Maíz francés, maíz venezolano: el espejismo de los 12.000 kg
Quien haya recorrido los caminos del llano o las empinadas laderas de los Andes venezolanos en los últimos treinta años, sabe que algo se rompió en el campo. No es de ahora. Yo mismo recuerdo las conversaciones con viejos maiceros de Portuguesa y Barinas, esos que todavía hablan del maíz "criollo" como si fuera un pariente ausente. Ellos lo dicen sin temor: "Antes sembrábamos pa' comer y pa' vender; ahora sembramos pa' sobrevivir, y a veces ni eso".
Por eso leí con atención el artículo de Oscar Rodríguez, "Maíz francés, maíz venezolano: dos sistemas, dos resultados distintos". Comparto su preocupación, que es la de muchos: los rendimientos de nuestro maíz son paupérrimos si los comparamos con los de países como Francia, o los Estados Unidos, eso debería avergonzarnos como nación. Pero no comparto sus conclusiones, ni su diagnóstico, ni el camino que propone. Y no se lo digo por gusto de contradecir, sino porque he pasado los últimos años estudiando el asunto —leyendo a Pimentel, conversando con agrónomos de la UNELLEZ, UCV, visitando parcelas experimentales, y más a la pragmática, visitando campesinos— y cada vez me convenzo más de que el problema no es de rendimiento físico, sino de eficiencia energética y, sobre todo, de soberanía mal entendida.
A continuación, voy a explicarme, punto por punto, sin ánimo de polémica estéril, pero con la claridad que exige un tema de esta magnitud.
Antes de criticar, hagamos justicia: Rodríguez tiene razón cuando dice que Venezuela debería producir mucho más maíz. Tiene razón cuando señala que la agroindustria nacional lleva décadas importando grano en lugar de procesar lo nuestro. Y tiene razón —mucha razón— cuando reclama políticos que trabajen y no embaucadores. En eso, como en casi todo, el campo venezolano ha sido víctima de una clase dirigente que ha visto la agricultura como un problema secundario, cuando debería ser el eje de cualquier proyecto de nación.
Y en esto me retrotraigo a las discusiones sobre la sal y el hierro que hace más de dos mil años los chinos pusieron a la palestra a través de las dos vertientes de pensamientos: los estatistas y los confucionistas. Para estos últimos, y es lo que defiendo, la agricultura debe ser la punta de lanza de toda nación: Señores, dirían los confucionistas: “sin agricultura no hay pueblo, sin pueblo no hay Estado, y sin Estado no hay sal ni hierro que valgan". Y tenían razón.
Dicho esto, pasemos a lo que, desde mi perspectiva, está mal planteado.
Rodríguez dice, textualmente: "Somos un país tropical, podemos tener dos siembras anuales y tenemos un mejor conocimiento de nuestras variedades autóctonas". Suena bonito. Suena a ventaja competitiva. Pero suena a discurso de oficina.
Cualquier campesino de Guárico o Cojedes sabe que tener dos siembras no es un regalo, es una apuesta. Porque el trópico no es ese paraíso de abundancia que algunos imaginan. Tenemos dos períodos marcados: sequía y lluvia, a los que llamamos "invierno" y "verano" por costumbre, pero que son cualesquiera cosas menos estables. El año pasado, en mi estado, la Barinas del cacao, los vientos y el Tabaco, como diría un poeta, las lluvias llegaron tarde, y la segunda siembra se perdió en un 40%. El año anterior, un exceso de agua pudrió la raíz. ¿Dónde queda entonces la "ventaja"? ¿Dónde queda la doble siembra cuando no hay quién financie la segunda, ni quién asegure la cosecha?
Además, Rodríguez olvida que nuestros suelos no son los franceses. Mientras Francia tiene suelos templados, profundos y con alta materia orgánica, nosotros tenemos suelos laterizados, ácidos, con altos niveles de aluminio intercambiable. He visto parcelas en el oriente del país donde el pH no llega a 5, y donde el maíz apenas crece porque el aluminio envenena la raíz. Eso no se resuelve con más siembras; se resuelve con manejo de suelos, con cal, con abonos verdes, con rotaciones que devuelvan vida a la tierra. Pero de eso, Rodríguez no habla.
Hay algo que me irrita profundamente, y es escuchar a alguien hablar de "nuestras variedades autóctonas" como si estuvieran ahí, disponibles, esperando ser rescatadas. Rodríguez cae en esa trampa.
Hace cincuenta años, Venezuela tenía casi cincuenta variedades de maíz. Hoy, apenas sobrevive una docena, y su presencia se limita a pequeños conuqueros en los Andes, Falcón que las siembran por tradición familiar, no por política pública. He estado en Mérida, en Trujillo, Barinas, hablando con esas familias. Saben más del maíz que cualquier ingeniero agrónomo graduado en México y con postgrado en el CYMMIT. Pero ellos están solos. No hay un plan nacional de rescate de semillas criollas. No hay un banco de germoplasma activo. No hay mejoramiento participativo. Si los hay, son apenas incipientes. No........
