Estudio sobre la bestialidad
Nota sobre esta edición
"El poder, la guerra y los límites de la civilización" fue escrito como ensayo el 16 de noviembre de 2004, en el contexto de las guerras de Afganistán e Irak y de la presidencia de George W. Bush. La presente versión revisa su expresión y ordena sus argumentos. Pero los juicios de valor siguen perteneciendo a la voz ensayística de 2004
La fuerza y la grandeza
La fuerza y la grandeza
"Reclutas de buena voluntad, nuestra filosofía será feroz". — Arthur Rimbaud, "Democracia", Iluminaciones
Desde antiguo, unas comunidades humanas se han visto obligadas a defenderse mientras otras han ejercido la dominación y la conquista. No cabe reducir la historia a esa oposición, pero tampoco se debe ignorar. En el mundo humano, a diferencia de lo que solemos atribuir al comportamiento animal, la fuerza no determina por sí sola el destino de las relaciones humanas: intervienen la cultura, las instituciones y la capacidad de reconocer al otro como semejante.
La civilización empieza, a mi juicio, cuando quien dispone de fuerza suficiente para imponerse decide contenerla. Hay grandeza en sustituir la coacción por la inteligencia, y nobleza en elegir la flexibilidad cuando se podría practicar la intransigencia. Cuanto mayor es el poder que se renuncia a ejercer arbitrariamente, mayor es la exigencia moral que satisface esa renuncia.
Por eso me producen especial rechazo las apelaciones solemnes a la "firmeza" y la "contundencia" cuando proceden de mandatarios que cuentan con ejércitos y policías frente a poblaciones cuya capacidad de resistencia es incomparablemente menor. La firmeza de quien carece de fuerza puede ser valentía; la de quien la posee en abundanciano tiene justificación.
Al terminar el siglo XX, muchos creíamos que las sociedades más poderosas habían aprendido de la ocupación nazi de Europa y de la Segunda Guerra Mundial. No pensábamos que la guerra fuese a desaparecer, pero sí que la agresión y la conquista serían cada vez menos aceptables como formas ordinarias de gobierno.
La confianza era especialmente significativa respecto de Estados Unidos. El país que había llegado a la Luna, que había alcanzado un extraordinario avance científico y técnico, parecía el llamado a contribuir a resolver problemas materiales tan urgentes como el hambre. Esperábamos de su poder una responsabilidad proporcional a su progreso material.
Pero las guerras llevadas lejos de la metrópoli al comenzar el nuevo milenio quebraron esa expectativa. A la compasión por las víctimas se sumó una consternación intelectual: ¿cómo podía una sociedad de semejante desarrollo justificar una violencia tan extrema? Lo que obliga a examinar qué debemos entender por progreso y qué valor tiene una civilización incapaz de poner límites a su enorme fuerza.
"Si un hombre profana los altares, la decencia y la honradez, y grita "¡Patria!", no le creáis…". — Silvio Pellico, De los deberes de los hombres.
Los pueblos narran su pasado mediante epopeyas, hazañas y gestas. Estados Unidos dispone de una historia de logros colectivos singulares: su desarrollo científico, industrial y tecnológico transformó el mundo. Pero reconocerlo, no obliga a olvidar la desposesión de los pueblos indígenas ni la esclavitud; ambas realidades forman parte de la misma historia y desmienten cualquier relato exclusivamente heroico.
La empresa americana fue también una aventura colectiva de conocimiento. Miles de personas, a lo largo de generaciones, ampliaron las posibilidades de la técnica y de la organización social. En ese sentido puede hablarse, sin recurrir a héroes ocasionales, de una epopeya moderna: la del trabajo acumulado de una sociedad.
Sin embargo, ninguna nación recibe de su prosperidad una orientación moral automática. Necesita preguntarse para qué emplea sus capacidades y cómo concilia la libertad de unos con los derechos de otros. La libertad se convirtió en uno de los grandes ideales de la experiencia estadounidense; pero su proclamación convivió desde el origen con desigualdades y exclusiones........
