Te retaría a un duelo de ‘agudeza’, pero veo que estás desarmado
Durante los últimos tres artículos hemos estado tratando la afirmación de Tristan Harris: “Si logramos elevarnos hasta la versión más madura de nosotros mismos, quizás haya una forma de atravesar esto”. Y debo añadir que no es una tarea sencilla. La inteligencia, por sí sola, no basta. Tampoco la astucia. Y pedir sabiduría al hombre moderno quizás sea demasiado, porque la sabiduría exige una disposición persistente hacia la verdad y el autoconocimiento, dos virtudes que se han vuelto extraordinariamente escasas.
Así que nos queda el wit.
Pero no el ingenio rápido con el que solemos asociar hoy la palabra. Me refiero más bien al sentido que tenía para Shakespeare: esas facultades interiores que permiten a una persona percibir, juzgar, discernir y actuar con criterio, en lugar de dejarse arrastrar por sus deseos, impulsos y caprichos.
No tengo forma de prescribir cómo adquirir una disposición que permita a una persona hacerse más sabia, desarrollar las virtudes necesarias para vivir íntegramente o aprender a orientarse correctamente en la vida. Mucho menos puedo exigirlo a legisladores, directivos o líderes de la industria de la IA. Sin embargo, hay algo que sí me parece evidente: nosotros —y cuando digo nosotros me refiero a todos— necesitamos despertar esas facultades. El momento histórico que estamos atravesando nos presiona y lo exige
Lo mejor que puedo hacer, aunque reconozco que es una posición incómoda porque corro el riesgo de sonar moralista o santurrón, es señalar una dirección y esperar que tú, lector, reconozcas el valor de lo que está en juego y la enorme ventaja que podría aportar tanto a tu vida como al ámbito de influencia que te rodea.
Cuando estaba en la universidad, uno de mis profesores citó la inscripción grabada a la entrada del Oráculo de Delfos: “Conócete a ti........
