Un cayetano le parte la cara a uno de mis lectores
Un cayetano le parte la cara a uno de mis lectores
El cayetano conoce la comodidad del chándal y la fastuosidad del traje
«¡Muerte a los cayetanos!», publicas en la red social cuando, taza de café en mano, ves pasar junto a tu mesa a una chimichurri de Chamberí.
Muchacho, ser radical es una virtud: significa que siempre defiendes tus creencias. Ser fanático es un defecto: significa que nunca las revisas. Ignoro a cuál de los dos colectivos perteneces; pero la hipertrofia de tus músculos maseteros me sugiere que al segundo.
De modo que será una pérdida de tiempo que te ayude a ver la luz. Pero igual lo voy a intentar. No porque sea un megalómano (como sostienen algunos de mis esclavos) y crea que todo lo puedo conseguir, sino porque para los iluminados, la pedagogía es un deber moral.
Un cayetano no es un pijo. Eso es lo primero que tienes que comprender. El pijo es un pobre que quiere parecer rico. No lo hace para sentirse superior a otros y despreciarlos a dos carrillos desde su atalaya, sino para ser aceptado por su círculo social. Es, en fin, un acomplejado; un tullido financiero que suda tinta china para construirse las prótesis de los miembros que le faltan con logotipos de marcas de postín.
No existe un 'orgullo pijo' porque el pijo exhibe justamente lo que no es. Pareciera estar diciendo: «¿Ves esta silueta gigante bordada en la pechera de mi polo de piqué? Pues este es todo el dinero que no tengo».
A los niños de mi pueblo los asustan diciéndoles que viene el Coco y a los de 'Pijolandia', diciéndoles que viene Balenciaga. El diseñador de moda los aterra porque los desenmascara: les coloca el polietileno aparente de sus bolsas de basura en........
