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El tablero regional: Miami, el narcotráfico y la reorganización del poder en América

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11.03.2026

Durante años se repitió con cierta resignación en América Latina que Estados Unidos veía a la región como su «patio trasero». La frase se convirtió en una especie de explicación automática de todo lo que ocurría en la política hemisférica. Sin embargo, los acontecimientos recientes sugieren que el mapa está cambiando y que la relación entre Washington y América Latina está entrando en una fase distinta, más compleja y también más estratégica.

La reunión celebrada hace pocos días en Miami bajo el nombre de Shield of the Americas es un ejemplo de ese cambio. Allí se congregaron varios gobiernos latinoamericanos junto con Estados Unidos para discutir algo que, hasta hace pocos años, se trataba como un problema estrictamente policial: el narcotráfico. El hecho de que ahora se plantee como un tema de seguridad regional y cooperación militar nos ilustra mejor sobre el momento que vive el continente.

Pero para entender la importancia de este encuentro hay que mirar con precisión en el plano de las relaciones internacionales. El mundo que conocimos durante décadas está siendo reorganizado, y lo que algunos llaman un nuevo orden internacional no se está construyendo solamente en las grandes cumbres globales, sino también en espacios regionales donde se definen alianzas, se construyen coaliciones y se fijan límites geopolíticos.

Por esta razón, para entender este proceso conviene imaginar la política internacional como un sistema que se juega en tres tableros simultáneos y con diferentes motivaciones.

El primero es el tablero global, donde operan las grandes potencias y se toman las decisiones que afectan al conjunto del sistema internacional, un espacio donde se miden Estados Unidos, China, Rusia, la Unión Europea y otras potencias emergentes, incluyendo mecanismos económicos globales o de cooperación entre diferentes naciones, y donde también se disputan las grandes rutas comerciales, las tecnologías estratégicas y el control de los mercados financieros.

El segundo es el tablero regional, donde se definen equilibrios más cercanos, se organizan alianzas y se establecen mecanismos de cooperación o de competencia entre países que comparten una misma área geográfica, un espacio donde se juega la estabilidad del continente, la seguridad fronteriza y el control de fenómenos transnacionales que no respetan las fronteras del Estado nación.

El tercer tablero es el local o doméstico, el espacio donde cada país enfrenta sus propias tensiones políticas internas (gobernabilidad, economía, legitimidad institucional), un plano donde cada gobierno juega esencialmente para sí mismo o para su política de Estado.

Las potencias que aspiran a moldear el orden internacional saben que no basta con dominar el tablero global desde cualquiera que sea su enfoque militar, económico o de referencia, también deben influir en el tablero regional y comprender el funcionamiento del tablero doméstico de cada país. En otras palabras, quien pretenda liderar el sistema internacional necesita operar simultáneamente en al menos dos de estos tres escenarios, aunque internamente su tablero doméstico pueda tambalear, específicamente en el caso de las democracias.

Eso es precisamente lo que parece estar ocurriendo en este momento y por ello la reunión de Miami no puede entenderse únicamente como una conferencia sobre narcotráfico, porque forma parte de un movimiento mucho más amplio en el que Estados Unidos intenta reforzar su presencia estratégica en el hemisferio occidental, un espacio que durante años fue considerado relativamente estable y que hoy aparece atravesado por nuevas tensiones. El narcotráfico ha dejado de ser un problema exclusivamente criminal y se ha tecnificado, ampliado y ha mutado para insertarse en espacios donde antes no tenía cabida, por esta razón en muchos países se ha convertido en un fenómeno que desestabiliza instituciones, financia estructuras armadas y crea economías paralelas capaces de disputar territorios al propio Estado. Cuando una organización criminal controla rutas, puertos, cadenas logísticas y redes financieras, deja de ser simplemente un cartel para convertirse en un actor político de facto.

En ese contexto, la idea de una coalición regional contra los carteles del narcotráfico adquiere un significado distinto, en vista de que no se trata solo de perseguir delitos sino de recuperar capacidad estatal en territorios donde el crimen organizado ha logrado insertarse profundamente.

Que esta reunión se haya celebrado en Miami tampoco es un detalle menor para ningún analista, porque Miami es en muchos sentidos el punto de encuentro entre Estados Unidos y América Latina, un lugar donde desde larga data confluyen las diásporas del continente, los circuitos financieros, las redes empresariales y una parte importante del debate político latinoamericano. También es una ciudad donde el español es parte de la vida cotidiana y donde la presencia latinoamericana ha moldeado durante décadas la política estadounidense, por eso resulta particularmente irónico que algunos hayan querido reducir el significado de la cumbre a un comentario desafortunado sobre el idioma español, cuando la realidad demográfica y cultural de Estados Unidos hace tiempo dejó claro que el español forma parte del paisaje político del país, aunque se pretenda minimizar.

Desde esta perspectiva, la ausencia de Venezuela en la reunión también resulta significativa, no como una simple omisión protocolar sino como reflejo del lugar ambiguo que ocupa el país dentro del equilibrio regional actual, porque Washington parece dispuesto a mantener canales de diálogo con Caracas en determinados momentos (especialmente en el contexto de una eventual transición política), pero al mismo tiempo está construyendo alianzas regionales que no dependen de esa relación. En términos geopolíticos, esto significa que Estados Unidos está intentando reorganizar el tablero regional sin esperar necesariamente que todos los países estén alineados desde el inicio.

En ese contexto, el papel del secretario de Estado Marco Rubio adquiere un significado especial. Rubio representa una generación política que entiende América Latina no como una periferia distante, sino como un espacio cultural, económico y político profundamente conectado con Estados Unidos, y en este punto su propia historia familiar es parte de esa conexión.

Pero hay una dimensión adicional que conviene observar con más detenimiento. Durante gran parte del siglo XX, la relación de Estados Unidos con América Latina estuvo marcada por la lógica de la Doctrina Monroe, aquella doctrina formulada en el siglo XIX que establecía que el hemisferio occidental era un espacio de influencia natural de Washington frente a las potencias europeas. Con el paso del tiempo, esa doctrina fue reinterpretada y aplicada de diversas maneras: durante la Guerra Fría, el pensamiento estratégico de figuras como Henry Kissinger trasladó esa lógica hacia un marco más amplio de equilibrio global, donde América Latina seguía siendo un espacio estratégico pero la prioridad de Washington estaba en la competencia con la Unión Soviética. El resultado fue una política hemisférica que muchas veces osciló entre la intervención directa y el abandono estratégico.

El momento actual parece insinuar otra cosa. En un mundo cada vez más multipolar, donde China ha incrementado su presencia económica en América Latina y Rusia ha buscado establecer vínculos políticos y militares con algunos gobiernos de la región, Estados Unidos parece estar redescubriendo el valor estratégico del hemisferio occidental, pero lo hace desde una lógica distinta y con un secretario de Estado que habla español. Ya no se trata únicamente de contener ideologías adversas, como ocurrió durante la Guerra Fría, sino de asegurar estabilidad regional frente a amenazas que combinan crimen organizado, economías ilícitas y actores externos interesados en expandir su influencia.

Desde el punto de vista del realismo geopolítico, este movimiento resulta coherente, porque las potencias tienden a reforzar sus espacios regionales cuando perciben que el equilibrio global está cambiando. El hemisferio occidental vuelve así a ocupar un lugar central en la estrategia de Washington.

En ese sentido, algunos analistas han comenzado a hablar de una posible transición conceptual, porque durante décadas la política hemisférica de Estados Unidos se movió entre la lógica Monroe y la visión estratégica de Kissinger, pero hoy podría estar emergiendo algo diferente: una forma de cooperación regional que combina seguridad, alianzas políticas y coordinación militar. Podría llamarse, provisionalmente, un modelo Rubio, no como una doctrina formal sino como un estilo de articulación hemisférica donde la identidad latinoamericana dentro de Estados Unidos, el combate al crimen organizado y la competencia geopolítica global convergen en una misma estrategia.

En este nuevo escenario, el tablero regional adquiere un valor estratégico, porque Estados Unidos parece haber comprendido que el control del hemisferio occidental no se define únicamente en el tablero global frente a China o Rusia, sino también en la capacidad de articular coaliciones regionales capaces de enfrentar amenazas comunes.

América Latina entra así en un momento interesante porque no es su máximo esplendor pero la región ha sido tradicionalmente un espacio donde las potencias externas proyectan influencia, pero también es un territorio donde los propios países han intentado construir mecanismos de cooperación y autonomía. La pregunta ahora es si este nuevo impulso de cooperación en materia de seguridad se convertirá en una estructura duradera o si quedará como un episodio más en la larga historia de intentos por coordinar políticas hemisféricas.

Lo que sí parece claro es que el narcotráfico se ha convertido en uno de los factores que están redefiniendo la política regional, y cuando los fenómenos criminales empiezan a reconfigurar alianzas internacionales, es señal de que el problema ha superado hace tiempo las capacidades de los Estados nacionales aislados.

En ese sentido, la reunión de Miami puede ser vista como algo más que una cumbre diplomática, puede ser el inicio de una nueva forma de pensar la seguridad en el continente. Si ese proceso logra consolidarse o no dependerá de múltiples factores: la estabilidad política de los gobiernos participantes, la evolución del crimen organizado y la capacidad de las instituciones regionales para adaptarse a este nuevo escenario.

Pero hay algo que ya resulta evidente: el tablero regional ha vuelto a ocupar un lugar central en la política internacional del hemisferio, y cuando los tableros regionales se activan, el orden que conocemos claramente no será el mismo durante los próximos años.


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