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La multibelleza

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07.04.2026

Vivimos en una época proclive a la intensificación artificial de los conceptos. Se los comprime, se los fuerza, se los exhibe hasta hacerlos parecer más densos de lo que en realidad son. En ese contexto podría situarse la noción —acaso equívoca— de "multibelleza": la acumulación deliberada de formas bellas en un mismo espacio, ya sea en un certamen, en una sala de museo o en una ciudad convertida en depósito de obras maestras.

Sin embargo, la experiencia de la belleza parece resistirse a esa lógica de la concentración. La belleza, cuando es tal, no se deja sumar sin perder algo esencial en el proceso. No es magnitud cuantificable ni materia susceptible de apilarse sin merma. Muy al contrario, su inteerés depende a menudo de su carácter excepcional, de su irrupción inesperada en el curso de la percepción. Allí donde lo bello aparece aislado, casi como un accidente, hay una suerte de aura que lo hace irreductible a la comparación.

No sucede lo mismo cuando la belleza se ofrece en serie. En esos casos, la mirada —sometida a un flujo continuo de estímulos equivalentes— termina por fatigarse. La sensibilidad se embota, incapaz de sostener una atención que exige pausa, silencio y distancia. La acumulación produce entonces un efecto paradójico: lo que debía exaltar el espíritu, lo deprime; lo que aspiraba a provocar gozo acaba siendo hastío. La belleza, así multiplicada, pierde su capacidad de conmoción y se aproxima a la banalidad.

Esta experiencia no es ajena a quienes han recorrido espacios saturados de arte, como Florencia, donde la concentración de obras maestras puede suscitar asombro o formas de agotamiento perceptivo. La contemplación, en tales condiciones, deja de ser un acto íntimo para convertirse en una sucesión apresurada de impresiones que apenas llegan a sedimentarse. Como advirtió Walter Benjamin, la reproductibilidad —aquí la acumulación— erosiona el aura de la obra, ese halo irrepetible que hace de ella una experiencia singular.

Más aún, cuando la belleza se convierte en objeto de competencia —como ocurre en los certámenes humanos— su degradación se acentúa. La comparación, la jerarquización y el juicio externo introducen en ella una lógica ajena a su naturaleza. Lo que podía conmover se reduce a un estándar. La belleza, así expuesta, pierde su misterio y es espectáculo que la trivializa.

Frente a ello, cabe reivindicar una estética de la escasez. No en el sentido de privación, sino en el de una disposición a reconocer el valor de lo raro, de lo no repetido, de aquello que se ofrece sin anunciarse. La belleza, como ciertos aromas, no se impone: se insinúa. Y es en esa insinuación donde encuentra su fuerza más duradera.

Tal vez por eso una obra aislada, incluso anónima, puede conmover más profundamente que una colección de nombres consagrados. Y tal vez también por eso un rostro que deja entrever una verdad interior resulte más significativo que la suma de perfecciones exteriores alineadas para ser juzgadas.

En última instancia, la belleza no admite el exceso sin transformarse en otra cosa. Como la bondad cuando se vuelve ingenuidad, o la higiene cuando degenera en obsesión, la belleza multiplicada corre el riesgo de vaciarse de contenido porque deja de ser vivida.


© Aporrea