Lenin en el siglo XXI
La aparición de nuestro libro sobre Lenin ha incentivado presentaciones y comentarios, que confirman el renovado interés por la obra del líder bolchevique. Esa recepción converge con jornadas y nuevos textos, que evalúan el significado del revolucionario ruso.
El silencio contemporáneo que rodea a una gran figura del marxismo comienza revertirse. Ese olvido retrata el desarme político y la fragilidad teórica que afecta a gran parte de la izquierda. Mientras que la ultraderecha renació exaltando a sus referentes, el campo opuesto enmudeció, escarbó teorías en otros ámbitos y archivó a sus líderes del pasado. Lenin fue escondido, al mismo tiempo que Hayek, Nozick o Rothbard resurgían de las cenizas.
En plena euforia del anarco-capitalismo se impuso la autocensura a la simple mención de la lucha de clases, el socialismo o la revolución. Como esa resignación impide librar batallas políticas, cabría esperar que el incipiente retorno de Lenin inaugure una contraofensiva de la izquierda.
La lectura del gran dirigente comunista estuvo afectada en el pasado por la canonización y la selección de citas para justificar algún rumbo político. También prevalecían las interpretaciones dogmáticas, que omitían el sentido de sus intervenciones. Pero estas anomalías eran defectos de poca monta, en comparación al entierro posterior de su obra o a los estudios recientes, acotados a un mero propósito académico.
La recuperación de Lenin transita por retomar al teórico que renovó la ciencia política, introduciendo nociones que ordenan la evaluación de la coyuntura, la etapa o las relaciones de fuerza.
El fundador de la Unión Soviética legó un método para registrar el protagonismo de los sujetos, la centralidad del enemigo principal y la dinámica de los acontecimientos. Enseñó la forma de abordar el análisis concreto de un escenario, con la mira puesta en las consecuencias y las tareas que se derivan de esa caracterización.
En el cenit de su elaboración, Lenin propuso líneas de acción para lidiar con cinco procesos relevantes de su época: la generalización de guerras entre potencias imperialistas, la batalla contra la ultraderecha, la inminencia de la revolución, el carácter terminal de la crisis capitalista y la proximidad del socialismo. ¿Cuáles son las similitudes y diferencias de esos diagnósticos con el marco actual? ¿Cómo evaluar parecidos y contrastes entre una y otra era?
LAS GUERRAS EN CURSO
Lenin distinguió dos tipos de conflagraciones. En un casillero ubicó los conflictos que oponían a las potencias imperialistas rivales por el dominio de los mercados y las colonias. Resaltó ese perfil de la Primera Guerra Mundial y convocó a denunciar a los bandos en disputa, rechazando el alistamiento y propiciando el abandono de las trincheras. Fomentó ese derrotismo, proclamando que el enemigo se encontraba en la propia casa y no en la frontera opuesta.
La otra modalidad bélica que señaló el líder bolchevique, estaba determinada por atropellos a los países dependientes o por agresiones imperiales al resto del mundo. Ese tipo de embestidas consumaban los colonialistas contra África, Asia o América Latina y frente a ese caso, Lenin propuso cerrar filas contra el enemigo principal. Destacó que su derrota abría caminos para conquistas democráticas, logros sociales y cursos de emancipación.
Tras su fallecimiento se verificó en la Segunda Guerra Mundial, un nuevo conflicto entre potencias y las distinciones de Lenin contribuyeron a comprender las diferencias de esa conflagración con su antecedente. Fue visible la prioridad de derrotar al fascismo y la Unión Soviética aunó fuerzas en esa batalla con varias potencias occidentales.
Siguiendo estas orientaciones se puede apreciar, que en los conflictos actuales prevalece más una confrontación contra el adversario prioritario, que un choque entre competidores igualmente imperialistas.
El Pentágono y sus servidores son los artífices y responsables del genocidio en Palestina, la piratería en el Caribe y las provocaciones de la OTAN desde Ucrania. Washington despliega tropas en Asia contra China y en Medio Oriente contra Irán. No se verifican amenazas en el sentido opuesto. Estados Unidos, las potencias europeas e Israel no logran exhibir algún indicio de ataques a sus territorios o a zonas lindantes.
Registrar estos datos y razonar en la tradición legada por Lenin, es crucial para posicionar a la izquierda en el peligroso escenario bélico que se avecina. La acelerada militarización tiende a transformar la era previa del neoliberalismo y la globalización, en una nueva época de intensos enfrentamientos armados. Ese curso ya se verifica en el asedio a Venezuela, el incendio de Medio Oriente, el rearme de Europa para confrontar con Rusia y la concentración de marines frente a China.
CENTRALIDAD DEL ANTIIMPERIALISMO
Por el carácter de las guerras en marcha, recobra vigencia la política antiimperialista que auspició Lenin. El dirigente soviético maduró esa estrategia, recordando que el capitalismo funciona potenciando una gran variedad de opresiones (género, raza, cultura, religión). Asignó a la sumisión nacional una incidencia especialmente gravitante, porque suscita reacciones populares que retroalimentan la lucha social contra el capitalismo.
Partiendo de esa constatación, Lenin defendió el derecho a la autodeterminación de los pueblos de Europa Oriental, que anhelaban forjar Estados nacionales propios, al cabo de siglos de opresión rusa, austro-húngara u otomana. Cuando esa lucha nacional se trasladó al continente asiático, resaltó la convergencia de los procesos de liberación nacional y social y sentó las bases del antiimperialismo contemporáneo.
En el siglo XXI esta política vuelve al centro de la escena, para resistir la agresión del imperialismo estadounidense. Washington compensa el declive de su economía con atropellos geopolíticos e intervenciones bélicas. Por eso reaparecen las matanzas en gran escala, la virulencia del terrorismo de Estado y el desconocimiento del derecho internacional. Israel asesina opositores en cualquier lugar del mundo, los marines disparan contra los pescadores del Caribe y la OTAN ensaya provocaciones en el espacio aéreo ruso.
Lenin subrayó la importancia de priorizar la confrontación con el enemigo imperial, en polémica con los socialdemócratas de derecha, que descalificaban esa lucha con pretextos eurocentristas y justificaciones colonialistas. Sus argumentos conservan una llamativa actualidad, frente a los teóricos social-liberales, que actualmente convalidan al sionismo o aprueban las intervenciones de la OTAN. Sus trilladas excusas de "expandir la democracia", "ampliar la civilización" o "defender los derechos humanos" tienen poca credibilidad.
Se ha repetido, también, que el antiimperialismo es un concepto obsoleto frente al avance de la globalización, la transnacionalización del capital y la conversión de las viejas burguesías nacionales en estamentos locales. Pero esas afirmaciones han perdido consistencia con la misma velocidad que fueron expuestas.
El antiimperialismo se recicla en forma sistemática, junto a la recreación de la dependencia y el subdesarrollo, que generan las transferencias de valor de la periferia al centro. Esos drenajes perpetúan las desigualdades y la opresión nacional, al mismo ritmo que se expande y acumula el capital.
Lenin destacó que ese tormentoso proceso renueva el nacionalismo y diferenció tres variantes de esa corriente. Distinguió el patriotismo reaccionario en las metrópolis de los promotores del desarrollo burgués en la periferia y ponderó las variantes revolucionarias de los desposeídos de esas zonas.
La corriente retrógrada alcanzó su cenit con el fascismo, la conservadora propició el desarrollismo y los sectores radicales forjaron Bandung, la OLAS y la Tricontinental. La vigencia de esta misma clasificación se verifica plenamente en la actualidad. Bolsonaro, Trump o Le Pen se alistan en el primer grupo, el progresismo latinoamericano en el segundo y las expresiones insurgentes -como el chavismo- en el tercero. Al igual que en la época de Lenin, reúnen respectivamente a los enemigos, adversarios y socios de la izquierda.
Lenin subrayó la importancia de estas distinciones para definir estrategias de alianza y confrontación. Debatió con los teóricos que descalificaban a todas las variantes del nacionalismo, con simplificadas reivindicaciones del internacionalismo comunista. Señaló que esa abstracta contraposición, desconocía la diferencia básica que separa al patriotismo de una potencia opresora, de su equivalente popular en los países dependientes.
Esta misma crítica mantiene gran validez contra los objetores actuales del antiimperialismo, que tan solo resaltan el antagonismo entre los capitalistas y los trabajadores. Omiten por completo las contradicciones que oponen a las potencias opresoras con los países dominados de la periferia. Ignoran, además, que el capitalismo se expande recreando múltiples formas de opresión, entrelazadas con la explotación del trabajo. Ese agobio ha derivado, por ejemplo, en las grandes luchas contemporáneas del feminismo, el ambientalismo o el anti racismo
El forjador de la URSS remarcó, que en lugar de contraponer ese tipo de acciones correspondía potenciarlas, reconociendo la variedad de identidades presentes en los distintos segmentos de los oprimidos. Señaló que la conciencia de clase no se opone a las convicciones nacionales, ni a la batalla por la igualdad de género, raza o étnica.
La incomprensión de esta dinámica obstruye el entendimiento del nacionalismo e impide captar por qué el patriotismo de Bolsonaro es tan distinto al de Chávez. Sin Lenin esa diferenciación se torna inexplicable.
FRONTALIDAD CONTRA LA ULTRADERECHA
Es útil retomar a Lenin para ordenar la batalla contra la oleada reaccionaria, que comanda Trump, secundan Le Pen, Meloni y Absacal e implementan Milei, Kast o Bolsonaro. Esa retrógrada marea, canaliza gran parte del descontento generado por décadas de crisis económica, degradación social y hastío con el sistema político.
La ultraderecha encauza ese malestar generando tensiones entre los propios empobrecidos. Ataca a los inmigrantes, a los marginados y a las minorías étnicas, con líderes que adoptan actitudes contestarias y poses disruptivas.
En todos los casos, promueven el autoritarismo reaccionario para gobernar por decreto y purgar a los adversarios. Priorizan la sumisión de la Justicia y el sometimiento del Congreso, para criminalizar las protestas populares y revertir las conquistas democráticas.
¿Qué aporta Lenin para confrontar con semejante enemigo? Una guía para la izquierda combativa. El líder bolchevique convocó en su época a la unidad de acción contra la ultraderecha. Llamó a confrontar en la calle, subrayando que la derrota de los reaccionarios constituía el punto de partida de un proyecto alternativo.
También señaló que los compromisos con fuerzas progresistas, no debían eliminar la confrontación política contra un sector vacilante e inconsecuente, cuya primacía desemboca en invariables frustraciones populares. Remarcó la necesidad de construir una fuerza de izquierda, que demostrara en los hechos, cómo se doblega al enemigo retrógrado.
Lenin expuso esas conclusiones a partir de su propia experiencia. Enfrentó a la ultraderecha en 1917, cuando gobernaba Kerensky luego de la revolución de febrero. Para tumbar a ese mandatario, las fuerzas oscurantistas se agruparon en torno a Kornilov e intentaron un golpe militar restaurador de alguna variante del alicaído zarismo. Ese levantamiento fue derrotado mediante la contundente respuesta de los trabajadores, campesinos y soldados, agrupados en torno a organismos populares denominados sóviets.
Lenin conceptualizó esa respuesta, que tuvo incontables reproducciones exitosas. En América Latina, las asonadas derechistas fueron doblegadas en muchas oportunidades por la acción popular. En los últimos años perdieron la partida en Venezuela, Bolivia, Cuba y........
