El Día que Delcy se Quedó sin Excusas
Crónica de un desmoronamiento
Los geofísicos, geólogos, edafólogos y demás especialistas en sismología siempre han sido hombres de ciencia, de números exactos, probabilidades y escalas que pretenden domesticar el caos. Saben dónde se puede producir un sismo, pero no cuándo. Por eso, esa tarde del día de San Juan, cuando el sol declinaba hacia el poniente y la tierra comenzó a girar sobre sí misma como un trompo ebrio, comprendí que los sismógrafos solo miden lo que ya ocurrió, nunca lo que está por venir. El primer golpe llegó a las 18:04:32. El segundo, a las 18:05. Ambos antes de que la noche engullera la luz del día. Pero el verdadero temblor no se registró en ningún aparato.
Llevábamos veintisiete años temblando. Veintisiete años de réplicas sísmicas que no se inscriben en los papelitos de los científicos, sino en la memoria de los huesos, en el tejido cicatrizal de los que supimos que aquel primer terremoto —el verdadero, el fundacional, el que ningún manual de geología menciona— no fue un movimiento telúrico sino el colapso de todos los andamios morales que sostenían este país. Ese día, cuando los pilares sociales se vinieron abajo como castillos de naipes bajo el viento de la codicia, el Estado se redujo a su esencia más primitiva: REPRIMIR Y ROBAR, una letanía que se grabó a fuego en el alma de los venezolanos y que aún hoy resuena en el eco de los pasillos vacíos.
Por eso, cuando el 7.2 y el 7.5 sacudieron el suelo con la furia de un gigante que despierta de un sueño milenario, nadie acudió. No........
