Catarsis
A lo largo de mis 87 años de vida jamás había sentido correr por mis venas una sensación tan viva de bienestar anímico y espiritual. Un bienestar cercano a la redención.
Durante más de cuatro décadas me he dedicado a escribir como notario de los acontecimientos nacionales e internacionales, recogidos en una suerte de hemeroteca personal. Acontecimientos que me han provocado indignación, rabia y un sufrimiento tan persistente que no puedo evitar pensar que han contribuido a la enfermedad que padezco y que, probablemente, me llevará a la tumba.
Al menos podré abandonar este mundo tras una catarsis verdadera: la que me ha producido el gesto político del presidente del Gobierno español frente a un indeseable yanqui que ha hecho añicos el frágil orden internacional, movido únicamente por un narcisismo inconmensurable y una soberbia que merecerían presidio de por vida.
Nunca hasta ahora había presenciado una actitud política que no estuviera impregnada de materialismo e intereses contrapuestos, como corresponde a un sistema sociopolítico global de mercado que, por otra parte, dista mucho de ser libre, pese a lo que se proclama. Monopolios y oligopolios —oficiales y en la sombra— son los verdaderos parámetros de ese sistema. Nada de idealidad. Nada de idealismo.
Denunciar, implícitamente y urbi et orbi, una guerra unilateral de agresión como la desencadenada por un descerebrado contra otra nación no hace sino recordar que esa misma potencia ha sido artífice de incontables males a lo largo de sus 117 intervenciones militares entre 1903 y 2003, a las que se suman las devastaciones de Afganistán, Irak y Libia, y las más recientes tentaciones en Venezuela e Irán.
