Endeudados
Yo no soy economista, ni experta financiera, ni abogada conocedora de la materia de deudas. Soy, sí, una de los millones de venezolanos con el sello en la frente de “deudor” en “flashing colors”. Y eso, supongo, me da derecho —aun desde mi ignorancia— a expresarme sobre el espinoso y doloroso asunto de la deuda que los venezolanos cargamos como un fardo pesado sobre nuestras espaldas. Comencemos por decir que el monto que debemos es tan estrafalario que da grima. No es una cifra: es una bofetada. Una suma tan descomunal que parece escrita por un enemigo para humillarnos, no por un gobierno para administrarnos.
La deuda externa venezolana es una herida que no sangra hacia afuera, pero supura hacia adentro. No es apenas y sin penas un cúmulo de obligaciones impagables: es la memoria de un país que gastó como si el futuro fuese un pozo sin fondo y luego despertó con la resaca de un festín ajeno. La deuda es un espejo incómodo: refleja la improvisación, la opacidad, la arrogancia de creer que el petróleo era un dios doméstico que nunca se enfriaría.
Durante los años de bonanza, cuando el barril se paseaba por las nubes, Venezuela se endeudó como si estuviera en ruinas. Se emitieron bonos a manos llenas, se hipotecó PDVSA, se firmaron compromisos con China, con Rusia, con quien quisiera prestar. Era un endeudamiento sin........
