La dama tiene que ser ciega
En una democracia que de verdad quiera ser seria, el Poder Judicial es como ese guardián calladito que sostiene lo que los otros poderes, con su alboroto y su corre–corre, a veces pasan por alto. El Ejecutivo vive en el aquí y el ahora, y en lo que viene mañana: administra, toma decisiones, resuelve crisis, ejecuta políticas. Es el poder del “hacer”. Pero hacer no es un verbo vacío: hay que saber qué se hace, para qué se hace y a quién ayuda. No se gobierna por inercia.
El Legislativo, por su parte, imagina el país que todavía no existe. Escribe leyes para ese futuro. Y además tiene otra tarea clave: vigilar al Ejecutivo y servir de espacio para el debate político. Allí se discuten los grandes temas, se chocan ideas, se ventilan diferencias. Es el corazón de la conversación pública.
Y mientras uno gobierna el presente y el otro diseña el futuro, el Poder Judicial trabaja con el pasado: con hechos ya ocurridos, heridas ya abiertas, abusos ya cometidos. Pero su misión es totalmente actual: evitar que esos errores vuelvan a repetirse.
Por eso el Judicial no puede recibir órdenes ni del gobierno ni de los poderosos. Si lo hiciera, dejaría de ser justicia para convertirse en obediencia. Su única lealtad es la Constitución, ese pacto que dice quiénes somos y qué no aceptamos. Un juez independiente no mira al presidente ni al........
