Aprender a desaprender
Ya resulta un lugar común el afirmar ante la velocidad y profundidad con que hoy se producen los cambios en los ámbitos más diversos que vivimos un Cambio de Época más que una Época de cambios. Es verdad que, en la historia humana, siempre ha habido cambios. La novedad consiste en la rapidez e intensidad de dichos cambios. Hoy todos somos hijos de nuestra época más que de nuestros padres. Las mutaciones políticas, técnicas, científicas, culturales y sociales se van incorporando a un ritmo tan vertiginoso que ni siquiera nos dejan tiempo de asumir nuestras perplejidades. Hasta tal punto es esto cierto, que el propio cambio, es decir lo novedoso y original se convierte en el valor fundamental. La vida económica, profesional y personal contemporánea exige no sólo adaptarse a la nueva situación, sino prepararse para vivir permanentemente adaptándose a las exigencias del proceso de cambio continuo.
Si las generaciones anteriores nacían y vivían en un mundo de certezas y valores absolutos en el que los cambios eran a un ritmo tal que podían asimilarlos con naturalidad, hoy sentimos que el vértigo de los cambios recientes nos asoman a un mundo desconocido, misterioso, extremadamente complejo y que, en consecuencia, se hunden bajo nuestro pies muchas viejas certezas y seguridades. Frente a otros tiempos históricos y culturales, las explicaciones actuales han perdido la simplicidad. Hoy nada es simple, ni equívoco ni unilineal, ni responde a una única causa. Estamos rodeados por la complejidad. Y la complejidad conduce a la inestabilidad, a la ausencia de claridad, a la incertidumbre. Hoy ninguno de nosotros podemos imaginar el futuro cercano, no somos capaces de responder, y por ello cada vez nos atrevemos menos a plantear la pregunta fundamental de "¿a dónde vamos?",........
