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Goliat encadenado

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La agilidad y la creatividad en las nuevas guerras ya no garantizan la victoria del fuerte sobre el débil, sino que, por el contrario, ilustran la incapacidad del fuerte para dominar al débil

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«No hay nada nuevo bajo el sol», nos dice el 'Eclesiastés'. Si esto sigue siendo cierto, veamos cómo se aplica esta idea a los grandes conflictos que desgarran nuestra época: en Ucrania y en Irán. Sí, la profecía se cumple si recurrimos al Antiguo ... Testamento y al precedente metafórico de la lucha entre David y Goliat. Goliat, el gigante campeón de los filisteos antepasados de los palestinos, revestido de una armadura impenetrable, es hoy a Estados Unidos. Sin embargo, para su sorpresa –aunque no para quienes conocen la historia–, este gigante, si no derrotado, al menos ha quedado humillado: tras un mes de combate, no ha logrado ninguno de sus objetivos –ni cambio de régimen, ni interrupción del programa nuclear, ni destrucción del arsenal de misiles– y se ha visto obligado a aceptar un alto el fuego bajo la presión de sus propios aliados. Así, al no haber ganado, Goliat ha perdido frente a un nuevo David: Irán, heredero de un imperio persa que ya existía en la época en que se redactó el Antiguo Testamento. La armadura de Goliat se traduce hoy en misiles, aviones supersónicos y armas nucleares, mientras que la honda del David iraní son los drones. Cabe señalar que, en la historia antigua, David representaba a Israel. Pero en la actualidad no está claro si Israel ocupa el papel de David o el de Goliat. Más bien parece –algo que el Eclesiastés no había previsto– ser ambas cosas a la vez. Volveremos sobre ello.

Centrémonos, por ahora, en el enfrentamiento entre Estados Unidos e Irán: la parábola del 'Eclesiastés' encaja. El uso hábil de los drones –como equivalente a la honda de David– ha transformado las relaciones entre los Estados pequeños y los grandes. Lo vemos en Irán, también en Ucrania, y quizá mañana en Taiwán frente al Goliat chino. La agilidad y la creatividad en las nuevas guerras –denominadas híbridas– ya no garantizan la victoria del fuerte sobre el débil, sino que, por el contrario, ilustran la incapacidad del fuerte para dominar al débil. Ya no hay ningún imperialismo garantizado. Putin fue el primero en darse cuenta de ello por las malas y ahora le toca a Trump experimentarlo. El dron, un arma barata y fácil de usar, modifica las relaciones entre las naciones. El dron favorece la defensa y disuade las agresiones, aunque los agresores aún no se hayan dado cuenta de ello: el dron estabiliza el mapa del mundo, al igual que, tras 1945, el arma nuclear fijó las fronteras entre el Este y el Oeste.

A menudo se dice que las ideologías gobiernan el mundo, como ocurrió en la época del comunismo soviético; pero, sin querer menospreciar el poder de las ideas o las religiones, hay que reconocer que las técnicas militares desempeñan un papel aún más decisivo. Si damos un paso atrás y nos fijamos en innovaciones tan importantes para nuestra época como el arma atómica y el dron, recordemos que la aparición de los cañones de largo alcance y los proyectiles explosivos permitió, en su momento, la creación de los Estados modernos al eliminar la capacidad de los duques y príncipes de resistirse a los reyes desde sus castillos fortificados.

Quizá las ideas moldeen la historia, pero las balas de cañón y los drones la modifican aún más. Paradoja contemporánea: cuanto más poderosas son estas armas, más dificultan las guerras a gran escala. Un pequeño Estado armado con drones puede resistir a un gran Imperio equipado con armas nucleares, ya que el dron puede emplearse mientras que el arma nuclear resulta inutilizable. La principal consecuencia del arma nuclear desde 1945, por su carácter inutilizable, ha sido congelar las relaciones entre las grandes potencias. El arma nuclear es, ante todo, una garantía del 'statu quo'. Esa es la razón por la que Corea del Norte se aferra a la suya, al igual que Pakistán; por la que Irán desea obtener una y por la que Israel la ha tenido durante muchos años.

Así, Estados Unidos, tras haber fracasado desde la Segunda Guerra Mundial en modificar las relaciones de poder, las fronteras y los regímenes, descubre que el imperio persa –que coincide con las fronteras de Irán– se ha vuelto inquebrantable, incluso aunque se le prive de electricidad, como amenaza Trump/Goliat.

Si admitimos que el dron es el símbolo de nuestra época, sus efectos resultan paradójicos: por un lado, permite a las naciones pequeñas protegerse de las grandes y garantiza una paz relativa al margen de todo imperialismo; por otro, facilita la perdurabilidad de regímenes totalitarios, como sin duda podremos constatar en la continuidad del reinado de los mulás. En sí mismo, el dron no es ni imperialista ni democrático: se limita a congelar las situaciones existentes.

Por lo tanto, si se espera que los regímenes tiránicos se vuelvan democráticos, ese cambio solo puede surgir desde el interior: mediante una lenta evolución de las costumbres o una retirada voluntaria de los déspotas. Nunca puede lograrse imponiendo un cambio de régimen desde el exterior. Ya lo intuíamos, y los drones lo confirman. Esta reorganización de las relaciones internacionales solo durará hasta que surja la próxima innovación que haga obsoletos a los drones –algo que ya empieza a pasar con las armas antidrones–. Así como a la honda de David le seguirá otra honda, no se puede prever si la próxima innovación favorecerá a los agresores o a quienes defienden la agresión. En los grandes Estados se espera que este nuevo avance técnico, que cambiaría el equilibrio de poder, se base en la inteligencia artificial. Podría llegar al punto de que las armas de fuego queden inútiles, porque sería posible derrotar al adversario a distancia, infiltrándose en sus sistemas y paralizando sus medios de supervivencia. Aquí es donde Israel resulta tan singular, porque actúa como David y Goliat al mismo tiempo. Probablemente seguirá siendo así, ya que es actualmente el país mejor preparado para combinar la 'honda' –es decir, los drones de Tsahal– con el conocimiento del enemigo que aporta el Mossad y su dominio de la inteligencia artificial, un área en la que Israel destaca.

No hay nada nuevo bajo el sol: lo extraordinario es que el sol sigue brillando en el mismo punto del Oriente Próximo desde donde irradian el bien y el mal. Pero la situación se complica cuando David es hoy, a la vez, David y Goliat. Nadie –ni Israel, profundamente dividido contra sí mismo, ni sus enemigos– puede pretender monopolizar alguna superioridad moral en esta región. Por ello, en nuestras posturas personales o colectivas, se impone la mayor prudencia antes de tomar partido por uno u otro. El equilibrio, la sabiduría y el conocimiento del otro deberían ser nuestra guía, en lugar de adoptar posiciones que hasta el primer dron que pase podría derribarlas. Los dirigentes europeos lo han entendido; la Casa Blanca, gigante desatado, todavía no.


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