radiografía del territorio. Aquel inventario no era una mera frialdad estadística; era una poética de la geografía, un acto de amor pedagógico diseñado para que los habitantes de estas tierras dejaran de ser........

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