Un Rey para una democracia acosada
Un Rey para una democracia acosada
En un sistema que todo lo convierte en disputa, conviene que haya una institución que no participe en la competición por el poder
En una democracia cada vez más fatigada por la polarización, la desconfianza y la lógica plebiscitaria, la figura del Rey adquiere un significado que conviene pensar con más cuidado del habitual. Cuando la política se convierte en una sucesión de emociones fuertes, mayorías frentistas y lealtades de parte, la Corona representa algo distinto. No es una alternativa de poder, sino un límite a su desbordamiento. La monarquía parlamentaria es un elemento más de la técnica de organización del poder. No es, por tanto, un vestigio histórico, ni una concesión estética del constituyente. Es una respuesta moderna a un problema clásico; el de cómo evitar que quien gobierna –incluso cuando lo hace en nombre del pueblo– termine identificándose con el poder mismo. El artículo 1.3 de la Constitución describe una forma política y fija una lógica. La de un poder diferente de los otros poderes del Estado, que se ejerce, pero que no se posee. Pero, en una democracia acosada, la cuestión ya no es solo que la Corona carezca de poderes efectivos. Es que su sentido reside precisamente en esa carencia. En un sistema donde todos los actores compiten por ampliar su influencia, la Corona es la única institución cuya lógica no es expansiva. No acumula, no disputa, no promete. Muestra, con su propia limitación, que nadie manda bajo su solo poder y voluntad. Y, en esa aparente debilidad, reside paradójicamente su fuerza constitucional.
El problema contemporáneo........
