Francisco Herrera Luque: la Venezuela que se mira a sí misma
Francisco Herrera Luque fue, ante todo, un venezolano obsesionado con Venezuela. Con sus grandezas, que nunca negó, pero también con sus miserias, que se empeñó en sacar de los rincones donde una historiografía demasiado complaciente había preferido esconderlas. Psiquiatra por formación, novelista por vocación e historiador por esa necesidad casi enfermiza de buscar respuestas en el pasado, hizo de nuestro país un inmenso paciente colocado sobre el diván, dispuesto a hablar, aunque no siempre quisiera hacerlo, de sus miedos, sus frustraciones, sus violencias y de esa interminable fascinación por el poder que parece acompañarnos desde los días en que los primeros conquistadores comenzaron a repartirse la tierra.
Herrera Luque quiso explicar al venezolano y, como suele ocurrir con quienes se atreven a semejante empresa, terminó explicándose también a sí mismo. No era hombre de medias tintas. Sus interpretaciones podían incomodar, algunas de sus teorías hoy pueden parecernos discutibles e incluso superadas, pero jamás fue indiferente. Se le podía combatir, cuestionar o rechazar; lo difícil era cerrar uno de sus libros sin que quedara alguna idea molestando en la cabeza.
Esa es quizá la primera cualidad de un escritor.
Durante demasiado tiempo aprendimos una historia de Venezuela casi desprovista de seres humanos. Nuestros héroes parecían no sentir miedo, nuestros villanos habían nacido condenados a serlo y las grandes decisiones surgían como manifestaciones inevitables de un destino que conducía, por supuesto, hacia la independencia y la formación de la República. La historia se transformó muchas veces en ceremonia y la ceremonia terminó confundida con la verdad. Herrera Luque desconfió de todo aquello. Miró detrás del uniforme, debajo de la levita, más allá de la estatua ecuestre y descubrió algo que debió parecernos evidente: los hombres que hicieron nuestra historia eran hombres.
Y por tanto podían ser miserables.
También podían ser generosos, valientes, cobardes, brillantes, mediocres, apasionados, calculadores. Podían amar a su patria y al mismo tiempo ambicionar el poder; podían hablar de libertad mientras conservaban esclavos; podían morir heroicamente y haber vivido rodeados de contradicciones. En ese territorio, infinitamente más humano que la historia de bronce, encontró Herrera Luque su espacio.
Podemos imaginarlo revisando genealogías, correspondencias y documentos, buscando entre nombres repetidos y familias que se enlazaban una y otra vez la respuesta a una pregunta que lo acompañaría durante buena parte de su vida: ¿por qué somos como somos?
No era una pregunta menor.
Los amos del valle constituye quizás la expresión más acabada de esa obsesión. Allí aparece la sociedad caraqueña encerrada en sí misma, orgullosa de sus apellidos, consciente de sus privilegios y convencida de que la tierra, el prestigio y el poder habían sido creados para permanecer dentro de determinadas familias.........
