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Cuando el mundo vuelve a jugar en el mismo equipo

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04.08.2026

Cada cuatro años ocurre algo extraordinario. Durante unas pocas semanas, el planeta parece respirar al mismo ritmo. Las conversaciones cambian de tema, personas que nunca se habían visto terminan compartiendo una mesa para ver un partido, en un aeropuerto alguien celebra un gol con un desconocido y, en una cafetería, una familia completa guarda silencio frente a una pantalla. Por un instante, las diferencias parecen perder protagonismo. No desaparecen; simplemente dejan de ser lo más importante.

Eso es lo que hace especial a un Mundial. No porque reúna a los mejores futbolistas del planeta, sino porque logra reunir, aunque sea por unas semanas, a millones de personas alrededor de una emoción compartida.

Vivimos en una época donde abundan los motivos para dividirnos. Las redes sociales amplifican las diferencias, la política enfrenta a las sociedades, los conflictos nos recuerdan nuestra fragilidad y el ritmo de la vida cotidiana deja cada vez menos espacio para detenernos y celebrar juntos. Sin embargo, el deporte continúa siendo uno de esos pocos lugares donde todavía podemos emocionarnos colectivamente.

Durante un partido no preguntamos por quién vota quien está sentado a nuestro lado, no nos interesa su religión, su profesión o el idioma que habla. Durante noventa minutos basta con compartir una misma pasión. Quizás por eso el Mundial trasciende el deporte. Porque nos recuerda algo profundamente humano: necesitamos sentir que pertenecemos a algo más grande que nosotros mismos.

Mucho más que veintidós jugadores

Cuando observamos un partido solemos........

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