menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

Hitler 1938 y Trump 2026 ¿Dónde estamos?

18 0
17.01.2026

El escenario internacional atraviesa una fase de descomposición acelerada. El secuestro de Nicolás Maduro, las amenazas abiertas de anexión de Groenlandia y la presión sistemática sobre Cuba y América Latina no son episodios aislados ni caprichos de un dirigente excéntrico. Son la expresión concentrada de un cambio profundo en la política mundial, donde la fuerza, el chantaje y la violación de la soberanía vuelven al centro de la escena.

El imperialismo estadounidense, lejos de ser un garante de estabilidad, se presenta hoy como un factor activo de caos global. Estos hechos reflejan la dinámica de las contradicciones capitalistas: cuando el capital ya no puede gobernar mediante el consenso, cuando las instituciones se vacían de contenido y las promesas de prosperidad se convierten en frustración social, la dominación se sostiene cada vez más sobre la coerción y el autoritarismo.

La política exterior de Trump no es una anomalía. Es la cristalización de una tendencia histórica: el recurso al militarismo y al expansionismo como salida reaccionaria frente a la crisis del capitalismo.

La historia nos ofrece una advertencia clara. En los años treinta, la quiebra del orden tras la Primera Guerra Mundial, la Gran Depresión y revoluciones derrotadas, abrieron el camino al ascenso del fascismo. Hitler no surgió del vacío: fue producto de la crisis, de la fragmentación del movimiento obrero y de la parálisis de las potencias "democráticas" que toleraron su avance.

Hoy, aunque los tiempos y formas son diferentes, vemos un proceso parecido: un orden mundial en ruinas, organismos internacionales desacreditados y potencias que prueban hasta dónde pueden llegar sin encontrar resistencia real.

Por eso, el objetivo aquí es analizar los paralelos estructurales entre Trump y Hitler, no desde comparaciones de estilo o moralismo, sino desde el materialismo histórico. Queremos entender qué hay detrás del expansionismo, el desprecio por el derecho internacional y el recurso creciente a la fuerza. Queremos ver cómo estas políticas se relacionan con la crisis orgánica del capitalismo y qué lecciones plantea la historia para la clase trabajadora.

Hoy estamos en un momento crítico: los límites del imperialismo se están poniendo a prueba. Y de la respuesta consciente de los trabajadores dependerá si esta escalada nos arrastra hacia una nueva guerra mundial o abre la puerta a la emancipación social.

La crisis orgánica del capitalismo mundial

El capitalismo mundial atraviesa una crisis orgánica profunda, es decir, una crisis que no se limita a oscilaciones coyunturales del ciclo económico, sino que atraviesa simultáneamente las esferas económica, política y social, erosionando los fundamentos mismos de la dominación burguesa. No se trata de un "mal momento" del sistema, sino de una fase histórica de descomposición, en la que los mecanismos tradicionales de regulación ya no logran restablecer el equilibrio ni garantizar estabilidad duradera.

En el plano económico, el sistema se encuentra atrapado en una combinación explosiva de estancamiento, inflación persistente, endeudamiento masivo y caída tendencial de la tasa de ganancia. Décadas de financiarización, sobreacumulación de capital y destrucción de fuerzas productivas no han resuelto las contradicciones de fondo; apenas las han desplazado y agravado. Los Estados se endeudan hasta niveles históricos para sostener bancos, empresas estratégicas y mercados financieros, mientras descargan el costo de la crisis sobre la clase trabajadora mediante recortes, precarización y ataques a salarios reales. La promesa neoliberal de crecimiento infinito se ha revelado como una ficción ideológica.

Esta crisis económica se traduce inevitablemente en una crisis política. Los regímenes liberales pierden legitimidad a ojos de amplias capas de la población. Los partidos tradicionales se vacían de contenido, la representación parlamentaria se convierte en una cáscara formal y la polarización se agudiza. La burguesía ya no puede gobernar como antes, pero tampoco encuentra una salida estable dentro de los marcos democráticos que ella misma construyó. En este contexto, emergen figuras autoritarias que prometen orden, fuerza y grandeza nacional, canalizando el descontento social por vías reaccionarias.

En el terreno social, la crisis se expresa en la precarización generalizada de la vida. Millones de trabajadores sobreviven en condiciones de inseguridad permanente, mientras aumentan las migraciones forzadas producto de guerras, saqueo imperialista y colapso económico. El viejo consenso social —basado en la idea de progreso, movilidad ascendente y estabilidad— se rompe definitivamente. La sociedad capitalista ya no puede ofrecer un horizonte creíble para la mayoría; solo administra la escasez, el miedo y la competencia entre oprimidos.

Este cuadro no es nuevo en la historia. El paralelo con la Gran Depresión de los años treinta es evidente. Entonces, como ahora, el capitalismo entró en una crisis orgánica que desbordó los marcos institucionales existentes. El colapso económico, la bancarrota de los partidos burgueses tradicionales y la incapacidad de la socialdemocracia para ofrecer una salida revolucionaria abrieron el camino al fascismo. Hitler fue la expresión política de una burguesía desesperada, dispuesta a aplastar al movimiento obrero y lanzarse a la expansión militar para resolver sus contradicciones internas.

La lección histórica es clara y brutal: cuando el capitalismo entra en crisis orgánica, la tendencia dominante no es la reforma ni la paz, sino el autoritarismo y la guerra. Incapaz de garantizar estabilidad por medios económicos y políticos "normales", la clase dominante recurre a la fuerza, al militarismo y al expansionismo como mecanismos para recomponer su hegemonía. No porque sean racionales o sostenibles, sino porque son las únicas salidas que el sistema decadente puede ofrecer.

En este marco debe entenderse la política actual de las grandes potencias, y en particular la de Estados Unidos bajo Trump. El militarismo, el desprecio por el derecho internacional y la escalada de tensiones no son anomalías, sino manifestaciones necesarias de un capitalismo en fase de decadencia histórica. Frente a esta dinámica, la alternativa no puede ser la nostalgia por un orden liberal que ya no existe, sino la construcción consciente de una salida revolucionaria por parte de la clase trabajadora internacional.

El militarismo como salida a la crisis

Cuando el capitalismo entra en una fase de crisis orgánica prolongada, el militarismo deja de ser un recurso excepcional y se convierte en un instrumento central de gobierno. No se trata simplemente de una política exterior más agresiva, sino de una reorganización general del poder burgués, en la que la fuerza armada asume un papel decisivo para sostener un orden social cada vez más frágil. En este sentido, el militarismo no es una desviación irracional, sino una respuesta estructural del capital en crisis.

En primer lugar, el militarismo cumple la función de reordenar mercados y esferas de influencia. Cuando la competencia capitalista se intensifica y los mecanismos "pacíficos" de expansión —inversión, comercio, endeudamiento— resultan insuficientes, la guerra y la amenaza de guerra aparecen como métodos directos para garantizar acceso a recursos, rutas estratégicas y mercados cautivos. La violencia estatal se convierte así en un medio para resolver, por la fuerza, contradicciones que el mercado ya no puede absorber.

En segundo lugar, el militarismo es un instrumento para imponer hegemonía internacional. Las potencias dominantes, enfrentadas a rivales en ascenso y a la erosión de su supremacía histórica, recurren a la demostración de fuerza como mensaje político global. No se trata solo de derrotar enemigos concretos, sino de advertir al conjunto del sistema internacional quién dicta las reglas. La política de hechos consumados —intervenciones, amenazas, despliegues militares— busca disciplinar tanto a adversarios como a aliados vacilantes.

Pero el militarismo cumple también una función decisiva en el plano interno: sirve para desviar y contener las tensiones sociales provocadas por la crisis. La movilización nacionalista, la creación de enemigos externos y la lógica de "estado de emergencia" permiten justificar recortes de derechos, represión y sacrificios sociales en nombre de la seguridad. La guerra —real o latente— se convierte en un mecanismo de cohesión forzada de una sociedad profundamente fracturada por la desigualdad de clase.

La experiencia histórica del fascismo alemán ilustra con claridad este proceso. Hitler no recurrió al militarismo por impulso personal o delirio ideológico, sino como eje central de un proyecto burgués de salvación nacional. El rearme masivo, la economía de guerra y la disciplina social impuesta por el Estado nazi permitieron reducir el desempleo, revitalizar sectores industriales clave y aplastar al........

© Aporrea