La tiranía de la complicidad
La tiranía de la complicidad
Philip Zimbardo necesitó a Christina Maslach para romper el hechizo de su propio engaño. El PSOE necesita hoy esa misma voz para empezar su reconstrucción moral, pero se niega a escucharla
Gilberto Carrasquero Naranjo
En agosto de 1971, en el sótano de la Universidad de Stanford, el joven psicólogo Philip Zimbardo construyó una cárcel. No metafóricamente: había celdas con barrotes, uniformes humillantes, números en lugar de nombres, cadenas en los tobillos. Veinticuatro estudiantes, seleccionados por su normalidad psicológica, fueron divididos al azar en dos grupos: carceleros y prisioneros. El experimento debía durar dos semanas.
Zimbardo puso a prueba la pregunta más antigua de la psicología social: ¿el mal está en nuestra naturaleza o lo fabrican las circunstancias? En inglés: 'Nature or nurture?' Ahí residía su genialidad: repartidos los papeles al azar entre muchachos idénticos, ninguna crueldad podría atribuirse al carácter. Solo quedaría un culpable: el entorno, el sistema, el uniforme. Ganó la circunstancia en días: flexiones sobre las espaldas de otros, encierros en un armario oscuro; llanto, rabia, obediencia rota. El mal no necesita monstruos: le bastan personas ordinarias dentro de un entorno perverso.
Pero el hallazgo más inquietante fue lo que le ocurrió al genio. Zimbardo se había asignado el papel de superintendente, y el papel lo devoró. Hoy sabemos, por los archivos que exhumó Thibault Le Texier, que aquella crueldad fue en parte alentada por los propios investigadores. El matiz no absuelve al entorno: lo agrava, y vuelve el experimento advertencia sobre quienes diseñan los sistemas, no ley de laboratorio. Porque el primer........
