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Cazando iguanas

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10.04.2026

Hace poco uno de nuestros rhodesianos capturó a una iguana grandísima. Nada ni nadie se la pudo quitar. La iguana ya no estaba verde, verdecita, sino de una palidez mortecina, como esa maleza seca que ahora impera en Caracas.

Intentó escapar, pero el perro le arrancó la cola y la volvió a agarrar. Los canes no se comen sus presas sino que las miran morir de mengua. Ante eso, el lagarto fingió estar muerto, esperó una distracción del guardián, y se escabulló.

Los residuos del régimen chavista se van pareciendo a esa camaleónica iguana: Se saben derrotados, desprestigiados y sin futuro político. Su prioridad será escapar con el pellejo y una dignidad que jamás tuvieron.

La prioridad del señor Trump no es promover la democracia en otros países. A lo más que está dispuesto es a “arrimarlos un poco al mingo”[1].  Si lo aprovechan: Bien. Y si no, también.

Venezuela no es excepción: Trump se la jugó políticamente aquí el 3 de enero y lo que quiere es mostrar su éxito de cara a las próximas elecciones parciales en Estados Unidos.

Difícilmente este país volverá a ser prioridad a menos que surjan acontecimientos inesperados que pongan en peligro esa narrativa electoral. Para eso sí habrá ojos y oídos muy atentos al tambor.

La oposición democrática parece enfrentar dos alternativas: Seguir presionando por un nuevo apoyo desde afuera y esperar que hechos fortuitos lo generen, o mover el tablero interno para precipitar las cosas.

¿Será riesgoso? Sin duda. Una iguana acorralada puede arañar, morder severamente, transmitir un veneno y hacer mucho daño – pero su instinto primario será siempre sobrevivir y buscar otro hábitat para seguir comiéndose las frutas y las flores.

El régimen tiene claro que sobre sus cabezas cuelga una espada de Damocles y que su apoyo interno es exiguo y mercenario. ¿Se arriesgará a una represión masiva y sangrienta que sin duda resonará mundialmente? Si se atreven pueden perderlo todo. Pero si no, también.

Del señor Trump se podrán decir muchas cosas, pero jamás que le falta osadía, incluso hasta más allá de lo prudente – pero si algo no parece hacer es jugársela por quien no tenga esa misma audacia. Podrá gozar de los halagos, pero parece respetar poco a los cortesanos.

Por los vientos que soplan el impulso decisivo para restablecer la democracia debe venir de la oposición aquí mismo en Venezuela, con o sin colaboración externa. Es milenario el presentir que el destino favorece a los audaces.


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