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El Gran Sismo de los Andes: la noche que la tierra borró pueblos enteros

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14.08.2026

La noche andina estaba recogida sobre sus montañas. En Mérida, las calles habían perdido el movimiento del día y muchas familias se disponían a dormir. En los pueblos del Mocotíes, del Chama y de las tierras que descendían hacia el lago de Maracaibo, las lámparas comenzaban a apagarse y las casas de tapia, bahareque y tejas guardaban el silencio habitual de una noche de abril.

A las 10:15, sin embargo, la tierra dejó de ser firme.

El 28 de abril de 1894, un terremoto de extraordinaria violencia atravesó los Andes venezolanos y alcanzó una extensión que desbordó cualquier experiencia local. El movimiento fue tan amplio que también se sintió en regiones alejadas de la zona epicentral, desde Caracas hasta Maracaibo y desde los Andes colombianos hasta Curazao.

En Mérida, el periodista, historiador y testigo Tulio Febres Cordero describió aquella noche como una catástrofe. Muchos edificios se desplomaron; las casas quedaron severamente averiadas y los techos cedieron bajo el movimiento. La ciudad sobrevivió, pero buena parte de ella quedó convertida en un paisaje de paredes vencidas, habitaciones inhabitables y escombros.

Lo extraordinario, observó Febres Cordero, no era únicamente la magnitud de la destrucción, sino que una población entera no hubiese sucumbido bajo ella.

La noche todavía no había terminado.

La arquitectura religiosa, que durante siglos había marcado el perfil urbano de Mérida, fue una de las grandes víctimas.

La Catedral perdió su torre y buena parte de sus techos. La iglesia del Carmen quedó sin frente, mientras los templos de las parroquias Milla, El Llano y Belén sufrieron el colapso de sus cubiertas. La Casa de Gobierno tampoco escapó al desastre.

En una sociedad donde la iglesia era mucho más que un lugar destinado al culto, el derrumbe de los templos tuvo además una profunda carga simbólica. Aquellos edificios formaban parte de la memoria cotidiana de la ciudad y representaban una idea de permanencia que el terremoto acababa de pulverizar.

Las calles se llenaron de personas que buscaban espacios abiertos. El polvo ocultaba parcialmente las formas conocidas. La oscuridad hacía más difícil distinguir una casa en pie de otra que amenazaba con caer. Y cada nuevo crujido podía significar que otra pared estaba cediendo.

Pero Mérida no fue el centro exclusivo de la tragedia.

Pueblos que desaparecieron

Hacia el sur y el occidente, la destrucción adquirió proporciones todavía más severas.

En Zea, según los reportes de la época, prácticamente nada quedó en pie. La prensa calculó allí unas 300 víctimas mortales. Entre Chiguará y Santa Cruz se contabilizaron unas 200; La Tala habría perdido alrededor de 120 habitantes. En Guaraque, Garcitas y Torondoy se estimaron otras 300 muertes. Mesa de Culebras registró 26; Tovar, 10; Lagunillas, 20; y La Cuchilla y La Palmita, siete.

Las cifras, sin embargo, deben leerse con cautela.

La prensa decimonónica dependía de testimonios enviados desde poblaciones incomunicadas, muchas de ellas rodeadas por montañas cuyos caminos habían quedado destruidos. Las noticias podían tardar días en llegar y los primeros cálculos se realizaban en medio del caos. Por eso, las cifras publicadas inmediatamente después del terremoto no coinciden con las estimaciones posteriores.

La tragedia, en cambio, no admite discusión.

En Tovar, Gerónimo Maldonado, uno de los testigos de aquella destrucción,........

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